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Desdémona Desciende by Miguel Ángel Carrera

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—No entiendo cómo puedes estar tranquila, después de todo lo ocurrido     —Dijo Hernández visiblemente irritado, su áspera cara y su nariz gruesa, brillaban por el sudor a la luz de la lámpara aérea, en el centro de la habitación.

— ¡Habla de una maldita vez!— vocifero impaciente, mirándola con desdén, dando un fuerte golpe a la vieja y rallada mesa de metal, sonando aquel golpe como un trueno dentro de una caja.

Esposada a la silla con los brazos cruzados en su espalda, aquella mujer se mantuvo cabizbaja, contemplando la mesa con la mirada perdida y cara inexpresiva, sin inmutarse ante las preguntas de Hernández. De tez pálida, perturbadora belleza y cabellera de apariencia grasosa, despedía un olor desagradable, como si tuviese unas cuantas semanas sin tomar una ducha, llevando al menos casi tres horas en un fuerte interrogatorio sin pronunciar palabra alguna.

Desdémona era la única palabra que había articulado, cuando se le pregunto su nombre, había sido llevada a la estación sin documento alguno, capturada después de haber cometido un doble asesinato, sin razón aparente. Hernández sabía por alguna razón que ese no era su nombre real, que había algo inquietante en aquella mujer desaliñada, algo que no le gustaba, un halo de perversidad inexplicable, que despedía de su extraña humanidad, algo que había encendido sus alarmas, desde el mismo momento que fue llevada al cuarto de interrogatorio. Aquel olor que despedía, se mesclaba con el olor de ese cuarto, una mescla de papeles viejos guardados por años y sudor agrio. Hernández siempre odio ese cuarto, un sucio hueco sin ventilación, caluroso, con aires de pútrido sótano abandonado, con su mesa desvencijada, rayada y manchada de vieja sangre seca ennegrecida.

Al notar la fría indiferencia de aquella mujer, Hernández respiro hondo, volteando los ojos en una mueca de hastió, tomando pausadamente la silla de madera que estaba del otro lado de la mesa para sentarse. Mientras hacía esto, se preguntó porque carajo todo era de metal menos esa silla, la única silla suelta, la otra estaba atornillada al piso de hormigón, junto con la mesa. Ya con su mirada a la altura de la suya, la observo fijamente, trato de poner una cara más comprensiva, para razonar, mientras ella seguía ausente. Se quedó unos segundos contemplándola, al verla ahí, bajo la luz cenital de la única lámpara de la pequeña habitación, recordó esas viejas películas de gánster, que solían pasar en los matiné sabatinos en el cinema cerca de su apartamento, pensando en que la mayoría de las veces en dichas películas los interrogatorios solían ser más sencillos de llevar, y siempre era más fácil sacarle información al bandido de turno, por malo y mañoso que fuera.

—Escúchame Desdémona, si es que ese es tu verdadero nombre, cosa que dudo— comenzó Hernández mirándola fijamente, inclinándose un poco hacia adelante, adoptando una postura más amable. Hagamos las cosas más fáciles para ambos, hiciste cosas terriblemente graves y queremos saber por qué, ¿Qué fue lo que paso? será mejor que hables, como ya te dije, todo será más fácil. Soy tu único amigo aquí, prometo evitarte cualquier tipo de sufrimiento eventual dentro de la celda, si cooperas.

Luego de esto se quedó unos segundos esperando respuesta, Hernández era un tipo de contextura gruesa y rasgos toscos, su compañero de andanzas, solía compararle en broma con Columbo, por su desgastado sobretodo, sus mocasines de cuero agrietado, su camisa mal abotonada y su corbata torcida. Siempre llevaba su barba rala descuidada, con un irritante aroma a Old Spice barato que se mesclaba con el olor de sus cigarros, poseía una mirada dura y sentenciosa, producto quizá de años del oficio. No era precisamente un hombre que gozara de dadivosa paciencia. Así que la rabia empezó a apoderarse de él rápidamente, esta misteriosa y desagradable mujer había agotado toda su paciencia y era hora de boxeo disuasivo, sí señor, eso casi nunca fallaba.

—Entiendo… así que lo prefieres a la manera difícil, será mejor que hables ¡o sufrirás mucho aquí dentro de este miserable cuarto de mierda! —gritó Hernández con impaciencia, mientras le apuntaba con el dedo índice de forma amenazante.

La mujer entonces al fin dio señales de vida, con mortal tranquilidad, cabizbaja, cerró los ojos y empezó a reír entre labios, era una risa murmurada, una risa viscosa, sostenida, con la comisura izquierda de sus labios alzada, dejando entrever un gesto macabro, cabizbaja aun, sin moverse, abrió sus ojos y le dio una mirada tranquila pero amenazante a Hernández.

— ¿En serio Benjamín? —susurro, su voz sonó lóbrega, Hernández no pudo evitar sentir como se erizaba su piel, al escuchar salir de los labios de aquella cosa, su nombre de pila.  ¿Crees que podrás hacerme sufrir? ¿Cómo lo harás? Dime… ¿me golpearas acaso hasta hacerme sangrar de dolor? ¿O me torturaras hasta que yo pida piedad y acepte hablar?  — termino sin dejar de mirar a Hernández fría y fijamente, ladeando un poco la cabeza como un animal al acecho.

Hernández sintió que aquella habitación se hacía súbitamente más pequeña, sudando copiosamente, preguntándose como mierda aquella repugnante mujer sabia su nombre, y porque le había espantado escucharla decírselo. Su corazón había dado un salto que sintió en su espinazo, como cuando un gran estruendo te agarra desprevenido. Respiro hondo nuevamente y trato de calmarse, sin darse cuenta de su expresión atónita.

—Entonces sabes hablar. —Dijo Hernández tratando de ser sereno, sin conseguirlo mucho. ¿Cómo sabes mi nombre? —pregunto al fin, dejando correr unos pocos segundos. Hasta que al fin grito, desesperado por una respuesta.  ¡Habla! ¿Cómo mierdas sabes mi nombre? Será mejor que hables o te lo sacare de una forma que no desearas haber provocado.

—Mi querido Benjamín, será mejor que comiences… —dijo con una voz nauseabunda, sonriendo con una maleficencia que daba sensación de abismo, de oscuridad. Yo vivo del dolor, y devuelvo más del que me dan, yo soy muerte, soy sangre, soy violencia, soy producto del hombre, soy esa crueldad tan intensa que nunca has conocido. Estoy aquí para mostrártela mi querido Benjamín, he segado dos vidas inocentes solo para ser traída a ti, mi buen amigo.

Gotas de sudor empezaron a bajar por los cabellos grasientos de aquella mujer ¿o era sangre? Hernández ya no sabía que era, su espanto le había hecho perderse entre lo racional y la locura, quizás era sangre, aquella mohosa y sudorosa habitación, mal alumbrada no dejaba ver mucho, se sorprendió así mismo preguntándose como en tanto rato no había entrado su compañero, o algún otro oficial a la habitación, pensó que jamás había tenido ese deseo, aun quedando a solas con los peores criminales.

—Qué carajo eres— susurro casi inaudible, Mirándola con absoluta estupefacción.

Aquella mujer con su sonrisa maléfica, puso una cara de burlona condescendencia, agregando —oh mi querido Benjamín… ¿no me entendiste? Creo que cuando lo sientas en tu piel lo sabrás, sí señor, lo sabrás. Tu llevas  tu placa y yo la mía —agregó. “La tuya es de metal, y de ley, de opresiva ley —respondió, la mía es de sangre y carne desgarrada, y dolor, y de gritos, y de violada inocencia, por eso  he descendido mi buen amigo, tengo hambre y tú me darás de comer”.

Hernández no se lo creía, podría haber pensado que estaba ante una simple mujer loca, que solo necesitaba una buena camisa de fuerza y encierro en un cuarto acolchonado. Pero no creía eso, aquella mala sensación al verla entrar, fue suficiente, lo sabía. Sabía todo aquello mientras sudaba, sentado en aquella vieja silla de madera, con sus brazos y manos mojando de sudor aquella mesa, sudando sus pantalones desteñidos de caqui marrón barato, sus calcetines de mercado popular, diluyendo el Old Spice barato de su mentón. Aquella mujer, era algo desconocido para él, y lo desconocido siempre es terrorífico, oh si, él lo sabía, no entiende cómo, ni porque, pero lo sabía, su espinazo erizado lo confirmaba.

—No entiendo de que me hablas, ¿descendido de dónde? Tú eres una asesina, y estas aquí por dos asesinatos, siento algo en ti que aun no comprendo, pero nada más, sería una locura, si, sería una locura, no sé si estoy soñando, pero sería una locura— repetía una y otra vez algo fuera de sí.

Hernández no soporto más, busco en el bolsillo izquierdo de su desgastado sobretodo y saco una caja arrugada de Marlboro, hurgo con el dedo índice y el pulgar dentro de la arrugada caja y saco un cigarrillo, llevándoselo a la boca inmediatamente. Solo en ese momento, al sacar el encendedor del mismo bolsillo de su viejo sobretodo, y tratar de encender el cigarro ya guindando de sus labios, fue que reparo en su descontrolado temblor, temblaba. Sin encender el cigarrillo, soltó el botón del encendedor y lo dejo apagarse para inmediatamente mirar en dirección de aquella mujer, quien decía llamarse Desdémona, quedando petrificado. Ella le miraba con su espantosa sonrisa maléfica, su cabeza se balanceaba ahora en una danza macabra, como una hiena a punto de lanzarse sobre su presa. Hernández se quedó en la misma postura, espantado, esperando, sin saber porque no se movía.

Quería huir, pero su cuerpo no respondía, hasta que vio lo peor. Con su sonrisa interminable y nauseabunda, aquella cosa subió los brazos del espaldar de la silla de metal, mostrándole las esposas abiertas burlonamente. Haciendo que Hernández abriera la boca para tratar de soltar un grito de horror que se le ahogo en la garganta, mientras, Desdémona, el resumen de la depravación, se abalanzaba sobre él.

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