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LA CASA DE LAS PIÑAS by Lucas Corso

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En noviembre del año dos mil cinco, la Casa de las Piñas se vino abajo súbitamente. Pocos sabían cuánto tiempo llevaba abandonada, pero todos los que pasaban por el camino frente al portón infestado de herrumbre intuían que, cuando finalmente cayese, acabaría enterrando para siempre lo que fuese que allí dentro hubiera. Sin embargo, nadie pudo imaginarse que con aquel derrumbe se conseguiría precisamente lo contrario.

Aquel mismo día, poco después de que la casa cayese, un hombre de mediana edad corría atravesando callejones y avenidas todo lo rápido que le permitían las piernas. Ya estaba oscureciendo, y no podía permitirse el lujo de que la noche lo atrapara todavía en aquella carrera interminable. Jadeante, siendo el centro de las miradas curiosas de todos con los que se iba cruzando, por fin divisó a lo lejos la silueta de uno de los edificios más modernos de la ciudad recortándose contra las últimas luces del día. Calculó que lo conseguiría, aunque no pudo imaginarse cómo iba a salir de él con vida si la cosa se torcía.

Después de tocar al timbre, la puerta se abrió automáticamente; era evidente que su compañero había estado prácticamente esperando junto al telefonillo a que él llamara. Subió en el ascensor los cuatro pisos que lo separaban de un merecido aunque seguramente breve descanso, y una vez que salió y se colocó frente a la puerta del apartamento, pudo escuchar la respiración entrecortada de su amigo al otro lado. Cuando le abrió, pudo leer rápidamente la preocupación en su mirada, además de notar sus dificultades para respirar bien.

  • Parece que has estado corriendo más que yo. – le dijo.
  • Eso quisiera yo, correr. – contestó el otro retrocediendo en la silla de ruedas para dejarlo pasar. – Así tal vez podría manejar mejor estos nervios.
  • Ayuda, no te voy a decir que no. – concedió él entrando.

Se dejó caer en el sofá y cerró los ojos. Por lo que a él respectaba, el mundo podía acabarse en aquel mismo instante, que no le iba a importar lo más mínimo. Necesitaba un momento de silencio y descanso para poner las ideas en orden y pensar cómo se las iba a apañar para sobrevivir a aquella noche si, tal y como siempre se había dicho, acababan viniendo a por él. Pero su amigo no tenía intención de dejarlo reposar demasiado.

  • ¿Qué ha pasado? – lo escuchó preguntar. Abrió un ojo y lo vio sentado frente a él en aquel trasto que ya iba pidiendo a gritos una necesaria jubilación. – Vamos, dime.
  • La Casa de las Piñas se ha venido abajo. – contestó volviendo a cerrar el ojo. Su amigo se revolvió en la silla.
  • ¿Qué quiere decir que se ha venido abajo? – preguntó entre sorprendido y asustado. – ¿Que se ha derrumbado?
  • Elemental, querido Watson. En cuanto cogí la caja de madera, el edificio entero comenzó a crujir y a temblar, y en el mismo momento en que puse un pie en la calle se derrumbó. Todavía no me explico cómo no se me cayó encima ni una teja.

Silencio de nuevo. Supo que no iba a durar mucho, así que intentó disfrutarlo todo lo que pudo antes de que su amigo volviese a la carga con más preguntas. Tan sólo necesitaba cinco minutos más. No le parecía que fuese pedir mucho.

  • Y… ¿tienes la caja? – preguntó entonces implacable. Él suspiró, y abriendo los ojos, introdujo la mano en el bolsillo del abrigo y extrajo una cajita cuadrada de madera oscura. La colocó en la mesa frente al sofá.
  • Ahí la tienes. – dijo sin dejar de mirarla.
  • ¿La has abierto? – preguntó nervioso el otro.
  • Claro, tenía que asegurarme.
  • ¿Puedo abrirla yo?
  • Me ofendería que no lo hicieses, después de todo lo que he pasado para traerla hasta aquí.

Su amigo la abrió y se quedó maravillado con lo que vio en el interior. Él no pudo más que sonreír, pues muy seguramente aquella cara de bobalicón que ahora veía sería muy parecida a la suya cuando había abierto la caja apenas una hora antes. Pero entonces escucharon el golpe y la sonrisa desapareció inmediatamente. Salieron al balcón y, al abrigo de la noche, se asomaron. Abajo, en la calle, un grupo de personas encapadas que cubrían sus cabezas con capuchas negras, intentaban entrar en el edificio a golpes.

  • ¿Quiénes son esos? – susurró su amigo.
  • Los dueños de la Casa de las Piñas.
  • ¿Todos?
  • Todos los que ha tenido a lo largo de los siglos.

Su amigo lo volvió a mirar con la boca igual de abierta que cuando observaba el interior de la caja. Él maldijo su suerte y, empujando la silla de ruedas, volvió al interior del apartamento.

  • Tenemos que salir de aquí, y rapidito. – dijo guardándose de nuevo la caja de madera.
  • Pero, ¿cómo? ¿y dónde vamos a ir? – preguntó asustado su amigo.
  • Eso es lo que no sé… – contestó él mirando a su alrededor. Entonces el otro cerró definitivamente la boca y dirigió la silla hacia la puerta de salida.
  • Vamos a la azotea. – señaló.

Tras cerrar la puerta con llave, se introdujeron rápidamente en el ascensor. Subieron los cuatro pisos restantes sin abrir la boca, mirando uno el suelo y el otro las luces del techo. Ambos sabían quien, en caso de persecución final a vida o muerte, tenía las de perder. Pero había decidido entrar por su propio pie en aquello, o al menos por su propia rueda, como le gustaba decir. De modo que ahora no había tiempo para lamentos; había que pensar en una escapatoria. Y por extraño que pudiera parecer, aquella azotea ofrecía la única, y por tanto la mejor, que tenían en aquel momento.

Cuando llegaron enviaron de nuevo el ascensor hacia abajo, tratando de borrar sus huellas, aunque si aquellos que venían tras ellos habían llegado hasta allí sin ninguna dificultad, no pensaron que tardasen demasiado en dar con ellos unos pisos más arriba de lo esperado. Fue en ese momento cuando escucharon la puerta de entrada abrirse de golpe hasta chocar con los buzones situados tras ella. Y entonces un jaleo de pisadas subiendo a toda prisa y a trompicones. La persecución había comenzado.

  • Saltaremos a la azotea del portal de al lado. – dijo su amigo una vez estuvieron en el exterior. Él asintió. – Como ves, sólo se trata de pasar por encima de ese muro. No creo que llegue al metro y medio. Claro que me tendrás que ayudar.

 

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