El hombre recorre el camino de piedras
mientras las lombrices sortean sus pisadas.
La aridez del verano acumula la sed en la garganta
y la soledad pesa más sobre los hombros.
Sin embargo, es menos intensa al escuchar el vuelo de las hojas
caer sobre su aliento.
El hombre delinea el camino a seguir
pero se pierde con el contacto de una rama
que hace sangrar su pierna.
Acuden los gusanos en fila
marcando un círculo alrededor de la presa.
Pero el hombre resurge,
espanta a los insectos que le chupan la sangre,
y se adentra en el atajo sin piedras.
Se pierde entre matorrales secos,
dialoga con las espigas que se adhieren a la piel,
pacta con las hormigas rojas el camino de regreso.
El hombre se levanta de la tierra con las manos llenas de guijarros,
con la frente cansada del estío,
para adentrarse en la línea confusa que dibuja el horizonte.
Val Marchante
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