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Los sueños no pueden ser eternos… by Frank Spoiler

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La persona que había al otro lado era una mujer joven. Muy obviamente una mujer joven. No había manera posible de confundirla con un hombre joven en ningún lenguaje, especialmente en braille. Tenía unas tetas demasiado impresionantes, vamos que ni ciego ni mediante el tacto, se la podría llegar a confundir jamás con un hombre. Además tenía una frondosa y ondulada cabellera rubia, ojos azules, color mar al romper sus olas contra las rocas, y unos labios “rojo sangre”   brillantes y jugosos, «que a mí me produjeron en la bolsa escrotal una excitante sensación de calor».

De su talle y  caderas… mejor no hablar (se me caería la baba y no es plan). Pues bien, esa diosa griega estaba frente a mí, separados tan solo por mi destartalada mesa de despacho. Me miraba fijamente, arqueando su ceja derecha acabada en punta y con una ligera sonrisa en sus sensuales y explosivos labios. Se veía a la legua que se estaba carcajeando de mí, sin duda, (un viejo barrigón de tripa floja y además,  impotente desde que cometiera el error de casarme con una bruja).

— ¿No me ofrece asiento, detective Job? — sonrió iluminando el despacho. En realidad no me llamaba “Job” ni por supuesto era profeta, pero no me importó, ella me podía llamar como le viniera de las tetas, (ejem, perdón, me dejé llevar). — Cerré la boca de golpe.

— Perdone… tome asiento — señalé a la única silla que había y que estaba delante de la mesa. No me hizo puñetero caso y balanceando su prieto trasero puso parte de él (y era mucho) sobre uno de los picos de la mesa. «Me recordó al Gran Wyoming” en uno de sus lances divertidos en su programa “el intermedio”», me lo quité sacudiendo la cabeza enérgicamente.

— Vengo a contratar sus servicios — dijo, apenas sin mover los labios.

― Ya me imagino… — contesté irónicamente, — no creo que estés aquí solo para pegarme un “polvo”.

— ¿Ya te gustaría, verdad, chato? — soltó una burlona carcajada. (Que a mí no me hizo ni puta gracia esa es la verdad).

En ese instante fue que me desperté. Estaba recostado en mí viejo sillón, con tan solo unos sucios calzoncillos puestos llenos de lamparones y seguía con la botella de whisky DYC en la mano, a la que apenas quedaba dos dedos de su amarillento contenido.  Jadeando y sudoroso levanté la vista al frente, aún nublada por el alcohol,  y miré hacia la puerta de mi despacho, donde lógicamente, no había nadie, salvo los mismos desconchones, mugre y suciedad en su podrida madera. Luego de un vistazo rápido por la pequeña y vieja oficina, carraspeé apurado al ver en lo único nuevo que había allí, la televisión de 60 pulgadas “HD”, donde aún se podía ver una reposición en el canal MGM “El sueño eterno”, del año 1946 y protagonizada por el enigmático Humphrey Bogart y la siempre sensual y misteriosa Lauren Bacall. Me maldije soltando tacos imposibles de repetir aquí.  Después, con la voz aguardentosa y apestando a whisky barato solté

― ¡Mierda, ni en sueños consigo ligar, ni mucho menos follar!

 

 

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