Archipielago

El nuevo año

By Manolo Madrid

Lo esotérico, lo fantástico y lo enigmático me atrapan con frecuencia en mis relatos y cuentos. En éste establezco la contraposición de la fiesta, la alegría y la felicidad contra el dolor, la tristeza y la extrañeza por lo que no se acaba de comprender. Ya es un tema algo recurrente, en su síntesis, en alguno de mis cuentos anteriores, recomiendo leer “Los conciertos de San Juan” donde un hilo conductor lleva al lector a través de la historia disfrazada, llena de señuelos y distracciones, hacia un final que poco a poco se va perfilando. Luego, el vacío te recoge como si no hubiese un lugar a donde ir.

El nuevo año

Hoy, aquí, no ha llegado el año. El Año Nuevo se ha perdido, quizá entre tantos pinos de plástico, entre tanta sidra y turrones del duro y del blando, puede que mezclado entre el cascabullo de cáscaras de nueces, almendrucos y avellanas o caído bajo el papel de plata del cubre gollete de las botellas de sidra y champagne, quizá debería decir cava para no incurrir en un delito de registro de marca.

Lo cierto es que allí estábamos todos esperándole y el aludido no comparecía sin que le diésemos importancia, incluso Fernando, tan estrambótico y extrovertido como era su personalidad y que se divertía como ninguno presumiendo de aquella enorme guirnalda fucsia con la que adornaba la pechera de su camisa azul celeste.

El reloj de la repisa de la chimenea se había detenido misteriosamente a las veintitrés y cincuenta y nueve. También había ocurrido lo mismo con los relojes de muñeca de cada uno de los asistentes a la fiesta de Nochevieja y el reloj de cuco colgado en la pared, aquel que compré en el anticuario del Rastro en Madrid, tenía a punto de abrirse la puertecita por donde aparecía el pajarito multicolor dando aquellos curiosos grititos, más parecidos a sincopados balidos de oveja que a ningún canto de ave.

Es posible que alguien se pregunte por qué yo he sido tan exacto con mi frase de “a punto de abrirse la puertecita” y creo que, a ese tal, le debo una explicación sucinta de mi conocimiento. Y es que, desde que el reloj vino a ser parte de mi patrimonio y ajuar casero, detecté aquel “crick” repetitivo, parecido a una brevísima carraca, en no menos de cinco veces y que surgía del artefacto color castaño y esfera dorada justo antes de abrirse la portezuela, habríamos de decir la doble portezuela, que así era, dividida en dos mitades y cada una volteando hacia el lado contrario. Luego aparecía el simulacro de cuculos canorus, que ese es el nombre de la familia en “latinajo” de la mencionada ave, enganchado a un resorte en mecánica de tijera que lo impulsaba y lo recogía dentro de la oscuridad de la caseta del reloj.

Al principio, en casa, nos resultó cómico y atractivo. Luego empezó a hacerse pesado con sus gritos extravagantes cada hora, incluida la noche, hasta que descubrimos el mecanismo que lo silenciaba a horas intempestivas. Y al final, todos terminamos por acostumbrarnos y pasó a formar parte del conjunto de ruidos cotidianos que aderezaba la casa, una amalgama de sonidos compuesta por el ruido del tráfico, sonidos procedentes del portal y la escalera, ronroneos de lavadoras y lavavajillas de la vecindad incluidas las nuestras, aparatos de radio difusores de copla andaluza, telediarios rutinarios, arrastre de muebles, portazos de la vecindad, zumbido y relé del ascensor y camión de la basura por la noche, allá a las dos o tres de la madrugada, etc., etc., etc.

A menudo he pensado en lo adaptable del cerebro humano asumiendo las molestias habituales en una especie de ruido blanco que se comporta como un telón grisáceo que se sabe que está ahí, pero del cual se prescinde como de algo inútil, como la visión perimetral de los ojos, que el cerebro asimila sin que seamos conscientes de ello y le hagamos caso, excepto cuando es absolutamente necesario.

Pero no deseo apartarme del hilo de mi pequeño relato y eso que todos estamos aquí, hablando y riendo, desatendiendo la circunstancia de la desaparición del motivo que nos había reunido en mi sala de estar, que no era otro sino la llegada del Año Nuevo. Y las palabras se mezclaban con los argumentos de anécdotas y experiencias que, de cada uno, se volvían inagotables, como si la memoria de cada cual fuese un auténtico pozo sin fondo. Así las risas y los silencios como héroes de batallas verbales, los taponazos de las botellas espumosas, los brindis, los choques de vidrio, las idas y venidas a la cocina, abrir y cerrar de armarios y alacenas para sacar más viandas, dulces, frutos secos y partir el turrón de Alicante y de Jijona, las avellanas y nueces contra la tabla de la mesa o cortar el pan de higo, se perpetuaban sin final aparente, sin consciencia de nadie de que aquello se redundaba, triplicaba y multiplicaba sine die, diría algún leguleyo bien estudiado, sin que no se pensase en el final ni en que estaba todo dispuesto para comerse las uvas, a tal efecto bien dispuestas en sus cucuruchitos adornados de papel de colorines y guirnaldas de flecos, cada uno con los doce elementos casi esféricos y color verde traslúcido de tradición en cada gajo bien lavado y secado.

El caso es que, extrañado, pude escuchar el ruido atronador del camión de la basura, las voces de los operarios y el golpeteo de los enormes contenedores cuando eran depositados sobre el suelo. Y algo más tarde, una tonalidad ambarina se fue apoderando del marco de la cristalera del balcón y, sin que nadie protestase ni se asombrase del incidente, la claridad del día fue llenando la oscuridad de los cristales hasta que el recién llegado ocupó el exterior y las luces de la araña y las lámparas decorativas de los ángulos parecieron haber perdido fuerza, tal que si el agotamiento de tantas horas de servicio les hubiera ido absorbiendo los lúmenes.

Y todos seguimos allí, incomprensiblemente, yo más atento que los demás a la vidriera del balcón, estudiando con sorpresa la vida ciudadana que se esparcía por las aceras y las calzadas, como si fuese una diáspora impulsada por el giro del planeta que no había cesado en sus rotaciones dejando fuera de visual a la Luna y trayéndonos a su consorte el Sol.

También pude ser testigo del cierre de la pastelería de la acera de enfrente, casi única tienda abierta en un pretendido día de Año Nuevo ausente. Y más tarde, el vaciado de las plazas de aparcamiento en las lindes de las aceras, hasta quedar todas libres, un deseo imposible de obtener por cualquier conductor en otra hora y día de la semana.

Algunos pestañeos más tarde, sin que el bullicio de mi sala de estar hubiese disminuido, ni tampoco la despensa ni la bodega de mi domicilio, me llamó la atención el automóvil negro que aparcó al pie de mi casa. Algo alarmado observé cómo sacaban un barnizado féretro y desaparecían dentro del portal fuera de mi vista.

Pero me olvidé de ello cuando las aceras se volvieron a llenar de autos aparcados y gentes saliendo de ellos que se repartieron por la barriada.

Casi de anochecida, reapareció el ataúd, está vez sujeto por cuatro personas demostrando que el peso había aumentado. Aunque me llamó la atención que uno de los portadores llevase una gran flor fucsia prendida en su pechera azul celeste, ¡igual que la de Fernando!, me reí pensando que no era el único pintoresco y chalado de la ciudad.

El auto arrancó y desapareció seguido de otros muchos coches que trataron de no perder su hálito.

— ¿Habéis visto? — pregunté en alta voz a los invitados que se encontraban a mi espalda, esta vez extrañamente callados —. Ha debido morir alguien entre los vecinos… — puntualicé volviéndome hacia el vacío de mi sala de estar, ahora llena de matasuegras abandonadas, trompetas de colorido papel, globos, cenefas y todo tipo de adornos navideños tirados por el suelo, en las sillas, en el sofá y encima de la mesa, con descuido imperdonable sobre copas de bebida, platos de dulces y demás comestibles navideños.

Al fondo la tele iniciaba el telediario de la noche del día uno de enero mientras Fernando me miraba de forma extraña, con aquel rictus a medias entre la risa y la tragedia.

En la pared el cuculos canorus apareció repentino causándome un sobresalto con su crickeo y el cántico absurdo de su deber.

—o—

Del libro de relatos de Manolo Madrid “Auspicios y vaticinios”

Publicado con el ISBN: 978-84-617-4333-9

D.Legal: AS-02728-2016

D.A.: 64-12

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s