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Di un paso (el final de este relato)

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Siempre un final es el ejercicio más duro de un escritor, y si la historia es de varios escritores aún más. Jorge Aldegunde ha dado con él.  Saludos –j re crivello – Taller de Escritura

Participan por orden de aparición: j re crivello, Estrella Rodriguez, Conchi Ruiz, Fabiana Laffitte, Awilda Castillo, Mel Gómez, Scarlet C., Miguel Corso. Pedro J. Guirao Marco, Sandra Sanchez y Jorge Aldegunde JAP.

Aquella madrugada una fría llovizna pegaba en la puerta. Dentro la luz a las tres de la madrugada permitía ver una mujer de espaladas que manejaba frenéticamente una plancha y la deslizaba sobre fotos de los años sesenta. Pude detenerme unos segundos en la calle, mi viejo paraguas me protegía. ¿Qué hacer? Golpeaba en su puerta y le daba conversación o seguía mi camino. Di un paso.

J re crivello

Me acerqué un poco más a la ventana amparado en las sombras de la noche. Observé a la mujer atentamente, se dio la vuelta para coger otra foto de un cesto que había encima de una mesa al lado de la tabla de planchar. Parecía tener alrededor de cuarenta años y las lágrimas anegaban su pálido rostro. El dolor se reflejaba en sus ojos y el repetitivo pasar de la plancha por encima de la foto evidenciaba un gran nerviosismo. Sentí como una punzada en el pecho y sin pensarlo, llamé a la puerta.
Por la ventana pude ver como daba un respingo, parecía asustada: ¿quién llamaba a esas intempestivas horas?, —debió pensar:
-¿Quién llama?
-No me conoce pero la he visto tan triste que no he podido evitar interesarme por lo que le pasa.
-¡Váyase! no necesito su compasión.
-No tenga miedo, no entraré en su casa. Quizá le vendría bien hablar con alguien.

Estrella Rodriguez

Era una noche oscura sin luce ni sombras, un intenso olor a papel quemado me hizo pararme ante una ventana vieja rodeada de paredes agrietadas. Pasé mis manos por los cristales huérfanos de vida y luz. De espaldas una mujer, su melena  una cascada de nudos viejos y sus ojos al mirarlos sentí como si los míos cayeran en un pozo sin fondo. Trozos de papel rodeaban sus viejos zapatos,  unas tijeras más viejas aún los rodeaban. Sentí frío hasta en el alma y corrí.

Conchi Ruiz

-¿Pero quién cree ser? No sé si me enfada más su atrevimiento que el recuerdo de estos rufianes.

-Disculpe si la he invadido, sentí que tal vez hablar podría darle algún respiro. Pero, no se preocupe, ya me retiro,  —dije y al girar para marcharme, de un golpe abrió la ventana e intentando aferrarse a mi brazo, en un tono suplicante y casi con voz de niña, dijo:

-Por favor, no se vaya, por favor, ya se han marchado todos. No lo haga Ud. también. Por favor, quédese.

Su fragilidad me conmovió. La imagen de la escultura de Camille Claudel, La edad madura, que acaba de ver en el Museo Rodin surgió en mi mente. No ofrecí resistencia alguna. Ella corrió sus cabellos despeinados, buscando emprolijarlos, y al ver de cerca sus ojos, un escalofrío tan fuerte surcó mi espalda que debí bajar la vista para esconder mis propias lágrimas. Esta vez, no era compasión lo que sentía sino miedo, un profundo miedo comenzaba a congelarme.

Fabiana Laffitte

Y… (j re crivello)

Siento que la puerta se cierra tras de mí y el miedo recorrerme la espalda a través de una gota de sudor helado. Pienso como repetidas veces lo he hecho antes: ¿porque no seguí de largo? Que afán el mío de meterme donde no me han llamado, pero ni modo ya estoy aquí, frente a esta mujer que llora quizás por su desgracia, y lloro yo también ahora, por la mía.

-¿Que le ocurre? Digo mientras ella continúa aferrada a mi brazo, es como si ya no pudiera nunca más, desprenderme de ella.

Su rostro está desencajado, y ahora más de cerca veo humear la pieza sobre la cual dejó la plancha al venir en pos de mí y abrir su puerta.

Awilda Castillo

A pesar del dolor insoportable, no dejaba de pensar en aquella mujer. ¿Qué habría pasado con ella? La dejé tirada en el suelo y si me estado era tan deplorable, no quería imaginarme el suyo, si es que había sobrevivido al siniestro. Trataba de dormir y me era imposible. La enfermera entró en la habitación y puso algo en el suero.

—Es para que pueda descansar —dijo.

Solo pude asentir con la cabeza. No me era posible abrir la boca. En cuanto la mujer se fue, comencé a sentirme mareado, adormilado. No sé si estaba dormido o despierto, pero la puerta volvió a abrirse. La figura de aquella mujer se acercaba a mí, tenía la piel derretida como la cera y sus ojos, eran unas cuencas vacías a las que no podía dejar de mirar.

Mel Gómez

En sus ojos navegaba tanta tristeza que aterraba, esa que de tanto persistir, carcome las pupilas dejándoles la espesura de una catarata. Quise advertirle sobre la plancha que dejó mientras el vestido se chamuscaba pero justo antes de hablar, ella se desplomó y comenzó a convulsionar, el rostro se le fue poniendo azulado, le desabroché la blusa, le presioné el pecho pero nada, desesperada, tomé el móvil para llamar a urgencias explicándoles la situación, me indicaron que intentara auxiliarla pero cuando volteé,  la señora se había esfumado a medida que las llamaradas invadían el recinto y la puerta trabada impedía mi salida. El humo comenzó a aturdirme y con el último vestigio de fortaleza, lancé una silla a ver si conseguía romper la ventana pero nada.

Desperté en cuidados intensivos ¡El dolor era desgarrador! Las quemaduras en el sesenta por ciento del cuerpo, hacía de mí, una escafandra de horrorosos lamentos.

Scarlet C

La morfina suministrada paliaban el dolor infernal de las pústulas de mi piel quemada, mi cuerpo un amasijo abierto de horror y condena al tener que estar inmóvil en una cama, lleno de vendas. Por momentos inconsciente por los calmantes y  por un coma inducido para q mi propia existencia no sea mortífera y así regenerar mis partes muertas… Ensoñaciones, delirios, interrogantes secuestraban mi conciencia.

Recordé que mi placa estaba guardada en la americana y que la pistola la llevaba encima cuando me rescato urgencias y allí estaba mi sargento en pie mirándome desde la entrada.

Miguel Corso

Foster, mi sargento. Regordete, de labios gruesos y mirada ágil y un bigote que alisaba después de fumar un Marlboro. Tosió, carraspeo, estaba incómodo y dijo:

¿Dónde estaba Ud. cuando comenzó todo?

J re crivello

—Cuando todo empezó yo estaba rodeado por una toalla de hospital, toda mi piel impregnada de un líquido viscoso, una mujer vestida de verde me agarró por los pies, me puso boca abajo y me dio un azote en el culo. Yo rompí a llorar. Pero ¿qué importancia tiene eso para el caso del incendio, mi sargento?

Pedro J. Guirao Marco

—Mucha más de lo que Ud. piensa. El sargento se froto la barbilla, luego se rasca el pelo, y respira como si se fuera a instalar allí toda la vida. Para continuar:

J re crivello

Esté caso se le ha ido de las manos. ¿Quién era el tipo que se encontraba en el interior de la casa cuando llegaron los sanitarios? ¿Que vinculó tenía con Teresa?, un señor que se encontraba cerca del suceso me ha comentado que ella se dirigía a él como Quique, su hijo. ¿Hacia dónde han huido los dos? —y agregó: los vecinos exigen explicaciones, llevan días sin pegar ojo, el inusual comportamiento de la nueva inquilina, Teresa les desconcierta, les asusta, les crea inseguridad, ella puede ser imprevisible, incluso nos alertaron de que algo grave podía suceder, y ahora usted ha sufrido las consecuencias. Oyen una voz de fondo, alguien reclama al sargento, dirigen su mirada hacia la entrada de la habitación y aparece él, cubriendo con su cuerpo el rostro de Teresa, se disculpa, se excusa y prosigue:

—Sargento, soy Miguel.

—Miguel, no eres Quique, ¿el hijo de Teresa?

—Su nombre no es Teresa, esté nombre pertenece a su progenitora, ella es violeta mi esposa, y yo Miguel, su amado y reciente enfermero, Teresa cree que le acechan, persiguen, que vienen a por ella, plancha todo lo que alcanza a su paso con la inercia reiterada del que fue su antiguo ofició en la Lavandería del pueblo. Sargento, nadie persigue a Teresa, todo es consecuencia de su estado mental el único peligro que la abraza es su persona, y su mayor enemigo el Alzheimer.

Sandra Sanchez

Teresa sale al paso y me mira, decidida. Yo sigo postrado, hecho un guiñapo, mas percibo otra vez esa tristeza insondable, densa y oscura. Ahora sé que Miguel miente, y que lo hace por ella. Y descubro que no es el olvido lo que ella teme, sino el recuerdo. La veo en la lavandería, trabajando de sol a sol con su madre, sumisa y un punto indiferente. Sobre todo, cuando su padre entra en la habitación de Teresa a hurtadillas. Entonces prefiere no mirar ni saber.

Por eso, aunque los estragos de la enfermedad amenacen los ladrillos de sus recuerdos, ella sigue viendo su rostro alargado y severo. El mismo que adorna las fotos que, una y mil veces, se afana en planchar.

Al fin se marcha; Miguel también. El sargento tose y me pregunta, obstinado, por el incendio. Yo maldigo mi estampa y reniego de mi estúpida curiosidad.

JAP Jorge Aldegunde

 

 

 

 

 

 

 

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