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Charlie by Paulina Barbosa

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Hay muchas cosas que le parecen repulsivas, en su diario lleva anotando todas y cada una de ellas desde la tierna edad de 10 años cuando descubrió que su vecino Pedrito se comía los mocos. Esa sería su primera nota, con letra clara escribió: “Me parece asqueroso que la gente se tragué los mocos”. Hoy con 25 años más, esa lista había ido creciendo hasta abarcar la cuantiosa cantidad de 450 libretas de cubierta de cuero, con 100 páginas blancas y caligrafía precisa en tinta china.

Afuera llueve a cántaros, Charlie odia los días así, pero especialmente odia los sábados lluviosos, porque puede tolerar que llueva en domingo pero no en sábado. Eso lo relaciona con el hecho de que su abuela, quien fungió como su madre y padre falleció en un sábado lluvioso, al menos eso fue lo que le dijo el psiquiatra en su consulta de los viernes, ahora ya no va a las consultas de los viernes.

Charlie ha llegado a su departamento hecho una sopa, el paraguas no realizó su función adecuadamente y ha terminado con su saco preferido arruinado. Es el saco de los fines de semana, azul marino, con tenues líneas horizontales plateadas en seda, el mismo que hace juego con sus pantalones preferidos. Ha depositado su sombrero gris oscuro sobre el perchero, donde el saco ha sido colgado en espera de secarse, el paraguas no ha corrido la misma suerte y ha sido abandonado en el pasillo fuera del departamento. Suelta una bolsa de papel sobre la mesada y procede a prepararse un té mientras silba una cancioncilla que se le ha quedado en la cabeza.

Todo en aquel loft se encuentra en inmaculado orden, libros perfectamente clasificados y distribuidos sobre dos libreros, una alfombra que bien podía decirse que recién la han comprado, dos sillones de piel oscura sin una mancha, una cobija doblada sobre el respaldo de uno de los sillones, cuadros simétricamente colgados y alineados. No hay nada allí que se pueda decir fuera de lugar, incluso los mocasines que recién se ha quitado yacen alineados junto al perchero, en su lugar ha tomado un par de pantuflas, porque Charlie odia mojar el linóleo que cubre todo el piso del departamento.

Coloca una tetera sobre un azulejo en la mesa y sobre un portavasos una taza negra de cerámica, un cronómetro comienza su cuenta regresiva desde tres minutos, porque es el tiempo ideal para que repose el té; mientras tanto toma la bolsa de papel, para ello se ha colocado guantes, porque otra cosa que odia es la suciedad, y él sabe que la gente puede ser muy antihigiénica, cuidadosamente toma los fajos de billetes y los extiende en un mantelillo que usa sólo para estas ocasiones, el cliente ha pagado de acuerdo a sus instrucciones, en billetes de 10 y de 5 sumando un total de 15 mil. El cronómetro suena.

Charlie ideó este esquema de trabajo desde que era adolescente, una mañana se despertó y se preguntó si la gente pagaría porque no se descubrieran sus secretos. Él sabía que los adultos tenían secretos, algunos más oscuros que otros, y él era bueno investigando. Con el tiempo perfeccionó su esquema, también aceptaba clientes que requerían saber los secretos de otros y en ocasiones por erradicar el problema, así se fue haciendo de una reputación, aunque nadie sabía con exactitud quién era, él siempre daba con buenos clientes o mejor dicho los clientes siempre daban con él.

Guarda el dinero en una pequeña caja fuerte junto con otros fajos de billetes, no se fiaba de los bancos y le era más fácil administrarse de esta manera. Charlie no tenía amigos, tampoco familia, hacía tiempo que había pasado a ser un fantasma. Usaba otro nombre y había omitido sus apellidos desde que descubrió que su profesión podía ser peligrosa, tenía muchas identidades falsas, el lugar dónde vivía lo había comprado, porque era espacioso y silencioso, en realidad en aquel sitio había 8 departamentos, todos arrendados por él con diferentes nombres de esta manera podía despistar a los curiosos.

El celular comienza a sonar, ha olvidado sacarlo del bolsillo del saco, le exaspera olvidar ese tipo de cosas, se coloca los guantes de nuevamente antes de tomar el dispositivo.

  • ¿Sí? –
  • Le tengo un trabajo, me dicen que usted es la persona que necesito – es una voz femenina, nerviosa, él ha aprendido a reconocer esos detalles
  • Sólo necesito nombre, edad, ocupación, cual es mi trabajo y 5 mil por adelantado, deposítelo todo en un sobre mañana antes del primer tren, en el locker 115 de la estación de ferrocarril. ¿Entendido?
  • ¿Y la llave?
  • Déjela en la cabina de fotos a su lado, yo me encargaré – dicho eso colgó

 

Charlie soltó un suspiro, dejó el celular en la mesada no sin antes limpiarlo meticulosamente con su pañuelo, comenzó a silbar la misma cancioncilla de hacía unos momentos, se río para sí, pues había recordado que era “Singing in the rain”, su musical favorito de cuando era pequeño.

Miró por la ventana, había dejado de llover, finalmente, “Mañana será sólo otro día de trabajo”, se dijo para sí y desenfundó el arma que guardaba en su cinturón.

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