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La Vida y Otras ficciones by José Ángel Ordiz

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En Primicia el primer capítulo que saldrá en Enero. Puede leer el anterior aquí

© José Ángel Ordiz Llaneza ©Fleming Editorial, Barcelona, 2020, La vida y otras ficciones LIBRO PRIMERO:

Vino a matar a un hombre

6

El desvío hacia las propiedades de los Ortega, más tierras de labor y pasto, abundantes las encinas, pedregoso el camino, en silencio el chófer hercúleo y también Alonso Quesada, aún lejos el sol del poniente, el continuo roer de los neumáticos del coche, el ruido del motor, en la distancia la mansión y las dependencias de la hacienda; la mano del teniente, acomodado en uno de los asientos traseros, en el amplio bolsillo exterior de la chaqueta, en el otro, como de costumbre, la manga vacía. En silencio llegaron a su destino.

Ante los cuatro peldaños de la escalinata de la vivienda de dos plantas, tres las columnas del pórtico, blanca la fachada, Alonso sintió una leve presión en la nuca, la boca del cañón del arma del chofer apoyada en ella.

—No necesitará la pistola. Saque la mano de ahí, solo la mano.

Obedeció Alonso Quesada. El chófer se apoderó de la Astra del teniente.

—Al señor, a don Julio, no le gusta la caza. Ni la mayor ni la menor.

En el pórtico apareció una criada cincuentona uniformada de azul.

—Venga conmigo —le pidió ella.

Igualmente cincuentón el hombre trajeado, obeso, fino el bigote canoso, de concha negra la montura de las gafas, arrellanado en una de las butacas de la espaciosa y luminosa estancia. En aquella sala donde Julio Ortega fumaba un puro y bebía coñac, posada la copa mediada en la mesa baja que había ante él, los livianos cortinajes danzaban con la brisa, abiertos los dos ventanales por los que entraba el sol primaveral, no embustero aún.

—Siéntese aquí, frente a mí.

—Estoy bien de pie.

—Estará mejor sentado, según veo. Manco y cojo… Eso es lo que usted ha ganado… En fin, otros de los suyos, como mi hijo, ganaron algo peor.

—¿Dónde está, dónde está Ovidio?

Tardó en responder el hacendado, despojada de energía la voz: Durmiendo. Bebe de noche y duerme de día. Para no pensar en lo mucho que ganó en la guerra. Más que usted.

—¿Más que yo?

—Vino usted a matar a un hombre muerto, a eso vino usted. A veces se encuentra lo que no se busca, y Ovidio lo halló. Nadie le mandó correr hacia las balas, nadie. Al contrario. Yo… Pero él… Unos abajo y otros arriba, eso no lo cambia ni Dios. Así es desde que el hombre es hombre y así será siempre. Pero cómo corrió mi hijo hacia ellas, hacia las balas.

Hacia las balas de plomo que no apagarían alientos, que no silenciarían prematuramente a los vivos, sin sus madres, sin las coladas y los moldes de las balas de ira o de ideales que engendran y vuelven a engendrar proyectiles físicos.

—No estaría yo aquí, fumando este puro y bebiendo coñac francés, de no haber ganado ustedes la guerra. No negaré que celebré y celebro la victoria de Franco. Estoy aquí, arriba, donde siempre estuve, donde ya estaba al nacer, y, lógicamente, me conviene. ¿Sabe? Casi me matan dos de mis empleados al inicio de la contienda civil. Tomaron la hacienda y… En fin, a lo que iba. No estaría yo aquí pero también estaría arriba en otro sitio. Como mi hijo, el que ahora bebe para dormir, para no pensar. Ya corría él hacia las balas una mañana cuando yo me levanté.

7

Nevaba en el páramo, nevaba torcido, cegaban los copos, los trapos, aunque cómo le ardía la metralla al teniente Alonso: la del brazo izquierdo, la del costado, la del pie. Junto a él, indemne, Ovidio Ortega y su reciente cobardía, su inacción al amanecer y por ello, poco después, la explosión del certero obús enemigo en la precaria trinchera.

—Ya tenían que haber llegado refuerzos —se lamentó, temeroso, Ovidio Ortega.

Escupió nieve y sangre el teniente: Por tu culpa estamos aquí.

—Me descubrieron y…

—Mira, fíjate bien.

Un manto blanco, con manchas rojas, iba cubriendo tres cadáveres.

—Voy a pedir ayuda. No me verán salir con la que está cayendo.

—Tú te quedas. Mejor dos fusiles que uno para defender la posición.

—No aguantarás mucho más así.

—¿Que no? Yo mismo te pego un tiro como te muevas de donde estás.

—Ese brazo…

—Tengo este otro.

—No darán con nosotros si no… Y no podré salir de aquí sin que me vean como deje de nevar. Pediré ayuda, la necesitas cuanto antes.

Se incorporó Ovidio, abandonó el fusil.

—Quieto.

—Confía en mí. Debo una, no deberé dos.

—¡Ortega!

No disparó el teniente. Abrigado por el capote, perdió el conocimiento al oscurecer, sin noticias de Ovidio ni de nadie. Estaba en un hospital cuando recobró el sentido. Ya le habían amputado el brazo izquierdo. Preguntó por Ovidio Ortega. Nadie sabía nada de él.

8

Seguía de pie el teniente, seguía hablando el viudo don Julio sobre los que mandaban y sobre los que obedecían, no había inventado él este mundo de dueños y servidores, un mundo que ninguna guerra cambiaría sustancialmente con dictaduras franquistas o hitlerianas o sin ellas, cuando en la sala apareció Ovidio, el faldón de la camisa por encima del pantalón de pana oscura, greñudo, con barba de varios días. No se acercó a ellos, fija la mirada en Alonso, ronca la voz al confesar: Te creía muerto.

—¿Por confiar en ti?

—Tuvieron que cortarte el brazo…

—Por confiar en ti.

—Debo una, no dos.

—¿Solo una?

—Me perdí entre tanta nieve y acabé pidiendo ayuda a los mismos que teníamos frente a nosotros en aquella trinchera, a los mismos del obús, a los mismos que antes no había hecho yo volar por los aires. Creí… Como todos vestíamos de blanco… Ya se retiraban… Pero unos cuantos…

—No encendiste la mecha…

—¿Crees que no me acuerdo? Como para no acordarme. Me descubrieron y…

—Mira cómo estoy por eso.

—Peor estoy yo, mira tú, fíjate bien.

Y Ovidio Ortega, sin ropa interior, se bajó el pantalón de pana oscura y alzó el faldón de la camisa.

—No sé quién me socorrió, maldita sea su alma.

Como el teniente, había despertado en un sanatorio.

—Con lo bien dormido que ya estaba yo.

El propio don Julio, octogenario, meses antes de fallecer, me contó que, mientras hablaban el mutilado y el capado sobre lo que él ya sabía, pensó que tal vez aquel hombre que había venido desde Madrid para matar a su hijo podría, por el contrario, salvarle la vida. Por eso exageró sus defectos visuales, por eso le ofreció trabajo al doblemente sorprendido Alonso Quesada.

—¿Llevar las cuentas de la hacienda?

—Sumar y restar sí podrás hacerlo con una sola mano. Yo ya no veo bien los números y mi hijo no quiere verlos. Vivirías aquí. Aquí hay sitio para ti, para una familia entera.

—No tengo familia.

—Por ahora. Pero quién sabe mañana. Piénsalo. Y tú, Ovidio, sube esos pantalones de una vez, el teniente ya ha visto lo que te falta, esos genitales que no tienes por necio.

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