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Nadie vigila al demonio by Adry Luis

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Era un concierto único el de los violines. Más de quinientas personas llenaron el teatro, todos hombres y mujeres de honores. Los primeros, más veteranos, de canas inocentes y bigotes de plata, empresarios, negociantes, herederos; las segundas, más jóvenes, acostumbradas al vicio. Lo cierto era que no quitaban los ojos del escenario. La banda era inmensa, todos vestidos de color negro, unos sentados, otros de pie, en perfecta armonía.

Mas Víctor no notó estos detalles, a pesar que era el único hombre solitario dentro del tumulto de parejas dudosas. Y, por cierto, tampoco es que necesitara de ello. Él solo tenía ojos para la jovencita que tocaba en la esquina, aquella de pelo corto e iris azul, la más blanca de todas, la más dulce. Desde su silla, se le vio inquieto, nervioso, con una sombra bajo los ojos casi grises por falta de sueño, pero vestía elegante: una camisa bien doblada por dentro del pantalón, el corbatín y un saco negro que cubría las manos rechonchas. Eso sí, era grande y gordo, con el pelo hacia atrás y una barba que, sin ser desagradable, lucía bien peinada bajo los mofletes rosados. No era joven, pero a pesar de todo ese contorno de gente mayor, sonreía como un niño cuando ella tocaba su parte del concierto con el rostro iluminado, complacida por los aplausos. Joven al fin, la muchacha había soñado con eso toda su vida: el teatro a oscuras, el suelo de madera preciosa, las cortinas de terciopelo, el enjambre de espectadores, la música. Lo que nunca le pasó por la mente fue Víctor, el admirador solitario y frio de los silencios, el fan más dedicado a su proeza.

Así era siempre. Todos los domingos él iba al concierto y la admiraba, como el ritual del que nunca tuvo el valor de zafarse. Era absurda la obscenidad enardeciéndole la piel, pero peor fue su desarrollo semana por semana, alimentado por la beldad de la juventud y su violín, la soledad absoluta que sufría. Víctor siempre la vigiló desde las esquinas, metido en las sombras, como el aprovechado, o el guardián. Así se fue enamorando, hasta convertirse en el depredador que una noche rompió su humanidad.

Eva tardó en salir del teatro, y cuando lo hizo, esperó pacientemente un taxi a la orilla de la carretera. Era tarde, muy tarde, y la noche húmeda presagiaba otro chubasco de los buenos. No por casualidad apareció Víctor detrás de una farola, con aquel saco negro y el cuerpo erguido, presentable como siempre. La lluvia ceñía el pavimento y, antes que la joven corriera por cobijo, éste abrió un paraguas y se lo puso encima. Eva no tuvo para él más que palabras de agradecimiento y una sonrisa la cual fue el detonante del impulso sexual reprimido.

—¿Vives lejos? —preguntó el hombre mayor.

Ella pensó en no responderle, al fin y al cabo, era un extraño, y nada sería tan irresponsable como darle la dirección de su casa a un tipo que, por educado, no se salvaba de tener ciertas intenciones.

—Sí, bastante lejos —dijo a secas, para ser educada.

Víctor estudió sus pasos, cada región de su mente era el cuaderno donde escribía las lecciones que lo llevaron a esa escena, estudiada hasta el dedillo, manipulando palabras como un cirujano juega con los órganos de un paciente. En ese momento, sonrió de una forma tan elegante que le hizo más mayor. La joven sintió de pronto un calor hogareño bajo el paraguas.

—Puedo dejártelo —dijo el hombre señalando con sus ojos el objeto. Debía de mostrar toda la confianza del mundo—. No pretendo molestarte.

—¡No, ni loca! —se alarmó la muchacha—. Lo decía porque es verdad que queda muy lejos. Siempre cojo un taxi para ir, pero hoy me ha cogido tarde y por eso se me hizo difícil. Disculpe si lo ofendí con mi indiscreción.

—Es normal —Víctor no paraba de reír entre dientes—. Yo haría lo mismo si fuese mujer.

Eva sintió una cosquilla dentro de la garganta, y no pudo aguantar la risa. Reaccionó tapándose la boca y con los ojos chicos.

—Disculpe otra vez —dijo sin parar de reír—. Es que me lo he imaginado vestido de mujer. Definitivamente, usted es la primera persona que conozco menos apropiada para travestirse.

—Me lo tomaré como un halago —respondió Víctor.

Ambos ya se notaban serenos. La lluvia había comenzado siendo suave y tibia, pero en esos momentos se tornaba inquieta y exuberante. El agua era el menor de los problemas en aquel entonces.

—Vamos a hacer una cosa —interrumpió la joven—: Podemos caminar juntos si usted promete contarme qué le trae por un concierto de violines —El hombre se sintió alagado—. Por cierto, me llamo Eva.

—Yo soy Víctor —respondió educadamente.

Él sabía de los espacios más llenos y vacíos de la ciudad, donde la gente disfrutaba a altas horas, y donde el silencio inundaba los rincones. Todo lo estudió con detenimiento muchas semanas antes, incluso meses. Observado a la joven viajar de un lado a otro, las caminatas sabatinas, los paseos con su madre en las tardes de lunes. Víctor tenía el espíritu de los hombres libres, desafortunadamente malgastado.

—Colecciono melodías —continuó—. Me gusta aprendérmelas, las tarareo —Hizo una pausa—. Respecto a los violines… son mi instrumento favorito, a pesar de que no sé tocar ni una nota. Se ven frágiles y pequeños. Siempre apoyado en los hombros, como el hijo que quisieras educar. ¿No crees?

Eva pensó en algo menos formal y más atrevido, pero al oírlo, reaccionó como toda mujer cuando se ve rodeada por el encanto de un hombre.

—Lo siento. ¿No tiene hijos?

Víctor se detuvo ante un puente. Miró hacia el lado derecho para percatarse del túnel que cruzaba la avenida. Era la forma más rápida de llegar al centro. Se volvió hacia a Eva y le sonrió, otra vez con elegancia.

—Primero, no me trate de “usted”, y segundo, es mejor que no hablemos de ese tema. No quisiera enredarla con cosas que no querrá escuchar.

Estaba equivocado. A Eva la curiosidad le salía por ojos. Siguieron caminando largo rato, discutiendo temas que trataban sobre la cultura y la música, pasando por la economía y terminando con la política. «Todas las cosas terminan en la política», reafirmaba el hombre mientras Eva no hacía más que reírse. La noche parecía no secarse nunca.

—Cortemos por aquí —dijo entonces Víctor.

Eva sonrió con la ingenuidad rozándole la espalda. La joven siguió al hombre hasta un pasillo largo y estrecho. Víctor recogió el paraguas antes de meterse, viendo a la jovencita caminar justo delante. Parecía tan tierna, que apartó los ojos grises de aquel desmesurado cuerpecito. El corazón comenzó a latirle de forma extraña y las manos se le engarrotaron de repente. Como si se tratara del hambre, el estómago le pareció vacío, y una ceguera le explotó la rabia contenida.

Eva calló al suelo después de un golpe, y desaforado, Víctor le amordazó la boca con el corbatín. Aprovechó esa debilidad para arrancarle el vestido, y sus ojos grises ya no tenían ni una gota de misericordia. Eva, aplastada por el cuerpo enorme y desnudo del violador, recordó los momentos más felices de su vida. Una estrategia tomada por su propia mente para no morir de la vergüenza. Y en esos recuerdos alucinógenos estaba el rostro de Víctor cuando la saludó sin prisa esa noche, teniendo pintada la sonrisa más sincera del mundo.

 

 

 

 

 

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