joyas para leer

LA SEMILLA VOLADORA

by Paula C. Monreal

Kim salía todas las mañanas muy temprano de casa, se paraba unos instantes en la puerta de la calle, aspiraba hondo cerrando los ojos, y sacudía las manos con fuerza girando las muñecas hacia dentro y hacia fuera.  A la vez, daba saltos con los pies juntos y movía la cabeza a izquierda y a derecha mientras subía y bajaba los hombros. Era casi imposible repetir sus movimientos sin perder el equilibrio.  Solo Kim era capaz de hacerlo.

Una vez terminadas las sacudidas, los saltos y los aspavientos, Kim salía corriendo calle arriba hasta llegar al parque del payaso Fofo.

Era muy veloz, nadie en el parque corría como ella; a medida que su velocidad aumentaba, sus manos giraban como las hélices de los ventiladores y sus brazos se abrían y cerraban como si fuese a emprender el vuelo.  Casi todos los corredores y paseantes se apartaban a su paso dedicándole miradas aterradoras y de reprobación, pero a Kim solo le preocupaba uno de ellos: el hombre de la cazadora naranja. 

El hombre paseaba siempre en sentido contrario a lo marcado, los brazos caídos, la mirada baja, los ojos de cristal, saltones.  La boca abierta, los labios gordos, distraído y arrastrando los pies hasta que veía de lejos a Kim; entonces, imitándola con agresividad, levantaba los brazos, los giraba enérgicamente, resoplaba y cuando se encontraba a pocos metros de ella, extendiéndolos hacia delante, graznando como un cuervo y amenazándola con el torso adelantado, se quedaba plantado en medio de la pista provocando que Kim tuviera que dar un salto para esquivarle haciendo que sus brazos se desequilibrasen.  Reconstruirse después y volver a su ritmo de carrera era casi imposible, a Kim no le quedaba otro remedio que volver a casa caminando, derrotada y con la cabeza perdida.

La escena se repetía día tras día los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año.

Kim aprendió a gruñir, bufar, gritar, rugir, graznar y a saltar cada día más alto; sus brazos empezaron a no distinguirse del aire, convertidos en aliados del viento, le ayudaban a correr cada vez más deprisa.

Un día caluroso de primavera, con las aceras recién regadas, Kim salió a la calle, activó su reloj, se ajustó las gafas apretándolas contra las cejas, movió los brazos, giró las muñecas y salió corriendo calle arriba hacia el parque del payaso Fofo.   A medida que iba ganando velocidad, sus pies dejaron de pisar el suelo y sus brazos y muñecas giraban tan rápido que se convirtieron en invisibles, toda ella no se distinguía apenas de un vilano, ­–esas pelusas blancas de chopo que girando empujadas por el viento son tan difíciles de seguir–.  Así entró esa mañana al parque, camuflada, esperando encontrarse con el hombre de la cazadora naranja.   Se sentía preparada para hacerle frente, para no tener que esquivarle, se pararía delante de sus ojos de cristal, rugiría y con los brazos y las piernas abiertas le haría perder el equilibrio.

Lo distinguió entre los corredores y paseantes de la concurrida pista, esperó unos segundos y levantó el vuelo, giró y giró hasta colocarse enfrente, se paró suspendida en el aire y cuando el paseante de la cazadora naranja la vio, levantando los brazos quiso cogerla. La semilla voladora esta vez sonriendo, subió y bajó, dio vueltas a la derecha y a la izquierda, debido a su velocidad se diría que levantaba el viento en cada vuelta.   Mientras, su angustiado paseante intentaba atraparla. Los ojos fijos, la boca abierta, el labio caído.

Disfrutando de su recorrido por el aire y sin tener que salirse de la pista, Kim volaba sin tener que perder su ritmo de carrera. 

El paseante enloquecido, rezongando como nunca, comenzó a perseguirla, incluso intentó correr detrás de ella para no perderla de vista.  Las manos se abrían y cerraban en su intento de apresarla.

Kim, en el portal desactivaba el reloj.

Dedicado a todas las mujeres que han sufrido acoso y no han podido volar.

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