Se lo había advertido multitud de veces: no abráis ningún paquete que no vaya a vuestro nombre, porque os podría sorprender con objetos extraños y luego tendríais que entregar el paquete abierto, y seguramente muertos de vergüenza. Eso le ocurrió a una hermosa joven que, sin percatarse de que aquel paquete no era para ella, lo abrió. Y, ¡oh sorpresa! ¿Qué creéis que se encontró dentro? Os lo diré al final del relato.
La joven, azorada y sorprendida, se fijó en la dirección de dicho paquete, que estaba tres casas más abajo. Se dirigió nerviosa a la dirección, esperando poder dejar el paquete en la entrada. Cuando se agachó para depositar el paquete, él abrió la puerta y la miró extrañado. ¿Qué desea?
Ella, muerta de vergüenza, recogió el paquete y comenzó a decir: —Lo siento, no miré si iba dirigido a mí, discúlpame, refirió azorada sin levantar la cabeza.
El sorprendido echó un ojo al contenido del paquete y soltó una sonora carcajada. Era un Pro Extender. —Son bromas de mis amigos, dijo sonriendo. —Pero gracias por traerlo. ¿Quieres pasar? Se te ve muy acalorada; tengo cerveza fresca.
—Gracias y perdona de nuevo. La próxima vez me cercioraré de que el paquete es mío.
M. D. Álvarez
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