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Martina by Conchi Ruiz

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Cuando llegó a su casa, la puerta estaba entreabierta y Martina oyó con toda claridad a sus dos hermanas casadas discutir con su abuela Marcela. Sus mejillas enrojecieron cuando se dio cuenta de que ella era la causa del desacuerdo. Sabía que sus hermanas sentían resentimiento contra ella porque su padre y su abuela la trataban como si fuese especial y le daban libertad para andar por los bosques y cuidar de los animales y no entendía de esa envidia por ser más hermosa que ellas con su pelo de un rojo flamígero y un cuerpo ágil y voluptuoso.

— Dejad de entrometeros en asuntos que no son de vuestra incumbencia. Martina está destinada a metas más importantes que el matrimonio, además, es aún demasiado joven.

— ¿Demasiado joven?— exclamó Leonor— Yo a su edad ya tenía tres hijos.

— Es como un animal salvaje, antinatural y debía cambiar. La gente habla de ella y nadie se ha atrevido a cortejarla. Los hombres la ven como una bruja y tú tienes la culpa, que has llenado su cabeza de tonterías célticas supersticiosas          — aseveró Marí.

— ¡Deberíais estar orgullosas de vuestra herencia celta! ¡No hay nada más importante que la sangre!

Marcela no pudo controlar sus emociones y se enfrentó a sus hermanas y desde el umbral de la puerta gritó:

— ¡Yo no quiero un marido! Prefiero vivir con papá y con la abuela Marcela.

Las hermanas se rieron de ella y dijeron que no sabía lo que se perdía, que le dirían lo que ocurre entre un hombre y una mujer. Martina jamás había dicho a nadie que una vez había sido ultrajada por un hombre, un fugitivo que se ocultaba en el bosque. Por el modo en que el malhechor le desgarró la ropa y la tocó, supo, sin lugar a dudas, que pretendía saciar sus indignos apetitos con ella… Martina había logrado vencerlo con un cuchillo con el que cortaba las hierbas curativas, pero la vejación sufrida había sembrado en ella un gran resquemor, asco y miedo indeleble hacia los hombres.

 

 

Los sueños de Martina eran muy diferentes a los de las demás jóvenes. Marcela le había enseñado las artes que practicaban las antiguas sacerdotisas celtas y ella quería dedicar su vida a destilar hierbas para preparar remedios conque sanar a las personas y animales del campo, donde vivían, lejos de Barcelona; entre campesinos inmigrantes, corría el año 1939, la guerra había terminado pero quedaron las secuelas. El campo les daba para vivir y los maridos de sus hermanas eran cuidadores de ganado. Leandro, el padre, apenas podía hacer nada por una herida que nadie supo de dónde le vino, era como un secreto que jamás se nombraba.

Camino del bosque y con la intención de recoger hierbas, Martina trepó por las colinas que rodeaban el terreno y se adentró en un lugar sombrío del bosque, allí encontraría lo que buscaba, verónica, una planta que servía para la tos y la tisis. Recogió varios puñados de hojas para las pulgas que inundaban la casa en invierno. Se paró en seco al escuchar el trote corto de un caballo y al momento, un jinete, aparecieroante ella. Recordó que lejos del lugar, había una casona o castillo habitada por franceses cercanos a la nobleza y huidos de Francia. El hombre se bajó del caballo. Se acercaba.

— ¿Qué hace una joven dama sola por estos lugares tan alejados?

— Recojo hierbas medicinales.

— Muy interesante ¿y a quién deseas curar?

— A quien lo necesite.

Mientras hablaba se iba acercando despacio mirándola fijamente. Martina se puso en guardia y apretó el cuchillo entre sus manos.

— ¿Cuál es tu nombre?

— Martina Leslie

— El mío Néstor Lynx y vivo en el castillo, parece que no te gusta hablar ¿Me equivoco?

— No, no me gusta hablar con desconocidos y por favor, se hace de noche y estoy lejos de mi casa. Déjeme pasar.

— Si quieres te puedo llevar a la grupa de mi caballo, no temas.

— ¡No, no, solo quiero que aparte su caballo!

Mientras corría a través de los campos fuera del bosque, un escalofrío recorrió su cuerpo. ¡Aquellos ojos, el tono de voz!, corría alocadamente. Marcela salió a su encuentro sobresaltada.

— ¿Te ha ocurrido algo?, creo que no deberías estar tanto tiempo en el bosque.

Martina entró en su habitación, apoyó la espalda en la puerta y respiró hondo ¡Era él, el fugitivo que se apoderó de su cuerpo hasta que se defendió con el cuchillo! En la lucha le hizo un corte en la cara y Néstor Lynx tenía la cicatriz de un corte profundo. Tembló.

 

……

 

Todas las plantas estaban sobre una tabla rústica y Martina con la ayuda de la abuela, las iban seleccionando según para lo que iban a ser aplicadas. Las venenosas las apartaban para más tarde quemarlas al fuego del hogar donde la leña crepitaba con fuerza, el frío era intenso. Marcela no se dio cuenta de que su nieta, las plantas venenosas, las iba guardando en el delantal. Dos horas más tarde habían terminado de preparar las hierbas y colocarlas en unos pequeños frascos de cristal. Las venenosas aún estaban en el bolsillo del delantal.

— Voy al bosque abuela, me faltan las indicadas para los abortos.

Ella se las había tomado tres años atrás. Las que llevaba en su cesta tenían un destino. Sentada en las piedras del estrecho camino del bosque, esperaba escuchar el trote corto de un caballo.

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