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Southampton

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Southampton, 1° de abril de 1912

Ana, amada mía:

Zarparé pronto. Te escribo soñando que estás a mi lado, leyendo estas líneas a medida que las escribo, descansando tu mano en mi brazo, tu cabeza en mi hombro. Tras la desilusión primera eres tú quien debe compartir esta alegría. Las puertas del Titanic se cerraron para mí. Si hubieses visto la aglomeración en la explanada, aquellos hombres desarrapados ofreciendo trabajar a bordo para poder hacerse a la mar, soñar con América. Estuve entre ellos, también desamparado, sin tu cariño. No recibí explicaciones (¿o sí?) de la negativa. Confieso que la barrera idiomática no juega a mi favor. Intento aprender el idioma. Sé algunas palabras, las usuales, las cotidianas. Y hago bien mi trabajo. Conoces el celo con el que acometo mis empresas. Pero, Ana, ¡ay! soy italiano. Apenas menciono mi procedencia me relacionan con el anarquismo. Y esta gente, quienes deciden, hacen valer sus prejuicios. Tal vez exista un mañana donde eso no ocurra o un lugar en el cual todos seamos realmente iguales. Sueño con eso. Trabajaré para eso. Pero ahora, ¡basta de lamentos! Esta breve esquela es el comienzo de nuestro futuro. Ya puedes llamarme «ayudante del tercer oficial de máquinas del Deseado». ¡Sí! Resignado a no viajar en aquel gran transatlántico he cambiado también nuestra futura tierra. Seguramente reconocerás el nombre y sonreirás de ese modo que sólo tú sabes. Argentina me espera con sus extensos campos, con su futuro abierto como promesa, con su idioma similar al nuestro. Mi primo Luiggi, estoy seguro que lo recuerdas, me ha escrito contándome las maravillas del lugar en el que vive. Ha construido su propia casa luego de largas jornadas de trabajo. Es una tierra de promisión, me ha dicho. Y le he creído con lo único que poseo: con la fe de quienes nada tienen. Y me he alegrado pensando en lo ocupadas que estarán mis manos y lo limpio que estará mi corazón aguardando nuestro encuentro. Este hombre que te amó desde niño sólo busca merecerte, hacerse digno del afecto que me profesas.

No siento recelo ante el rechazo del Titanic. Sólo Dios conoce sus designios. Como su humilde siervo acepto sus bendiciones y sus enseñanzas. Joe, un camarada del puerto, me invitó a conocerlo. Él es uno de los afortunados tripulantes. Hay tanto lujo allí. Es una ciudad, Ana. Una ciudad flotante destinada a pasar a la historia. Imagina telégrafo, ascensores, gimnasio y miles de comodidades que nosotros, los humildes, sólo podemos intuir. Sin embargo, una secreta sensación me acompaña. Sé que ese infortunio no ha sido tal. Me inunda la gratitud y es cuanto quiero compartirte en esta carta.

Sé que poco te ofrezco salvo ilusiones, mi amor y mi palabra. Trabajaré duro y esperaré tu llegada. Sólo te haré un pedido. Me atrevo a ello en nombre de la esperanza que nos sostiene. Concédeme el capricho de llamar Lucca a nuestro primer hijo.

No me despido, Ana. Digo, como aquella tarde frente al Tirreno, ¡hasta pronto!

Giovanni «el hombre que mejor te ama» Ferraro

 

 

 

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