Archipielago

campo de Girasoles —02 by Fer Alvarado

Introducción:

Hace unos días compartí la conclusión de esta historia. Como siempre, escribí una introducción en la que relataba mis miedos, mis inseguridades y lo que me inspiró a crear el relato. No quedé contento con dicha introducción. Pienso que el mostrar el proceso creativo es algo muy importante y, por varios detalles, no conseguí realizar una introducción como esta historia, creo, merece. En mi defensa, diré que estaba atiborrado de analgésicos por unos dolores que, aunque van remitiendo poco a poco, no terminan de abandonarme. Por ello, voy a escribir una introducción:

Este relato surgió de un micro. Tras las fiestas de mi pueblo (vivo en una pequeña localidad granadina), improvisé varios relatos que compartí en mis redes sociales. No soy muy amigo de las fiestas. Hace años las disfrutaba, pero supongo que mientras me hago mayor me cuesta más acudir a ciertos eventos. De lo que sí soy amigo, es de la idea de fiesta en sí: conversaciones hasta la madrugada, bailes que nunca ceden al agotamiento, miradas que muchas veces se han cruzado pero que, hasta un día concreto, no se atreven a acercarse… De esa idealización de celebración surgió el micro y, tras él, este relato. —Fer Alvarado

Campo de girasoles —02

El horno avisó de que estaba listo para su jornada laboral. Lucía, ataviada con un vestido tan florido que parecía un jardín andante, se dirigió a la cocina, apagó la alarma e introdujo dos empanadas de girasol con sabor a algodón de azúcar. Eran de las favoritas de Esteban y, junto al termo de chocolate, el fin de fiesta perfecto para la ocasión. Cerró la puerta de vidrio, colocó el temporizador y miró el reloj de su muñeca. Iba bien de tiempo. Aquel año, por primera vez, parecía tenerlo todo controlado, así que decidió darse un respiro y deleitarse con el silencio.

Volcó los restos de chocolate en una taza en la que Esteban había pintado con torpeza el rostro de Viento. Aunque, más que un perro, parecía  un  dibujo de un perezoso con más sueño de lo normal. Ahogó una carcajada, se pegó el chocolate humeante al cuerpo y salió al balcón. La brisa del amanecer ondulaba su cabello y, sobre las montañas, una línea de claridad anunciaba que la noche estaba cerca de llegar a su fin. Humedeció sus labios con el cacao mientras pensaba que, con lo friolera que era, debería ponerse una rebeca antes de salir. En el ambiente la música danzaba, pero a ella no llegaba a molestarle. Estaba lejos. A varios años de distancia de aquel lugar. Observó las nubes que, con un baile lento, parecían haberse unido a la fiesta y tomó un trago de chocolate para calentarse. En ese instante, todo se detuvo: las nubes, las melodías y hasta la fina línea del horizonte. Estaba sonando la canción. Su canción. Comprobó la hora por si una falta de batería le hubiera jugado una mala pasada. Todo iba bien. Era el amanecer el que se había adelantado. Soltó la taza con prisa y el dibujo de Viento tiritó como si corriera con ella. Bajó las escaleras, por suerte, las empanadas estaban en su punto exacto. Las sacó intentando no quemarse las yemas de los dedos y, tras envolverlas con cuidado, las introdujo en un bolso que estaba a punto de alcanzar el máximo de su capacidad. Fue hasta el pasillo. La puerta de la calle seguía abierta y tenía todo preparado  para salir. Se colgó el bolso y corrió en dirección a la música. Iba descalza. Quería sentir la tierra. Quería sentir los campos de girasoles bajo sus pies.

A varias calles, un parque, dos rotondas y una tienda de golosinas de distancia, Esteban intentaba disfrutar del tour que, en contra de su voluntad,  Traje le ofrecía por el pabellón. Hacía varios minutos que ya no corría, sino que paseaba entre la multitud. Apartaba a la gente con ligeros empujones y algún codazo ocasional mientras, el chico, dedicaba una colección de “lo siento” en todos los tonos posibles. La mayoría no le prestaba demasiada atención. Estaban absortos en sus saltos, cánticos y bailes desenfrenados. Pero un señor vestido de lechuga, estuvo a punto de provocar un conflicto vegetal al chocar contra él, hombro con hombro. Al final se quedó en un amago y Esteban continuó atravesando el pabellón a toda prisa.

Llegó a un claro en el que apenas había gente y Traje se detuvo. Unos ventanales mostraban que la claridad iba ganando su partida diaria y, los asistentes comenzaron a abandonar el recinto en dirección a los campos. Aliviado, vio que podía volver a hacer uso de sus extremidades e intentó tomar el mismo camino hasta que Viento, que llevaba buscándolo desde que entraron al pabellón, se lanzó hacia su dueño con tanta alegría, que el suelo midió el metro noventa de Esteban a lo largo.

No le dolió el golpe. Su falta de agilidad provocaba que estuviera cayéndose constantemente. Cualquier superficie se convertía en una pista de patinaje y todos los bordes que sobresalían de los muebles, eran un permanente peligro de corte. Lo que sí llegó a importunarle, fue la decisión de Viento de aprovechar que su amigo estaba en el suelo para subirse sobre su pecho, sentarse a la altura del estómago, y lamerle la cara como si se hubiera convertido en un helado de melocotón.

—¿Necesitas ayuda para apartar a esta fiera devoradora de hombres? —escuchó Esteban. No le sonaba aquella voz. Además, por mucho que quisiera saber quién le hablaba, en ese momento, solo veía perro.

—Sería más bien “lamedora de hombres” —contestó mientras esquivaba lametazos lo mejor que podía —. Pero no te preocupes, que no va a comerme. Con suerte, me curará el acné a base de lametones.

La omnipresente lengua de su amigo se apartó de su rostro. Se secó lo mejor que pudo las babas de la cara con el antebrazo, y para asegurarse de que no se le introdujera nada en los ojos, los abrió con lentitud.  Las luces del techo regalaban sombras a los que estaban bajo su protección, por lo que, Esteban, solo distinguió ante él una figura borrosa. Una mano se acercó para ayudarle a incorporarse. La tomó, e intentando ocultar su legendaria agilidad, dio un salto, se trastabilló al tropezar con Viento, y consiguió, con los cordones desatados y los calcetines devorados por los zapatos, ponerse de pie con la menor elegancia posible.

—No sé si preguntarte cómo estás, o puntuarte por la acrobacia que acabas de hacer —oyó decir en tono jocoso.

El chico sonrió por el mero hecho de que  se refiriera a sus movimientos como acrobacias. Se frotó los ojos con tal fuerza, que varias pestañas se marcharon del recinto antes que él, y cuando por fin los abrió, vio a la dueña de aquella voz.

—Mi nombre es Julia —dijo la chica que tenía en frente —. Soy turista oficial de girasoles y demás plantas peculiares.

—Esteban… Viento… —Acertó a decir, señalándose tanto a sí mismo como a su amigo. Sus manos comenzaron a sudar, y el corazón le latió tan rápido que ni el mejor bailarín podría seguirle el ritmo. Más allá del instituto, nunca había hablado con una chica. No estaba seguro de si quería que aquella fuera la primera vez.

Ambos se quedaron callados y él aprovechó para observarla. Acababa de sujetar a Viento, pegándolo a su cadera. Este, por primera vez desde que lo encontraron, había guardado su lengua y respiraba con tranquilidad. Vio algo brillar en su cabello y posó sus ojos en él. Eran las horquillas, llevaba el pelo recogido y, sobre ellas, había pegado alas a ambos lados. Los ojos, de color marrón, parecían estar en el mismo proceso de observación que Esteban. En sus mejillas  había dibujado trueno de color morado en una, y un diminuto pájaro alzando el vuelo, en la otra. Pero, lo que más le llamó la atención, fue su vestido. Las mangas, de ondulados volantes, le llegaban hasta dos palmos por debajo de los hombros y el largo de la falda, le cubría las rodillas. Lo miró una vez y le pareció que era verde. Parpadeó y el vestido entero se llenó de rojo.

—¿De qué color lo has visto? —preguntó ella, al ver que el chico no paraba de pestañear.

—¿El qué?

—El qué va a ser —hizo una pausa y, con un movimiento de muñeca, señaló hacia abajo—. Pues mi vestido. Según lo que sientas en cada momento, lo verás de uno u otro color. Mi primo «el gótico», siempre lo ve negro, pero mi padre ve la falda verde, la parte de arriba rosa, cada manga de un color… No sé si tiene un mundo interior muy rico o un trastorno de la personalidad —se giró hacia él, clavó los ojos en los suyos y siguió hablando —. Así que, ¿cómo lo has visto tú?

Verdojo —acertó a balbucear—. Es decir, verde por un momento y, un segundo después, rojo.

—Me parece muy interesante tu reacción. —Soltó a Viento en el suelo, se echó un dedo a la barbilla y siguió hablando—. Aprecias un cambio de color intermitente. Eres el primer caso que conozco. ¿Estás nervioso? ¿Sudas en exceso? ¿Qué sientes con estos colores? Y la pregunta más importante de todas: ¿con qué mano coges el tenedor para comer?

Esteban no supo contestar a tres de las preguntas, mientras que, con la tercera, se imaginó un plato de pasta, otro de ensalada y un último de pescado.

—Depende del hambre que tenga. Si estoy famélico, uso la derecha; sin embargo, cuando quiero disfrutar de la comida, uso la izquierda.

A través de los ventanales, un haz de luz avisó que la segunda parte de la “Bienvenida” estaba comenzando. Viento fue el primero en darse cuenta. Rodeó a Julia y Esteban, intercalando veloces carreras con potentes saltos. Al ver que ninguno se percataba de sus peripecias, pasó al segundo nivel de aviso. Se detuvo e intentó morder el pantalón de su amigo, pero Traje esquivaba sus acometidas. En el instante exacto que el hocico se acercaba a la tela, se contraía o, en su defecto, provocaba oleajes entre sus arrugas, consiguiendo evitar las mordidas. Cansado de jugar al gato y al ratón cuando, en realidad no le caía bien ninguna de esas dos especies, recordó que también sabía ladrar y comenzó a hacerlo con energía. El chico, por fin, se percató de su amigo, se agachó y le dio una palmada en el lomo.

—Ya está bien, reloj despertador con patas. Me he dado cuenta de que amanece, así que pongámonos en marcha.

No quedaba nadie en el pabellón. Los focos habían remitido su intensidad, mientras que los vasos y platos de cartón reciclable esperaban al final de las mesas, deseosos de volver a cumplir su cometido. Como el líder que pensaba que era, Viento se adelantó y se encaminó hacia la salida. Los dos chicos sonrieron con el bamboleante andar del can y, uno al lado del otro, lo siguieron.  A través de la puerta, el perfil de las montañas se elevaba y descendía como si fueran los latidos de un corazón sano. A su vez, varias nubes se acercaron al horizonte tornándose púrpuras y rosadas, mientras que, en el resto del cielo, las estrellas se amontonaban unas sobres otras, y en un rincón, una creciente Luna trasnochaba para no perderse el espectáculo.

El chico observó aquel firmamento en el que la noche y el día cohabitaban en paz. Se detuvo, respiró hondo llenando sus pulmones de la brisa de la mañana, miró a Julia y preguntó:

—¿A qué te referías con turista de plantas peculiares?

Ella se mantuvo en silencio. El viento se levantó, las ramas de los árboles le siguieron el ritmo y, como si esperaran a que todo el mundo estuviera en el exterior, los altavoces comenzaron a emitir una melodía de violines. Esteban conocía aquella música a la perfección.

—Ni yo misma lo sé con seguridad, pero puede que lo sepamos pronto. Ahora, es mejor callarse. Está sonando la canción de los girasoles, y esa pieza, siempre hay que disfrutarla —contestó, mientras reanudaban la marcha hacia los campos.

5

 A Viento le encantaba el sabor de los girasoles. En concreto, y para ser más preciso, disfrutaba con todas sus variantes sin excepción. El pienso y la comida de humanos no le entusiasmaba, pero si le añadían algún tipo de pipas, las devoraba con avidez. Eran su aliño favorito para cualquier plato: salmón con pipas de melocotón, arroz con pipas de sandía, pipas sin más ingredientes que pipas… Le venía bien cualquiera de esas opciones, y si iban todas juntas, en un cuenco que fuese más ancho que su cabeza, el almuerzo se convertía en un bocado celestial. Así que, en su entendimiento perruno, el cual estaba dividido en «tengo hambre», «sigo teniendo hambre» y «vas a lamer ese tobillo o… ¿lo puedo hacer yo?», no había demasiada lógica en toda aquella algarabía. Él solo quería proteger a Esteban y comer, aunque no siempre en ese orden.

La noche se marchitaba estrella a estrella, y un olor a girasol recién horneado invadió el olfato del perro. Este aceleró su carrera, dejó atrás a sus amigos y se adentró en la cosecha. Los tallos de las flores se erguían sobre sí mismos y Viento, mientras saltaba entre ellos, los escuchaba crujir al levantarse hacia el Sol. Introdujo la pata en un agujero, trastabilló y rodó sobre sí mismo. Al incorporarse, meneó la cabeza para quitarse la tierra, tanto del hocico como de la pajarita, y miró hacia abajo. Estaba de pie sobre una huella humana. Se puso a olisquearla y un aroma familiar le asaltó. Delante de él, un camino de pisadas le marcaba hacia donde ir y, sin dudarlo, se puso patitas a la obra y comenzó a andar en esa dirección. Detrás de él, un coro de vítores y aplausos anunciaron que el día estaba llegando. La luz fue cubriendo la cosecha  y un silbido de hojas mecidas por el viento, cruzó los campos. Algunos girasoles se desperezaron y,  tras un leve crujido, sus pétalos se separaron uno a uno, se estiraron y apuntaron hacia el cielo. Las pipas con sabor a maíz empezaron a burbujear, envolviendo a Viento en una lluvia de palomitas. Otros, los que tenían aroma de chocolate, se derritieron cubriendo las huellas con una capa de cacao. El perro, incapaz de seguir el rastro, se detuvo. La avalancha de olores también había colapsado su olfato. Alzó la cabeza y una palomita aterrizó encima de su nariz. De un veloz lengüetazo se la comió, y a la vez, se limpió parte del hocico. En frente de él,  pudo distinguir, en un claro a alguien descalzo, de rodillas, que miraba a un girasol azulado.

—Esta era nuestra canción, ¿lo sabías, Viento? —La voz de Lucía se alzó por encima de los cánticos y las voces —. Aunque no sonara en la radio, siempre la bailábamos. Él la tarareaba, y me ofrecía su mano. Daba igual que lloviera, nevara o que el día se tiñera de gris. Solo estábamos él, la música y yo.

El perro se acercó con sigilo y lamió los pies llenos de tierra de Lucía. Ella le pasó la mano con suavidad por la cabeza, le desató el termo y se incorporó. Había olvidado llevar la chaqueta y sus hombros desnudos tiritaban de frío.

—¿Dónde has dejado a Esteban? Seguro que estará contando nubes o viendo si cada girasol tiene el mismo número  de pétalos.

Como si la hubiera entendido, contestó con dos ladridos, se dio la vuelta y apuntó en dirección al pabellón. Ella volvió a agacharse, sacó las empanadas del bolso, buscó un par de vasos de cartón y, con el termo en una mano y la comida en la otra, alzó ambos brazos para indicar el lugar en el que se encontraba.

El chico no tardó en aparecer. Saltó al claro, con el traje ceñido por la cintura y el rostro iluminado. A ella le pareció que era más alto. A él, que su madre era más pequeña.

—Te estábamos esperando para bailar, mamá—dijo mientras no paraba de sonreír—. Por cierto, ¿no habrás traído otro vaso?

Detrás de su hijo apareció una muchacha repleta de horquillas con alas y un vestido que, ella, creyó ver de color morado. La miró con un par de empanadas en la mano y varias preguntas en la cabeza. No formuló ninguna. En su lugar, le dio un vaso a cada uno, puso el tapón del termo en el suelo para Viento, y los llenó hasta la mitad.

—Ponte esto. Debes estar helada —dijo Esteban quitándose la chaqueta y ofreciéndosela a su madre. Ella alargó el brazo, la cogió y se la echó por encima de los hombros. En cuanto se la puso, notó como Traje la abrazaba pegándose a su piel.

—¿Eres tú? Dime que eres tú —murmuró acariciando la tela de arriba a abajo.  La chaqueta  se apretó aún más y todo a su alrededor desapareció. Todo, excepto la música. Todo, excepto una canción que, alla donde estuviera, siempre bailaba con Jaime. En su casa, en la calle o, en una ocasión, en un campo de girasoles. Aquel día, fue uno de esos momentos en los que la noche y el día coexistieron. Ella vestía con sus mejores galas, y él no podía estar más elegante. Llevaba, por si la mañana les sorprendía, un termo de chocolate y un traje de dos piezas que provocaba que Lucía pestañeara cada vez que lo miraba. Se dieron un beso; su primer beso, y él dijo que aquel, siempre sería su traje de la suerte. Un traje que, en un posible futuro, heredarían sus hijos. El Sol los sorprendió con las manos y las miradas compartidas. La tierra se movió, escucharon un silbido y algo surgió entre los dos: era un girasol, pero no uno cualquiera, sino uno como nunca habían visto otro igual: un girasol azulado.

Traje dejó de abrazarla y empezó a tirar de ella hacia un lado. Se giró y vio como Esteban y Julia, iluminados por la luz incipiente, bailaban uno junto al otro. El suelo tembló y entre ellos brotó una planta como nunca habían visto otra igual. La poblaban tantos colores que el campo, en comparación, parecía verse en blanco y negro. Las  hojas surgieron por el tallo entrelazándose unas con otras. Formaron triángulos, cuadrados, y en su parte inferior,  recreaban las alas de un pájaro saludando.

—Es una planta peculiar —Esteban miró a su madre, a Viento, y se detuvo en el rostro de Julia. Ambos se miraron y estallaron en cómplices carcajadas.

Lucía, que en parte se sentía como una turista en un lugar que siempre había conocido, también rió, y al hacerlo, le pareció ver que el traje de Julia era tan azul como el más azul de los girasoles.

FIN

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