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APUNTES DE DON NADIE by Rosa Marina González-Quevedo

Rosa Marina González-Quevedo

Habiendo apresurado mi vida hacia el borde de un precipicio, me encontraba con el hatillo al hombro, sin un pariente a quien acudir, sin legumbres en la olla, sin amor y sin ideales. Por todo ello, mi obra sería simple: echaría a andar por los trillos de Dios sin rumbo fijo. A fin de cuentas, había vivido ya lo suficiente como para ser polvo en la vereda o pájaro en el monte, daba igual.

¿Cuenta corriente? Nunca tuve ninguna por creer que —a pesar de aligerarme la vida— no podrían evitarme la muerte. Por otra parte, de mis deudas… ¿para qué hablar de ellas? Había gastado los pocos céntimos que conservaba saltando de bar en bar; a veces, solo; otras, con esos que decían ser amigos y que, cuando se enteraron de mi miserable estado, pusieron pies en polvorosa. ¿Qué decir, pues, de mi amor propio? Había convertido en cenizas todo lo que una vez construí, conservé y amé. Todo. Solo me quedaban los recuerdos, sí, ¡cuántos recuerdos!… Y claro, también, las piernas para caminar… Entonces, visto lo visto, cerré la puerta de aquella casa que no era mía, tiré la llave por la cloaca (cosa estúpida, pero divertida) y emprendí mi ruta, sin destino, a lo largo de la carretera. Anochecía cuando atravesé el puente romano que me conducía a las afueras de la ciudad. En el trayecto, tropecé con algún transeúnte y con un grupo de chicos en bici, pero ninguno de ellos se fijó en mí. Corría el mes de mayo. El olor a hierba humedecida me ayudaba a comprender que estaba vivo aún. No debía dejarme vencer ni por el hambre ni por el sueño, simplemente debía caminar hacia adelante y desgastar mi cuerpo para liberar el alma.

Así, pasaron las horas. No sabía si era el chirrido de las cigarras o —tal vez— el imaginario aullido de lobos la causa de mi superlativa sensación de soledad. Un nudo se estrechaba cada vez más y más en mi garganta. ¿Miedo? Sí, mucho. No obstante, continuaba mi camino hacia adelante. Me tendí sobre la hierba. Lloré. El nudo que me ahogaba se deshizo en un grito violento, a cielo abierto. 

No tenía dudas: estaba perdido.

Había, desde luego, encontrado el Norte.

Última novela de la autora

                                                                                        

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