Uno de mis vecinos—le llamaremos «el gordo» para no exponerlo—saca a pasear a su perro comprado todos los días, en una mano lleva la correa y en la otra un recogedor para las gracias del perro. Pero mientras al perro no se le antoje adoptar la posición ancestral y dejar salir lo suyo, el gordo se ve sometido a las decisiones del perro durante el recorrido; se detiene, avanza, orina, se regresa, avanza, orina, se detiene, avanza. Hasta que al perro comprado se le ocurre, el gordo espera paciente a que termine y entonces recoge el premio con el recogedor y lo vacía en una bolsita que trae consigo para tal empresa. Una rutina de todos los días.
Bien ahora, imaginen que unos extraterrestres vienen de otra galaxia a estudiar nuestro planeta y nuestras costumbres y observan al gordo y a su perro comprado durante una semana, definitivamente pensarán que los amos en la tierra son los perros y nosotros los humanos, sus sirvientes.
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