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A LA CLOACA – elogio- by José Luís Serrano

Ilustración Roberto Horas

Permite la Cloaca deshacerse de aquello que nos estorba. Será buen ejemplo el de aquella carísima cerveza de importación que nos sirvieron en un no menos carísimo bar y que una vez saboreada (y satisfechas nuestras papilas gustativas cosa que la materia gris celebró oportunamente a su modo) inició su viaje al estómago, los riñones…lugares que cumplieron eficazmente su cometido de digerir, extraer, filtrar…y ahora, la sabrosa cerveza  -el dionisíaco vino que trajo un ceremonioso somelier y concha de plata y añada y roble francés…-es una incómoda presión en la vejiga que urge aliviar.

Algunos, no exentos de cierta perversidad lúdica, aseguran que el retener la evacuación hasta un minuto antes del límite, proporciona un estado de felicidad tal qué. Pero al margen de rarezas está el hecho de que hemos eliminado lo que en ese  ahora, y sin reciclamiento posible a nuestro alcance, era un escollo. Hemos hecho uso de nuestra particular cloaca haciéndola continuar en otra algo mayor perteneciente al reducto higiénico que a su vez….Y qué calma. Y qué sosiego. Y qué luz en las pupilas.

Cabe decir lo mismo del excelso plato que seleccionamos de aquella gúlica carta y que habiendo sido  delicada crema de algo “aux fines herbes, sobre nido de hojaldre” ha mutado en masa intestinal que habrá que descargar en lugar oportuno convenientemente ventilado e insonorizado a ser posible, donde en sincopada sinfonía de suspiros y manifestaciones de esfuerzo acabemos liberados de tan ominosa presencia. Claro que aun puede ser peor: cuando sólo resta ese líquidillo pestilente que huye desordenadamente de nuestro acogedor interior.  Y qué calma. Y qué sosiego. Y qué luz en las pupilas.

Esto por solo aludir a formas de la sucesiva naturalidad en el proceso alimenticio, porque también acontece que por innumerables causas a cual más desgraciada, el apetecible alimento, la anhelada libación, afloren por donde entraron, dejando  en su estampida un regusto de ácidos y amargores que ¡uf! Pero si salieron por la entrada fue después de organizar un desastre visceral que nos trastocó todos los sentidos y una vez expulsado el contenido:  Qué calma. Qué sosiego. Y qué luz en las pupilas.

Civilizadamente bajamos cada día nuestra bolsa de desechos domésticos conteniendo los envoltorios de los alimentos, las peladuras de los mismos y los restos que quedaron en el plato y el perro… ¡que no!  Además de multitud de objetos que finalizaron su cometido, otros ya  no deseados… y cuando pasa el camión que se los lleva nos quejamos del ruido que hace. ¿No deberíamos salir a aplaudir en agradecimiento, en desagravio al profesional que nos libra de tan molestas pertenencias?  Ya sé que cobra por ello. Que su sueldo. Que su convenio y la jubilación. ¿Y?  ¿O no cobra la primadonna a la que tras sus gorgoritos en el escenario brindamos  larguísimas ovaciones?

Bien: Pues ya no hay cañerías, ni camión de la basura ni desagüe en el lavabo… así que ahora cogemos todas esas cosas y nos las resolvemos solitos. Ya sé que no pasa nada por una meadita en la calle. Pero ¿y una de cada  vecino del bloque, de la calle, del barrio, de la ciudad? … ¿sigo? … Y dos toneladas de basura en la escalera que nadie se lleva y ya rebasan el tercero. ¿Y qué es esa basura?  Frascos vacíos de perfume y su primoroso envoltorio de “felicidades querida” cajas de pizza y congelados y frascos con “etiqueta gourmet” y pañitos higiénicos que aliviaron femeninas desazones y  la caja donde vino la ilusión de los niños el último Reyes, los pañales usados del pequeño, la camisa de seda que te hacía más delgado, lo que queda de un ramo de flores del día de la madre y esa figura tan fea que te regaló la vecina de una prima de alguien a quien los hados confundan!

Por eso existen las cloacas y el camión de la basura. Para llevarse bien lejos las cosas que ya no sirven aunque un día las quisimos. Y nos duelen porque pagamos por ellas con esforzado dinero o con Estrellitas Doradas ahorradas desde la infancia. Porque nos brillaron los ojos cuando llegaron a casa y nos calentaron el Alma exiliando los inviernos…

Y por pura biología o estúpida dejadez el polvo de los días los ha convertido en presiones molestas, en revoltijos internos que confunden los sentidos y ese poema de ayer, tan rosa, hoy es una lágrima que no deja ver, que reza pañuelos que la sequen. Porque ya no solo  encima de los armarios, detrás de las puertas… en el  pasillo, en el perchero de la alcoba, en la bomba que te late entre los pulmones caricias frustradas, palabras no dichas, miradas hurtadas se arrugan, se retuercen, se descomponen, te atan las piernas, te sacan los ojos…

Y el pecho que ayer te invitaba a lúdicos retozos de la sangre hoy es una cima orgullosa de crecer hasta donde tus manos no alcanzan.

Y la boca cambió el beso por la dentellada feroz. Y absurda.  

Y tus manos envejecen lustros cada noche bajo las almohadas sin saber qué  divinidades exigen qué rezos…Y todo dentro de ti como un saldo de azufre que hierve, como lo que fue un exquisito manjar, ambrosía y néctar de los dioses y ahora te destruye porque no hay cloacas por donde ponerlo fuera…. Y enmohece, fermenta, se pudre… y  sabes que tu sangre acabara mezclada con el putrílago si una gloriosa explosión no llega a tiempo  y se lo lleva todo a donde acaso se pueda reciclar en abono para futuros jardines… pequeños huertos donde tú y tu pulso mañana, tal vez… la calma, el sosiego, la luz en las pupilas

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