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El caso del taconazo en San Roque de Baladona by Mel Gómez

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Desperté a eso de las tres de la mañana con la boca seca y desnuda. Había bebido tanto la noche anterior que apenas recordaba qué había hecho. Desde que Cecilia me había abandonado —ella se quejaba de que el trabajo lo era todo para mí—, tomaba casi todas las noches. Y digo que casi todas, porque cuando estaba inmersa en mi trabajo apenas bebía ni agua. Hasta Espalader —mi jefe—, me había hecho un acercamiento por el hedor a alcohol que expedía en algunas ocasiones, pero como estaban las cosas ni siquiera eso me importaba. Yo, la super eficiente detective Emilia Iceta me había tirado al desperdicio por causa del amor.

Miré intuitivamente el móvil. Francisco Martínez —mi compañero—, había dejado varios mensajes de texto para que me comunicara de inmediato. Lo cierto es que más que un compañero era un amigo. Hasta teníamos los mismos gustos: rubias de piernas largas y senos enormes. Era mi paño de lágrimas desde que mi relación terminó, se las ingeniaba para taparme de Espalader y de todos en la comandancia. «Hoy por ti y mañana por mí», con esa frase cliché me subía en el primer taxi hacia mi fabuloso apartamento en San Roque de Baladona.

Cuando solicité empleo en Barcelona, Cecilia estaba feliz. La pobre tenía una idea romántica de la ciudad. Se imaginaba caminando por las Ramblas, por el Barrio Gótico o por el de Gracia, fabulosa con su melena rubia y sus tacones rojos. Cuando supo que iríamos a San Roque le dio un ataque. Que no quería vivir entre gitanos, que eran gente de poca monta, asesinos y violadores. Le expliqué que precisamente por todas estas razones estaba abierta la plaza de detective y que pagaban bien. La convencí con la promesa de que en pocos años me ascenderían y podríamos mudarnos a un lugar mejor. Pero ella no tuvo paciencia y al pasar el primer año se fue alejando, ya no sentía lo mismo.

Luego de ir al baño y pasar por el refrigerador por una cerveza marqué a Francisco.

—¿Qué diablos te pasa que llamas con tanta urgencia? —reclamé.

—Emilia, estamos aquí en la escena de un asesinato. Espalader pregunta por ti. Le dije que estás en uno de esos días y que no te sentías bien. Así es que, si hueles a alcohol te recomiendo que te des un baño, te laves bien la boca con antiséptico y vengas ahora mismo.

La urgencia en la voz de mi compañero fue suficiente para despabilarme. Seguí sus instrucciones al momento y me presenté a la dirección que me había indicado. Cuando llegué ya habían acordonado el perímetro y podía verse los gitanos arremolinados alrededor de la escena. Con dificultad me hice paso entre ellos. Francisco alcanzó a verme y acudió a mi rescate.

—¿Qué ha pasado? ¿Quién es el muerto que hay tanta gente alrededor? —pregunté.

—Los gitanos están tratando de averiguar si es uno de ellos —respondió Francisco.

—¿Y es? Porque de ser así…

—No, no es. Es una turista polaca.

—Ah, que bueno… Bueno, ya sabes a lo que me refiero.

—Sí, sé. No estamos como para una venganza gitana.

—¿Qué pasó entonces?

—El esposo cuenta que una prostituta se le acercó y que él le dijo que no estaba interesado, pero la mujer insistía. La esposa se mortificó y llamó a la mujer aparte, pero que no se sabe qué le dijo. Entonces la prostituta enfureció, se quitó un zapato y le propinó un golpe tan fuerte que el tacón se le quedó incrustado en el ojo.

—¡Auch! Me dolió… ¿Alguien más ha dicho algo?

—Nadie. Sabes cómo son, herméticos.

—A ver por dónde empezamos —dije caminando hacia el afligido esposo—. Señor…

—Borzym…—contestó en perfecto español.

— Mi nombre es Emilia Iceta, soy la detective a cargo de la investigación del asesinato de su esposa —me presenté extendiéndole la mano.

—¿Usted? Pensé que era el otro…

—Sí, trabajamos juntos, pero a veces yo dirijo y otras él. Así dividimos equitativamente los casos. Claro, si no tiene usted objeción.

Muchas veces me daba cuenta de que las perjudicados tenían más fe en el detective masculino. Me divertía enfrentándolos a sus prejuicios y verlos nerviosos, tratando de aclarar que no tenían preferencias. En fin, que obviaban el sexto sentido femenino el cual no solo yo, sino Espalader y Francisco, consideraban uno de mis mayores activos.

—No, claro. No tengo ninguna objeción —contestó el señor Borzym.

—Bien, entonces vayamos a la comandancia para hacerle algunas preguntas. Le veo allá.

Subí a mi vehículo y le pedí a uno de los agentes que llevaran al esposo de la mujer asesinada a la delegación. Cuando llegó lo llevé a mi oficina.

—¿Desea café, té, o algún refresco?

—Un poco de té, por favor.

Borzym era un hombre alto, de cabello y ojos castaño claro. Me daba la impresión de que estaba demasiado tranquilo para lo que había vivido hacía solo unas horas. Tan pronto le trajeron la bebida se quedó mirando el fondo de la taza.

—¿Se siente mejor? —pregunté para romper el hielo.

—Sí… creo que sí.

—Señor Borzym, ¿había visto a la mujer que agredió a su esposa anteriormente?

—No creo.

—¿No cree? ¿Cómo debo interpretar su contestación?

—Es que he visto varias que se le parecen. Las gitanas se parecen mucho unas a las otras.

—O sea, que usted identifica a la mujer como gitana.

—Estoy casi seguro, podría decir.

—¿Podría identificarla si la ve?

—Tal vez…

—¿Me podría dar alguna descripción?

—Cabello largo, ojos oscuros, piel cobriza. No muy alta…

—Ya veo, así son casi todas. Tiene razón —. ¿Alguna cosa que la diferencie de las otras?

—No que yo lo notara.

Sabía que Francisco y Espalader miraban a través del cristal de visión unilateral, de manera que luego podíamos intercambiar ideas sobre lo que el interrogado declaraba.

—¿Tenía usted alguna razón para asesinar a su esposa?

—¿Qué? ¿Cómo me hace esa pregunta? ¡Yo soy la víctima aquí!

—En casos de homicidio siempre hacemos esta pregunta, señor Borzym. La pareja sentimental es el primer sospechoso. Es rutina, ¿usted entiende?

—Entiendo, pero no me agrada. ¿Ya puedo irme o es necesario que llame a un abogado?

—Puede irse, por supuesto. No está arrestado.

Lo vi irse nervioso, inquieto. Más de lo que estaba cuando lo vi por primera vez. Unos minutos después Francisco entraba en mi oficina.

—El tipo pidió hablar con Espalader.

—Eso ya lo esperaba.

—Es que se la has metido sin vaselina.

—Lo sé —contesté—. ¿No te pareció que estaba muy tranquilo en la escena del crimen? No se le salió ni una lágrima.

Francisco se quedó meditativo. Siempre decía que no todo el mundo reaccionaba igual. El tío era polaco, pero por más sangre fría que fuera habían asesinado a su esposa y en su presencia. Llamé a García para que me diera los resultados de la autopsia en cuanto fuera posible. También a Rodríguez del laboratorio para prueba de huellas, DNA, fibras y cualquier cosa que pudiera ayudar con el caso. Estaba segura de que algo habría en el bendito zapato que pudiera dar luz sobre este asesinato.

Po la mañana salí con Francisco a visitar el barrio gitano. Tocamos muchas puertas, pero como siempre, nadie nos daba razón. Una anciana —vestida con traje de colorines y una bandana en la cabeza—, nos dijo que estaba harta de las muertes en el vecindario.

—Los turistas pasan a vernos como si fuéramos animales de feria. Critican nuestra cultura, cómo vivimos la vida, pero siempre buscan una leída de manos o una tirada de cartas para que le adivinemos el futuro.

Ya no se podía vivir en paz, se quejaba sobrecogida. Decía que si era de los Baltasares el lío iba a ser mayúsculo.

—¿Qué le hace pensar que esto tiene que ver con los Baltasares?

—No… nada —contestó como si se diera cuenta de que había abierto mucho la boca —. ¡Ah! Ya para qué… Se dice que la gitana es de ese clan. Nadie puede tocarla.

Con esta aseveración dejamos a la anciana. Por lo menos una pista, aunque fuera ínfima, pero algo tendríamos para trabajar y callar a Espalader por un rato. La verdad es que no es fácil manejar a los gitanos, sobre todo a los Baltasares. Son bravos, vengativos, se protegen unos a los otros, pero esto de no poder tocarles… Veríamos.

Nos dirigimos al jefe del clan y le comentamos que teníamos una pista sobre el homicidio de la polaca y que pensábamos que la mujer envuelta podía ser parte de la familia.

—¿Una Baltasar prostituta? ¿Sabe lo que dice detective? —preguntó el hombre indignado.

—Es lo que me han sugerido. No tengo nada en contra de su clan. La verdad es que prostitutas hay en todas partes. No discrimino, señor —observé.

—Si fuera uno de los nuestros el muerto, ustedes no tendrían que estar aquí. La justicia gitana no es como la suya, es un muerto por un muerto. Pero como la mujer que falleció era polaca, no es asunto nuestro.

—Pero sí nuestro y si alguno de ustedes está involucrado, pronto lo sabremos —concluí antes de irnos.

Francisco estaba con la mente en otro lado durante todo el intercambio que tuve con el jefe de los Baltasares.

—¿Qué pasa contigo? ¿Estás dormido? ¿Enamorado?

—Estoy pensando en una mujer preciosa que conocí hace poco.

—¡Ajá! Hace ratito que nadie te mueve el piso. ¿Y cómo es? ¿Rubia, de piernas largas y senos enormes?

—Para que sepas, no. Rompe todos mis esquemas. Quedé en irla a ver esta noche a la discoteca Nirvana. ¿Quieres ir?

Hacía mucho que no me daba una vuelta y estaba encerrada en mí misma. Quizá ya era tiempo de olvidarme de Cecilia. Más o menos a las diez entramos a Nirvana. Nos sentamos en la barra y pedimos cervezas al barman. Francisco me dijo que iba al baño y yo me quedé sentada mirando el ambiente. Pasó como media hora y moría de aburrimiento. Al ver que no regresaba decidí ir a buscarlo para despedirme. Lo encontré en la oscuridad, pegado a la pared, besando a una mujer. Supuse que era de quién me había hablado.

—Francisco —lo llamé —, me voy.

—Espera Amelia, quiero presentarte a Adriana, mi chica.

La miré en las tinieblas y ciertamente no era del tipo nuestro, pero si a él le gustaba era todo lo que importaba. La saludé con un gesto de la cabeza y me despedí. Al día siguiente llegué temprano y todo el mundo lo notó. Me di cuenta de que había dejado mi trabajo abandonado por mucho tiempo. Sin embargo, este caso, tenía algo enigmático.

Francisco llegó más tarde. Le pregunté cómo le había ido con Adriana.

—Es una chica difícil —contestó.

Difícil podía significar cualquier cosa. No quise preguntar más. Cuando él quisiera me daría más detalles. Me puse a leer los datos del caso y los agentes que llegaron primero a la escena reportaban que los testigos no podían describir muy bien a la mujer, pero que les parecía gitana. Pasé el día leyendo apuntes y esperando por la autopsia.

—¿Qué vas a hacer esta noche? —pregunté a Francisco.

—Pues nada —contestó—. Esta noche no veré a Adriana. Es un poco complicada. Quiere tocarme, hacerme sexo oral, pero dice que no quiere perder su virginidad. En esta época, ¿no te parece raro?

—Un poco, sí… —dije sin darle mucho pensamiento.

Eran las siete de la tarde cuando salí de la comandancia y alcancé a ver a una mujer que me pareció Adriana. Llevaba un vestido ajustado, el pelo rizado y mucho maquillaje. Tenía los senos muy grandes, como si se los hubiera hecho. No la saludé porque no estaba segura.

—Hola —dijo ella.

—Adriana, perdona —contesté—. No te reconocí.

—¿Y Francisco?

—Ya sale.

Seguí caminando hacia el aparcamiento. Saqué un cigarro y lo encendí. Mientras echaba una bocanada mi mente echó a correr. Adriana era muy bonita, pero su voz era algo ronca. Ahora entendía su negativa para tener sexo. Decidí regresar, pero ni ella, ni Francisco estaban. En eso llamó Rodríguez para indicarme que ya tenía las pruebas de laboratorio. El DNA del zapato era de hombre. A la señora Borzym la asesinó un transexual y gitano.

Salí a toda prisa en mi auto al apartamento de Francisco. Subí los cuatro pisos de escaleras corriendo. Me faltaba el aire cuando toqué la puerta. Enseguida abrió.

—Amalia, tienes que entrenar más a menudo.

—¡Estúpido! ¿Estás solo?

—No. Estoy con Adriana.

—Adriana es hombre —susurré.

—Ya lo sé. De eso estábamos hablando cuando llegaste.

—Es que Rodríguez me ha dicho que el asesino de la polaca es hombre.

—Ya. Y tu piensas que es Adriana.

De la sala salió la peculiar voz ronca de Adriana.

—No he sido yo, pero puedo ayudarles. Conozco a todos los transexuales de mi comunidad.

Accedí a la ayuda de Adriana. Ella conocía bien a San Roque y supuse que no eran muchos los transexuales de los alrededores. Dos días después llamó con la información vital para la resolución de este caso. El señor Borzym no era del todo inocente. Por varios meses había sido amante de un gitano transexual llamado Gypsy. Había conspirado con él para llevar a su esposa al barrio y de este modo no ser sospechoso. Cuando los capturaron, Gypsy estaba vestido de hombre y a punto de dejar Barcelona hacia Polonia.

Francisco está feliz con Adriana. Me ha dicho que ya han superado lo de las relaciones sexuales. Hoy recibí una llamada de Cecilia. Dice que quiere reunirse el viernes conmigo en el Nirvana. No sé. Creo que ya no me interesa.

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