Archipielago

Lunas de Lantano —01 by Félix Molina

 Félix Molina regresa a Masticadores como cada final del verano nos visita 47 semanas. Ya fue un éxito con Poe, no ha muerto, y luego Islas, un archipiélago de autores. Escritura culta, de ritmo como si el lector le acompañara, este año Félix salta desde Masticadoresarchipiélago a Masticadores.com cada martes. Esperemos contar con el apoyo de de los lectores y que las hadas de la inspiración alumbren ese camino tortuoso de las 47 semanas.

Félix explica aquí como ha surgido al respecto en su blog. Compartimos Link —J re crivello

1— Me gustas cuando callas porque estás como ausente

–¿Acabaste con los tuyos o acabaron ellos contigo?

–Uf. Parecía que no iba a terminar nunca la jornada. Qué trabajo dan los puñeteros.

Empezó por arrimarle el sobrante del café de la mañana. Les gustaba tomarlo justo allí, enfrente de la ventanita desde donde se veía todo el Cerro, como si fuera una televisión con esa única imagen. Con asco, pero también con una mínima satisfacción, miraban las siete otras ventanitas de enfrente, todas tachonando las paredes encaladas de los módulos que servían cada día, cada hora, los enteros doce meses que duraban las becas.

–Mira que es la que nos da menos lata, pero qué tirria le estoy cogiendo a Inés…

–A mí tampoco me gusta la menta.

El apellido de Inés, poeta nicaragüense, era Menta. Rieron con ganas los dos, cada cual con sus risas, masculina y femenina. Dejaron a un lado el café y se pusieron a servirse negronis. Uno echaba la ginebra, la otra añadía el campari y, para rematar, el primero vertía un chorro importante de vermú.

–De los otros no trago a Manchón. Tiene todo el apartamento lleno de las sobras que va rapiñando por ahí.

–Pues es el único que vive de lo suyo. De las novelas. Mira, me ha dejado esta.

Unas manos con las uñas medio pintadas de negro sacaron del bolsillo grande de la bata con el logotipo de la Fundación Lunas de lantano un libro de unas doscientas páginas.

–Malvive. Y la novela te la ha dado para dejar hueco a un sándwich de otro o a un trozo de tortilla.

Volvieron a reírse, esta vez sin destemplanza alguna. Ella echó otro tanto de ginebra, más largo. Y él de vermú. Prescindieron del campari. Ella prendió su cigarrito electrónico para retomar la conversación.

–Como la Menta no quiere que le arreglemos el módulo, me he entretenido un poco con el de Asdrúbal. Valiente guarra. Y con lo preocupada y lo comprometida que está con todo.

–Yo la prefiero cien veces al italiano. Qué quebradero de cabeza con la cantidad de tarjetitas de memoria y de móviles rotos que tiene por ahí extraviados. ¡Cualquiera lo deja todo en el mismo desorden cuando limpia!  

–Una buena pieza está hecho el cameraman. Pues el franchute no te lo pierdas, da hasta propinas. La otra tarde me acerco para despejarle los papeles del despachito y cuando me palpo el bolsillo de la bata me encuentro un billete de diez euros.

Él iba a comentar, sarcástico, Ese quiere algo contigo, pero en su lugar empinó el vasito con negroni sin campari y dijo:

–Qué tendrá ese bolsillo que todos te dejan algo…

Ella sonrió, con levedad esta vez, mientras miraba hacia otro lado apurando su calada electrónica.

–Creí que tenías celos del mexicano.

Se sirvieron otro trago, aminorando con descaro el vermú y dilatando el pulso de ginebra. Miraban al frente y, tras la ventana, como si fuera el efecto mismo de una nube de lantano, empezaban a duplicarse las luces de las otras ventanas, todavía encendidas pese a la hora. Entraban en esa fase en la que tenían que forzar la vista. Como para fijarse en lo que contenía cada cuadrícula titilante. Pequeñas semillitas luminosas, silenciosas, donde se agitaba dentro, como otra semilla más oscura, un brazo, o una cabeza, o el tronco entero asomado a la atmósfera tibia del Cerro.

–¿Quieres que te traiga los prismáticos? Te veo muy interesado.

–Bah. Simple curiosidad con la Menta. ¿A ti no te atrae?

–Demasiado misterio. De qué se guardará esa.

–¿Y la argentina? Para rara la argentina. Parece que se tomara a cada hora unos cuantos de estos la tía. Siempre está en babia.

Como si la hubieran invocado, desde el módulo más apartado, donde el montículo hacía un escorzo al paisaje ofreciendo como con una mano la casa encalada con su luciérnaga en forma de ventana, emergió una figurilla, y sus pasos lentos, rítmicos.

–Ahí la tienes. Esa viene a la despensa, es lo único que la hace persona.

Dio otra calada al cigarrillo sin lumbre, con una cara de desprecio en medio de la borrachera, mientras el otro servía para ambos directamente la ginebra, con los dos trozos de limón colgando marchitos de los dos vasos, testigos de lo que fue un cóctel. De improviso, como unidos por hilos de un deber recóndito, extraño a su pereza, se levantaron, entretenidos en quehaceres ficticios, parecería que recién descubiertos por su necesidad de simular algunas tareas, pero que eran solo el esbozo de operaciones como limpiar el polvo, ordenar algún objeto, acarrear algo de peso…  En esas estaban cuando no se dieron cuenta de la cercanía, como la de dos animales con vida propia, de los impresionantes ojos de Rosa Menuda contra la ventana, curiosa mariposa de sueño envuelta en un silencio de estrella que hacía de sus miradas, unánimes en la ginebra, falsamente atareadas, la parodia de dos pares de receptáculos del mirar.

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