No sé cómo llegué aquí. Un cuarto destruido, sin ventanas, con una puerta de madera roída por la humedad, el tiempo, las ratas. Mis uñas no crecen de tanto rasgar la pared para no perderme entre los días.
Ya no sé quién soy. Si soy. Si qué.
Trato de dar pie a mis fantasmas para que arremetan con menos fuerzas los monstruos.
No duermo. O sí. No lo recuerdo. Unas tablas en el suelo con una manta mugrienta me impiden hacerlo. A veces sueño irrealidades que alguna vez tuve y se desdibujan con el tiempo.
No puedo matar al tiempo.
El tiempo me está matando.
Durante el día camino de un lado al otro, soy un animal enjaulado. Doy vueltas incansables para no pensar en mis padres.
Todas las noches sudo de miedo. Pensar en salir. Sobrevivir. Mi única obsesión es escapar. Tuve muchos intentos de fuga con castigos terribles. El miedo no se detiene, se transforma en pánico, pesadilla y locura. Cuando vienen por mí quisiera morir. No recuerdo mi nombre, pero ellos me llaman puta. Me degradan y me despojan. Soy basura.
He descendido al infierno sin divisar la escalera. Hasta la rata que se come mi arroz podrido, se burla y me deja.
No recuerdo cuando pasó ni cómo me atraparon. Estaba en una fiesta, tomé un trago y me dormí.
El mal es inherente al secuestro. Encerrada sin ley, sin testigos, sin justicia.
Aislada. Sin gritos suficientes para ser escuchada. Sin oxígeno para limpiar mi vida. Sin agua.
Cuando vinieron ayer logré sacarles un cuchillo sin que se dieran cuenta. Clavé profundo en mi brazo y estoy sacándome las venas. Duele, pero no tanto. Es un dolor placentero, puedo escuchar el mar, a lo lejos, y el calor del sol me adormece en la arena.
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