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Habitación de los espantos by Claudio Nigro

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Interesante aportación que hace Claudio Nigro a la Actividad del taller Literario j re crivello que aparecerá en un libro en Enero

 

Una tarde  de Julio de 1976 jugabamos a la pelota; tal vez nuestro esperado momento libre, ya que estabamos en vacaciones de invierno;  éramos un grupo de soñadores corriendo detrás de una bola de cuero de descarne de vaca untada en grasa, tratamiento milagroso y rejuvenecedor para eternizar la vida de aquel balón mágico que nos transportaba a un mundo que nunca llegaba.

Parte de ese mundo consistía en un improvisado estadio, mas parecido a un mugroso y polvoriento pedazo de tierra al cual nadie reclamaba su propiedad.

Cierto día se detiene un auto, era un Ford Falcon color azul (auto muy temido por aquellos tiempos), venían tres hombres; luego de algunos minutos de inmovilidad, descendió uno de ellos, camino unos pasos alrededor  y apoyó su trasero en la maléfica máquina de la justicia (por mano propia), nos observó atentamente de brazos cruzados como un ave predadora midiendo el momento para atacar a su presa. Vestía camisa celeste, pantalón azul (de vestir), zapatos negros lustrosos, cabello prolijamente cortado y engomidado, su atuendo estaba coronado por unos anteojos oscuros que ocultaba sus expresiones y  sus brillantes cadenas y pulseras.
– ¡Ché néne!, ¡vení pa’ cá! – gritó desde donde estaba parado; con su mano derecha gesticulaba la orden impartida, su expresión marcada de brutalidad, demostraba que no eran portadores de cultura; más bien todo lo contrario.

-¿Yo? –  le contesté atemorizado.

-Sí… sí, a vos te digo, ¡vení de una vez dále! – ya con cierto grado de impaciencia.
su dedo índice de la mano derecha no dejaba de señalar en forma amenzante; su mano izquierda reposaba sobre la culata del arma que asomaba en la cintura.

Sin opciones, estaba acorralado en aquel estadio que prontamente se transformó en un corral de matadero; me acerqué con la cabeza gacha, casi sin mirarlo.

– Mirá pibe, les venimos a ofrecer una “changuita”, así se ganan unos pesitos pa’ la coca (léase coca cola) y también, si hacen todo bien les vamos a regalar una “Pintier”.
Dicho sea de paso, tener una pelota Pintier en esa época significaba tocar el cielo con las manos.
Él, sonrisa en boca, quedó esperando una respuesta, la cual era más que evidente, ¿que podría hacer?; bueno, también la oferta era buena, pensé por un instante; bah! eso es lo que me parecía.

 

-¡Bueno Don! Le contesté, sin más, ya con el miedo diluído por la tentación de la propuesta.

-Eso sí, de esto ni una palabra a nadie; ¿me entendiste pibe? – remarcaba mientras acariciaba amorosamente la culata del arma.

– Si ¡si Don!- exclamé; no se preocupe. Le mostré una sonrisa complaciente, que en realidad era el miedo a no contradecirlo, y asegurarme que sintiera la seguridad de mi fidelidad.
– ¡Bien, así me gusta!; vos me caes bien ¿sabes pibe? – me acarició con asco la cabeza.
-Mañana como a esta hora pasamos a buscarlos ¡y no fallen! Ehhh. – otra vez su dedo índice intimidador me señaló.

Así se fué, acariciando sus genitales y su arma como si las dos cosas fueran lo mismo o estuvieran hermandas en una sola alma; y con la convicción que ya tenía la presa en la trampa. A pocos metros de mí estaban el “chueco” Carlitos, el “tarta” Juan (era tartamudo), José, Sergio, Diego, Daniel y Mingo. Me di vuelta y el estupor estaba pintado en sus rostros.

Esos mismos rostros, minutos antes sólo tenían sudor, tierra y alegría; todo se habia borrado de un plumazo.

 

-¿Que hiciste “bolú”? – increpaba Juan mientras me daba un empujón.

-¡Nos cagastes a todos! – me gritó ya con los ojos lagrimosos.
-¿Qué queres que haga? – le contesté casi sin explicación para dar.

– Estos hijos de puta nos matan si no hacemos lo que dicen. El Chueco, lloraba e intentaba golpearme por lo hecho:

-¡Que mierda les digo a mis viejos!, me dijeron mil veces que no ande en cosas raras, que voy terminar en un agujero tapado con cal y tierra – continuaba llorando.
Inutilmente buscabamos una solución, pero no la había, todas las cartas estaban echadas, asi fue que cada uno se encaminó para su casa; sin saludarnos.

 

Era viernes 16 de julio de 1976, cerca de las 15 hs. una camioneta negra reluciente llegó puntual al barrio, era Dodge 200 tipo furgón.
El conductor, bajó y abrió las puertas traseras; si mediar una sola palabra, nos miró fijo y  sólo atinó a hacer un movimiento de cabeza para indicar que subiéramos; estábamos casi todos;  todos menos Sergio que nunca apareció.
¿Sería que él fue el único que tuvo suficiente coraje como para no venir? —pensé por un momento.

Cuando entramos al vehículo, sentímos que estabamos en el preludio de lo que vendría después; un olor repugnante nos invadió de inmediato al cerrarse ambas puertas, manchas de sangre y paquetes con bolsas negras grandes,  nos acompaño durante el corto viaje.
Como estaba todo cerrado, comenzamos a tener nauseas y desesperación. Al cabo de varios minutos de viaje y no saber donde exactamente estábamos (no veíamos absolutamente nada), percibimos que vehículo se detiene, comenzando a hacer maniobras de reversa como para estacionar.
Se abrieron las puertas; ahí el conductor que nos habia traído dió sus primeras ordenes.

-¡Dále bajen ché!, no tenemos todo el día – volvió a exclamar.
-Bajen todas las bolsas y colóquenlas sobre las camillas que estan ahí.
¡Rapidito! –  insistió

Pensé inocentemente que ese era todo el trabajo, y por eso pusimos entusiasmo como para hacerlo lo más rápido posible.

¡Pero núnca más lejos de la realidad!, nuestro calvario recién comenzaba.
El chofer llamó por radio a otra persona, cerró las puertas de la camioneta y se fue sin mediar palabras.
Nosotros nos quedamos mirando y sin saber que hacer, esperar o intentar escaparnos.
Pero no dió tiempo  a nada, más que para especular con fantasías de alguna tentativa libertad.

Pero todo era inútil, estábamos a merced de la voluntad de alguien que se apiade de nuestro destino inminente.
Apareció de la nada, el típico Dr Muerte – como se me ocurrió llamarlo cuando lo ví.

Guardapolvo blanco semi abierto, un barbijo colgaba en su mentón y guantes de latex negro, era el atuendo de este personaje siniestro.
– ¡Vamos pendejos! Tenemos mucho para hacer y pocas horas.
No hizo llevar las camillas por un pasillo sucio, paredes rotas y golpeadas.
Era un sendero casi interminable, circulaba gente de todo tipo, parecían no tener ni origen ni destino, algunos deambulaban como almas en pena, en sillas de ruedas, o los que estaban en peores condiciones o sin vida los dejaban sobre camillas.
Todo era como un contínuo con lo vivído desde que subimos a esa camioneta, el olor, la suciedad, la sangre; la sensación de muerte estaba omnipresente.
Al final del corredor estaba una rampa que desembocaba a su vez en otro pasillo ubicado en el subsuelo de ese hospital, que mas bien parecía la sucursal del purgatorio.
Vimos muchas puertas, todas estaban numeradas y con carteles improvisados escritos a mano, que no lograba leer porque caminabamos casi mirando al piso.
Cuando llegamos a  una puerta con el número 64, tenía un cartel escrito  a mano que decía: “sin terminar”,  indicaba una  fecha, 27/07/1976; tal vez necesitaban terminar algo para ese día, me pregunté mientras el uniformado con delantal blanco intentaba abrir con una llave esa puerta.
Cuando la abrió, nos dimos cuenta cual era la verdadera razón para las cuales fuimos traídos ahí y que cosa debían terminar para la fecha indicada en la entrada.

El Dr Muerte nos invitó gentilmente a pasar:
– ¡Éntren de una vez,  mierda! Esto hay que terminarlo hoy, si no de acá no se van; metan los que faltan en las bolsas y no pierdan las etiquetas.  ¿Me entendieron verdad? – y ahí nomás me acertó un golpe en la cabeza para asegurarse que estabamos entendiendo su mandato.
La sala estaba regada de cuerpos con etiquetas con datos de fechas, algún que otro nombre o sobrenombre y lugar (vaya saber si era donde vivían o donde le habían dado muerte); desnudos, a medio vestir y otros tantos metidos en esas bolsas negras, pero todos tenían algo en común (además de estar muertos), tenían innumerables agujeros en sus cuerpos.

 

En la habitación reinaba la sensación de una presencia fantasmal,  sus almas observaban atentamente como la inocencia de  siete adolecentes era arrojada por la cloaca de misma miseria humana. ¡Estábamos en el infierno mismo!
Cuando el “Doc” estaba saliendo, dejando esa sala, volvió sobre sus pasos como enfurecido, parecía que Satanás lo había “picaneado”. Tomó por el brazo al Chueco Carlitos y lo paró frente a una de las bolsas, a la que abrió violentamente con sus manos.
Lo que vimos todos fue aún más terrible, jamás lo olvidaremos; ¡Sergio estaba ahí!, se nos había anticipado a llegar; tenía tres agujeros de bala, 2 en la espalda y uno en la nuca. No hubo lágrimas, no había aliento, ni nada. Fue difícil, muy difícil.

– ¿Ven? Esto pasa cuando no cumplen con la palabra – sentenció con odio.

Mientras metía su dedo índice en el agujero que tenía en la nuca nuestro pobre amigo.
-Embolsen al pelotudito  de su amigo… ¡Ja! –sonrió socarronamente, para volverse
hacia la puerta con aires de gloria, le escuchamos decir entre dientes:
– ¡Pendejos de mierda!, si fuera por mi los paso a degüello a todos, no se que carajo les vió el “Jefe” como para perdonarles las vida. Tal vez aquella expresión perdida, que “le caía bien” fuera la única verdad, y la que después de todo podría ser nuestro único salvoconducto.
Desde afuera nos arrojó una bolsa con unos sandwiches.

– ¡Tómen, pa’ que tengan fuerzas pa’ laburar!

Todo parecía una obra maestra del terror; hasta los sandwich sonaban a ironía, ya que eran de mortadela y queso; ¿mortadela?, mortadela pronto estaremos nosotros          —pensé.
Cuando se cerró la puerta, miré a mi alrededor, todo era muerte y encierro; ni siquiera la única ventana llena de tierra y telarañas nos conectaba con un mundo exterior; no teníamos consuelo.

A la par de que nuestros sueños de pronta libertad que se desvanecían, una sensación de estar enterrados en vida nos invadió, muchos comenzamos a vomitar y llorar, y a pedir a nuestras madres que no vinieran a salvar.

Juan entró en un pánico descontrolado, ese instante de locura hizo que corriera hacia la puerta, tomó la manija para intentar inútilmente abrirla; la pateaba, golpeaba su cabeza contra la pared, gritaba desperadamente.
Lo único que logró, es que un guardia que estaría controlando afuera, escuchara semejante escándalo; entró intempestivamente, y al encontrarse cara a cara con Juan le asestó un golpe de puño en brutal su rostro.
Juan quedó tendido en suelo sangrando por su ceja; el silencio y la muerte otra vez se adueñaron del lugar.

El guardia en tono amenazante bajó su dictamen
– ¡Miren!, tienen que terminar  de embolsar a todos en 5 hs. ¡O los hacemos cagar a todos juntos!

-¡Y me importa una mierda lo que haya ordenado el “Jefe”!

Cerró energicamente la puerta; ahí recordé nuevamente esas palabras que podrían ser nuestra única salvación.

 

Bajé mi cabeza con resiganción de un condenado a muerte, pero a su vez con una pequeña luz de eperanza. ¿Y si fuera verdad que le caí bien?  – me preguntaba una y otra vez.

Me acerqué al cuerpo  de mi amigo Sergio, le tomé la mano, y antes de meterlo en la bolsa negra, y esconder su rostro tieso para siempre, le dije:
-¡Perdón amigo! Perdón; ¡te pido me perdones!
-¡Ayúdanos a salir de ésta! ¡Por favor te lo pido!…. por favor! Y pensar que imaginamos a nuestro amigo libre de toda esta calvarie; pero ahí estaba, con el sello para quien se niega u ostentan no cumplir con sus mandatos.

La chance de la salvación se había hecho realidad; antes de las cinco horas ya habíamos terminado nuestro trabajo, así que ahí quedamos  sentados en el suelo esperando la sentencia de nuestro destino final, los muertos, sus almas, aquella ventana a la nada y alguna esperanza de poder vivir.
Después de mucho esperar, ya cerca de media noche, nos sacaron por otros pasillos, donde llegue a ver un cartel que decía: “Hospital Salaberry – Sinónimo de Salud en el Corazón de Mataderos”.

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