Archipielago

Una gran adicción. 03 By Paula Castillo Monreal

—¿Nombre?

—Marga.

—Marga… —repitió desde el otro lado de la mesa sin mirarme.

—Como me pidió solo nombre —le dije.  Si quiere los apellidos son Cordero Cabezudo.

—¿Cordero Cabezudo? —volvió a repetir, evitando la sonrisa.

Y por eso me enamoré de él; por como levantó la cabeza del libro en el que iba rellenando mis datos, y por el hoyito de la barbilla. Los ojos no se los vi, unas gafas con cristales negros le abarcaban la cara.

            El viaje de vuelta a casa y el silencio de Manuel, me dieron la oportunidad de buscar en Google lo que significa nacer con un hoyuelo en el mentón –así lo enunciaba–, y después de pasar rápidamente varias imágenes, allí estaba él, con su hoyuelo en el mentón y las gafas de sol. Di un respingo. Manuel, que deshizo su silencio, me preguntó si estaba bien. «Es un mensaje de la funeraria. Tengo que pasarme por allí», le mentí. También le dije que me dejase en casa porque tenía que asearme y cambiarme de ropa. Necesitaba estar sola y comprobar que la fotografía de Google era la del joven de seguridad que no dejó de coquetear conmigo. Reproduje los pasos, y a pesar de que me costó bastante tiempo encontrarlo, ahí estaba él: con su pelo negro y abundante –hace tiempo que no se ven hombres con tanto pelo, ¿no es verdad? –, sus gafas, un polo negro y la cazadora de cuero marrón. En la fotografía sonreía y el hoyuelo se le estiraba un poco, pero sin duda era él, con la mandíbula sin cerrar del todo –así lo explicaba Google–, como si no le hubiera dado tiempo a cerrarse. Y es que hay gente que tarda más en hacerse.

            Esa noche, en la cama, miraba de reojo a Manuel mientras leía; había engordado y la papada, herencia de su padre, comenzaba a descolgársele.  No tenía apenas barba y en la cabeza no le quedaba ni rastro de su pelo rubio dorado. La piel, tirante, le brillaba con la luz de la mesilla reclamando una atención desmesurada. Hace algún tiempo, y siempre que estaba de buen humor, no resistía la tentación de pasarle la mano por su calavera perfecta. Hasta que un día dejé de sentir incluso la pelusa que me lo devolvía vivo. Fue tal el repelús, que dejé de hacerlo. Siempre tan limpio, con olor a jabón Magno, daba igual la hora del día, parecía recién salido de la ducha.  Algunos días se duchaba cuatro veces: antes del desayuno, cuando volvía de visitar las obras, después de la siesta, y antes de meterse en la cama por la noche. Yo siempre le advertí, cuando comenzó a caérsele el pelo, que la culpa la tenían las duchas y el Magno. Me ignoró, y ahora, mírale, apenas le han quedado las cejas. Pero ese hombre de barbilla partida, con barba cerrada, ropa oscura y ese olor a sótano en quien no podía dejar de pensar, me había partido en dos. Nada me importaba menos que la calva de Manuel. Tendría que volver a verlo, pensé convencida de que a la mañana siguiente volvería al centro comercial. Y me dormí.

Aquella mañana pasé por el tanatorio antes de comenzar con mi labor de espionaje, una anciana velaba a su hijo, muerto en accidente de tráfico. Habían vivido toda la vida juntos, el padre del hijo muerto la abandonó en cuanto se enteró de su embarazo. Para el hijo, la madre había sido su heroína, su guía y en quien volcaba su amor, y ahora, cuando ella más lo necesitaba, se había ido. Pasé un buen rato llorando con Emelina, así se llamaba la anciana de casi noventa años. Y es que el dolor de los vivos en esos momentos, nada tiene que ver con el de los muertos.

Cuando pude recomponerme, conduje hasta el centro comercial.  Al entrar, solo tuve que seguir el rastro del olor a cieno que me llevó directa a la planta de ropa interior. Allí estaba él, lo reconocí de lejos, detrás de un mostrador y oculto tras un maniquí desvencijado. Observaba a una joven que rebuscaba en las ofertas de Calvin Klein, las más tentadoras, por cierto. Pero mis ojos y mi cuerpo a punto de desbocarse estaban solo para él; clavados en su nuca ladeada, en su pelo negro tupido como terciopelo, y sí, también en su mentón que se acariciaba de vez en cuando con la mano derecha. No era demasiado alto, pero tenía la estatura y complexión perfecta. Una orquesta de arpas ascendentes hizo que me escondiese detrás del panel de información, era una llamada de Manuel que por supuesto no contesté.

Con la mano en el pecho mientras bajaba las escaleras mecánicas comprendí que había cambiado de adicción.

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