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SOMBRAS by Francisco Ríos

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Cuando mis ojos se acostumbran, las sombras se hacen apenas visibles. Avanzo despacio buscando la salida. Cauteloso, tanteo con los pies descalzos el terreno delante: es liso y está duro, mojado y resbaladizo. Busco con la mano una pared que me ayude a orientarme, pero sólo encuentro una sombra de tela pesada que cede sin resistencia.

El olor caliente y dulzón del vapor se agarra al fondo de mi garganta, casi me cuesta respirar. Mientras, el ruido del agua repiqueteando insistente en el suelo de piedra, satura el espacio y aturde los sentidos.

Súbitamente, otra sombra, esta vez húmeda y blanda, roza ligeramente mi espalda. Me aparto bruscamente encorvándome como un felino, pero  mis pies tropiezan con algo duro y noto como mi dedo meñique se tuerce hacia atrás con un leve “crac”. Un latigazo me sube pierna arriba. Gimo, pero en medio de la oscuridad ya no me atrevo ni a agacharme, solo cierro con fuerza los ojos.

Aún encogido por el dolor, alcanzó la manecilla, está fría y se resiste ligeramente. Tras un breve forcejeo, se abre con un chasquido y, mientras un golpe de aire frío y seco me golpea la cara, grito con fuerza:

“¿Se puede saber quién ha apagado luz? ¡Ni ducharse tranquilo puede uno!”

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