narrativa

         Los Testigos by Paula Castillo Monreal

Los teníamos enfrente, ladraban sin parar dentro de las jaulas. Aún así continuábamos sentados en la terraza del bar. Tomábamos cervezas y charlábamos. Nuestras voces confundidas con el ladrido de los perros.

Esta mañana al atravesar la plaza me ha invadido el desasosiego, como si me hubiesen arrancado los intestinos, sentí su hueco. Las jaulas no estaban. En su lugar, la tierra revuelta y arañada llena de excrementos todavía tiernos. La ciudad desierta. Me asomé a la ladera por si los habían trasladado allí, pero ni rastro de los perros.

Las botas se me hunden en el barrizal que dejan las vacas después de las lluvias.

«¡Los han hecho desaparecer!», grito al entrar en casa. Le grito a él, artífice de mis nervios desquiciados, de mis noches en blanco. Vivo asustada. «Cierra la ventana, no soporto los ladridos». Y me levanto y la cierro.  Y le digo que si quiere que salgamos a dar una vuelta. «No soporto a la gente que grita más que ellos», me contesta. Y me dice también que abra la ventana, que se asfixia sin aire. Y otra vez el ladrido de los perros que hace que se me descuelgue la garganta. «Cierra la ventana, no puedo más con ese olor», como si el olor fuera el mío. Abro y cierro la ventana, cada noche, a sus órdenes, a su capricho. He aprendido a respirar corto para que no me duela el pecho. Y hoy, ¡han desaparecido!

Subo y se lo cuento a Estela que enloquece de alegría. Ahora podrá salir de casa. Nadie quiere pasar por delante de ellos. No quieren mirar a los ojos de los que fueron testigos, ni oler a su mierda que alfombra la plaza. A Estela le da igual mi preocupación. «¿No te das cuenta de que van a hacer esto con todas nosotras?»  Pero me mira con los ojos abiertos como si estuviese loca, y continúa saltando. Estela no nació bien.

De paso por la plaza silente vuelvo a mirar el trozo de tierra que ahora me parece insignificante. Se mordían entre ellos en medio de su aullido. Fue la condena a los únicos testigos. Los ladridos, cuando la violaron Tono y los otros, nos alertaron y salimos a la plaza. Unas encima de otras gritábamos por encima de los perros. Nos llevaron a casa. Solo los perros continuaron ladrando.

Los excrementos se empiezan a retorcer con el sol que ya está alto. Negros. ¿A dónde se los han llevado? Nadie sabe nada. Tampoco se extrañan de que haya desaparecido la loca, la violada. «¡Ojalá los ahorquen a todos y vuelva la paz a la ladera!», grita el hombre más viejo del pueblo que pasea con tufo a aguardiente.

Se han vuelto todos locos. Solo alguna cuando pasa vuelve la cabeza como si hubiera perdido algo. Otros, se tapan la nariz y se dan aire con la mano. Huele a mierda y a miedo. Tono dice que es mejor que en el pueblo no haya perros, y que todavía se les puede oír desde la laguna del monte. Que cualquier día irán a por ellos, para colgarlos en la plaza como ejemplo.

Hace días ya que, en lo alto de la ladera, bien entrada la noche, se distingue un círculo de lenguas de fuego que con su retumbe, velan a la loca, la violada.

Los hombres de Tono tienen miedo. Se sientan en círculo en la plaza. Llevan tatuado en medio de la frente, una lengua de perro. Cierro la ventana para no escuchar los gritos.

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