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ALMAS GEMELAS by Rosa Marina González-Quevedo

Imagen tomada de Pinterest

(Estoy viva, tal vez más que nunca, así que no te alarmes cuando leas esta epístola: es solo literatura, Maritza. Va dedicada a nuestra larga amistad).

Querida amiga mía:

Espero que, como antes, continúes descubriendo el sol al anochecer sentada a la lumbre del tiempo. Sólo así podrás leer esta carta sin ponerla en duda.

Desde mi nueva morada, abro una puerta al mundo para asomarme al rincón de nuestra adolescencia —ahora tan lejana—, a fin de recapitular el día de escuela en el que nos conocimos. Corría el mes de septiembre de mil novecientos setenta y tres, ¿recuerdas?… En aquel entonces, éramos idealistas y vivíamos en un mundo que pensábamos conquistar con la falda del uniforme escolar, a ver quién la llevaba más corta: era ese uno de nuestros mayores retos. Sin embargo, el cordón rojo que une a las almas gemelas se estrechó de golpe al darnos las manos por primera vez: al instante, supimos que nuestra amistad sería indestructible y que sobreviviría a los embates de la vida. A partir de ese momento, llovieron a cántaros canciones y poesías, diabluras y sueños… y nuestros mundos se trenzaron en una especie de cadena molecular, pues hacíamos las mismas cosas, pensábamos las mismas cosas y —sobre todo— nos encontrábamos en el universo astral, a pesar de haber tanta tierra y mar de por medio. 

Perdóname si me fui sin despedirme, es que partí con muchísima prisa y no tuve tiempo de decir adiós. Los accidentes son así, instantáneos, hechos a la medida de un tiempo inconmensurable… Pero queda tranquila: te aseguro que todo lo que un día tuve no es comparable con lo que aquí he encontrado. No puedo anticiparte cosas que, por ahora, no comprenderás muy bien. No obstante te confieso que, en este universo, las estrellas bailan al compás de la música y nunca paran de bailar. Eso sí, no te apresures demasiado en venir, que hasta el tiempo inconmensurable tiene su propio tiempo que cumplir antes de vernos nacer en las estrellas. Mientras tanto, disfruta intensamente de los placeres y dolores que el camino te procura. En otras palabras: ¡vive, amiga mía, vive! Llora, ríe, grita, sueña, sufre, tómate diez cafés y veinte birras, ponte un vestido nuevo, arropa a tu nieto, juega con tu perro… Y sobre todo, ama. Porque si algo de ridículo tiene la muerte, es llamarnos sin saber cuánto amor perdemos de dar en la vida. 

Estoy contigo aunque no me veas. Te bastará con abrir la ventana del recuerdo y allí me encontrarás.

Un abrazo fuerte,

Sora.

BLOG: http://www.reginaenvenus.blogspot.com.es/

2 respuestas »

    • Gracias, Conchita. La amistad es algo difícil de definir, pero los buenos amigos se asoman y se asomarán siempre a esa ventana. Un saludo.

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