Siento que te rompes en mil pedazos y solo puedo acompañar con lágrimas tanto dolor. No sé qué hacer, cómo reconstruirte porque no está en mis manos.
El dolor es tuyo.
Él se alejó y no volvió la cabeza para ver cómo te desmoronabas a cada paso que daba. No le importó. El dolor, el llanto, los gritos y la desesperación las dejó para ti. Y tú, que te sentiste egoísta, las guardaste todas en el corazón, que no podía cobijar tanto sentimiento y acabó estallando, dejando sin bombeo al resto del cuerpo. Pobre corazón, roto, saturado y con voluntad suficiente para intentar resguardar el alma.
Ni tiritas, ni vendas, ni esparadrapo. Nada funciona para sanar las heridas profundas que ahora sientes infinitas.
¿Has estado junto al mar bajo una noche estrellada? Ahí sana todo, hasta lo imposible, te lo aseguro. Las lágrimas se transforman en luces que iluminan tus sentidos, que te guían en un nuevo camino. Ve allí, la sal escuece, pero cura, lo verás.
Respira, amiga. Respira profundo. Estoy aquí.
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