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La venganza de las musas by Marcelo Osorio

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El poblado estaba atestado de poetas, juglares, filósofos y contadores de historias, por las noches y en actitud de oración, llamaban a las musas según el interés del texto a construir, los ecos llegaban hasta el Olimpo y, las de turno siempre eran, Afrodita, Atenea y Artemisa.

—Estoy harta gritó Artemisa y lanzó mil flechas rasantes por la bóveda celeste.

—Te escuché Art —susurró Afrodita—, y sabes, también me tiene jorobada estos pseudo dioses de las letras.

—Esto haremos —pronunció Atenea y las otras dos giraron sus cabezas a la espera de esa gran idea.

—Haremos un viaje a ese lugar entre los humanos y veremos cómo se las arreglan sin nosotras.

—Me parece hermoso —dijo Afrodita.

—Suena justo —aportó Artemisa.

—Entonces se hará —concluyó Atenea.

El descenso fue rápido para las tres diosas, sin embargo, las leyes son claras e incluso los poderosos del Olimpo deben respetar. Aceptaron transformarse en simples mujeres, pero sin perder el grado único y característico que ostentaban.

—Afrodita luces bella aún de humana —dijo con sarcasmo Artemisa.

—Para ser la diosa de la caza luces algo débil con esos brazos de niña —respondió la afectada.

—¡¡Calma chicas!! Estamos por llegar y debemos mezclarnos con ese grupo de forasteros de más adelante —Tranquilizó Atenea.

Unidas al grupo se acercaron a las puertas de un aparente poblado, sin embargo, era una ciudad con todas sus demandas e inclemencias.

—Pero, ¿cómo me llamaré? —se preguntó Afrodita.

—Venus —sentenció Atenea mientras que Artemisa ahora ostentará el nombre de Diana.

—Entonces, ¿cuál será tu alias? —dijeron las recién bautizadas.

—Seré Minerva.

Nunca separadas y siempre curiosas comenzaron a conocer la ciudad, pero hay algo que ellas jamás advirtieron y aunque los primeros días reían al ver a poetas, filósofos y juglares totalmente perdidos, ellas comenzaron a destacar por sus atributos naturales y entregados al nacer.

En las fiestas destinadas a revelar hombres y mujeres con atributos dignos de dioses, se hicieron notar sin mayores pretensiones.

Diana tomó su arco y flecha, apuntó y lanzó suavemente, dio en el blanco, pero la flecha prosiguió y atravesó otros blancos, rompió otras fechas que competían por el primer lugar de los hombres y en un giro hacia el cielo botó una parvada de aves silvestres, inertes caían y la flecha proseguía en dirección al bosque, ahí alcanzó un jabalí el cual desangrado llegó al lugar de la competencia, junto a un ciervo y un oso peligroso. Diana fue coronada reina de la caza para todas las siguientes temporadas.

Minerva miró al cielo, había un brillo indiscutible entre las nubes, pero nada podía hacer.

Llegó el turno de Venus en la competencia de belleza, que fue obligada por todos los hombres, como no traía atuendo para tal ocasión, desenredó su rizado cabello y con apenas una tela sobre su cuerpo se presentó emergiendo de una gran ostra. Mujeres y hombres, después de un silencio hermoso, comenzaron a aplaudir y ella brillaba de hermosura y docilidad. Era el ejemplo personificado de la mujer de esa ciudad y las voces se sumaron ¡Dea, dea, dea!

Atenea, que nada pretendía en estas lides, no presentó su nombre, pero Artemisa o Diana como era vitoreada por la multitud, inscribió a su compañera Minerva en toda celebración de pensadores y dio a conocer sus pensamientos con la fragilidad de una sumisa mujer de pueblo. En cada frase dictada los ancianos hacían reverencias y la sabiduría de esa sencilla ciudadana fue lo más alto alcanzado y, algunos letrados, discutieron a viva voz sobre los alcances de las palabras de una nueva soberana intelectual. Estratega y protectora de este nuevo pueblo que la recibía con el alma desnuda y el corazón ensalzado en su potente figura.

Una vez terminadas las competencias fueron elevadas sobre piedras, las cuales estaban adornadas con flores. Caía la noche y ellas emitían una luz jamás vista en mujer extranjera alguna, su piel era fuente fulgurante de tonos dorados y ámbar.

Se miraron y entre ellas conversaron amablemente.

—Esta es obra de mi padre —dijo Atenea mientras era investida como sabia estratega Minerva.

—No puede ser —respondió Afrodita y sin embargo era la más bella, la más lumínica y sonreía porque era adorada. Había nacido Venus.

—¿Qué haremos? —preguntó Artemisa al momento de ser dotada de una capa con su nombre Diana.

Desde su llegada no pudieron ocultar la naturaleza del rango de diosas, aunque las primeras semanas disfrutaron ver frustrados a sus eternos mendigos de historias, poemas y estrategias para la batalla. Sentían haber dado un nuevo aliento a este incipiente y vasto imperio.

Un día cubiertas por el manto de la noche decidieron volver al Olimpo, ya no podían ocultarse del constate asedio de millares de séquitos de adoradores, de cada una de sus nuevas diosas.

Nacía el más tarde conocido imperio romano bajo la tutela de Venus, Minerva y Diana. Al llegar a casa, una fiesta sorpresa y los anchos brazos de Zeus aguardaban. Los demás dioses estaban excitados por la aventura de sus hermanas y habían sido empujados a hacer lo mismo.

 

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