Archipielago

Lluvia de estrellas by Javier Salazar Calle

Presentamos de Javier Salazar Calle este relato finalista del II Concurso de Relato Breve de Hortaleza “Cruzar la Antártida”

Lluvia de estrellas

Por las noches, a Álex le encantaba tumbarse en la terraza con su hermano Álvaro y mirar el cielo. Cuando tenían suerte y alguno conseguía ver una estrella fugaz, los dos consensuaban el deseo que querían pedir. A veces discutían un largo rato hasta ponerse de acuerdo, pero lo normal es que no tardasen mucho. Siempre pedían que sus papás estuviesen bien, poder jugar más con los primos y los amigos, hacer muchas fiestas con los abuelos y los tíos o que les regalasen un juguete que habían visto en la tele.

Una noche que vieron tres estrellas fugaces, se preguntaron varias cosas importantes: por qué se caían las estrellas del cielo, dónde caían y por qué no se acababan. Como siempre que tenían preguntas trascendentes, fueron corriendo a hablar con sus padres. Ellos les explicaron que no eran estrellas, sino meteoritos. Grandes piedras que recorrían el espacio para siempre hasta que chocaban con la atmósfera de la Tierra. Ahí ardían y, alguna vez, un trozo no se deshacía del todo y acababa cayendo en algún lugar del planeta. Les prometieron llevarlos al museo de Historia Natural para ver alguno.

Lo de ir a verlos al museo les pareció una gran idea, pero lo de que no eran estrellas no les convenció mucho. ¿Por qué iba a estar el espacio lleno de piedras gigantes voladoras? ¿Quién las lanzaba allí? ¿De dónde salían las piedras? ¿Por qué no se caían cuando llevaban un rato en el aire? Preguntaron a sus amigos para que hablasen con sus padres y todos dijeron lo mismo. Estaba claro que alguien había engañado a todos los papás del mundo para que creyesen eso. Los papás siempre estaban muy ocupados con temas del trabajo, así que se creían cualquier cosa. Ellos no, eran más listos. Tenían que averiguar la verdad.

Su plan era sencillo: cuando papá y mamá pensasen que estaban dormidos, saldrían a la terraza a vigilar toda la noche. Seguro que así descubrían algo. Esa misma noche pusieron el plan en marcha. Para poder aguantar sin morir de hambre o de sed, llevaban dos batidos y unas cuantas galletas de la cocina. También cogieron la linterna súper potente de papá antes de ir andando de puntillas hasta la terraza. Una vez allí, se envolvieron con una manta, encendieron la linterna y se prepararon para estar muy atentos y que no se les escapase nada. Enseguida se quedaron dormidos.

Su plácido descanso fue interrumpido un par de horas después por un ruido. Abrieron asustados los ojos. Tenían delante de ellos a una niña de unos diez años, subida a una escalera muy alta, que los miraba con curiosidad. Su pelo era largo, de un precioso color plateado que brillaba en la oscuridad. Lo llevaba sujeto con una diadema hecha de pequeñas estrellas que parpadeaban como si estuviesen en una fiesta. Iba descalza y cubierta con un vestido totalmente blanco.

—¡No es una estrella! —dijo la niña sorprendida.

—¿El qué? —preguntó Álex.

—Esa luz —dijo señalando a la linterna, que se estaba quedando sin pilas.

—Ya ves que no lo es. ¿Por qué estás en nuestra terraza?

—Vi la luz que se iba apagando y pensé que era una estrella sucia.

—¿Una estrella sucia?

—Sí, yo soy quien se encarga de limpiarlas —dijo la niña orgullosa.

—¡Hala! ¿Y cómo lo haces? —exclamó Álvaro sorprendido.

—Con esto —levantó la mano derecha enseñando un atizador de los que se usan para limpiar alfombras—. Si miráis al cielo podéis ver que hay estrellas que brillan más que otras. Las que brillan poco es porque se les está acumulando el polvo. Yo las vigilo y, cuando pasa eso, subo con mi escalera hasta las nubes y les doy unos golpecitos. Así el polvo se cae y vuelven a brillar mucho. Mi trabajo es muy importante.

—Es verdad, lo es —afirmaron los dos hermanos a la vez.

—¿Y qué pasa con todo ese polvo de estrellas? —dijo Álex.

—Lo recojo en una bolsa y se lo doy luego a las hadas. Lo usan para hacer magia.

A Álvaro se le iluminó el rostro. Se le había ocurrido una gran idea.

—Oye, a nosotros nos encanta buscar por las noches estrellas fugaces, pero hay algo que no entendemos. ¿Tú sabes por qué las estrellas se caen del cielo?

—Bueno… —de repente, la niña se había puesto un poco triste—. Es culpa mía. A veces, cuando intento quitarles el polvo, golpeo demasiado fuerte y se caen.

—No te pongas triste. A mí también se me caen cosas de vez en cuando. Y si las estrellas van cayendo, ¿por qué no se acaban nunca? —dijo Álvaro preocupado.

—¡No se rompen! Cuando termino mi trabajo y empieza a salir el Sol, bajo al suelo y recojo todas las que puedo con mi cesta. A la noche siguiente, las vuelvo a colocar en su sitio y brillan de nuevo. De vez en cuando no encuentro alguna, ¡pero eso pasa muy poco!

—Si los mayores descubren alguna, la guardan en el museo —dijo Álex convencido—. Nuestros padres van a llevarnos un día a verlas.

—Por eso no las encuentro… ¡claro! Pensaba que buscaba fatal.

—Los pobres creen que son piedras voladoras.

La niña se rio tan fuerte que los hermanos pensaron que despertaría a sus papás.

—¡Piedras voladoras! Qué graciosos.

—No se enteran —dijo Álex moviendo la cabeza—. Siempre puedes ir al museo a recogerlas.

—No hace falta. Se pierden pocas y voy fabricando nuevas para sustituirlas.

—¿Sabes cómo hacer estrellas? —preguntó Álvaro.

—¡Claro! Las estrellas las hago con un material especial que me fabrican los elfos y la luz la añaden las hadas con un hechizo para el que usan el polvo de estrellas. Así sustituyo a las que se pierden.

—Yo de mayor quiero trabajar contigo —dijo Álvaro emocionado—. A mí me encanta hacer figuras con barro y pintarlas.

—Ya veremos, chiquitín —dijo la niña guiñándole un ojo—. Bueno, tengo que irme para terminar mi trabajo. Se está haciendo tarde.

—¡Espera! —gritó Álex—. Nosotros somos Álex y Álvaro. ¿Cómo te llamas tú?

—Yo soy Asteria, la diosa de las estrellas. ¡Me ha encantado hablar con vosotros! ¡Hasta siempre!

Y su escalera voló hacia el cielo dejando tras de sí un pequeño reguero de brillante polvo de estrellas. Cuando los padres de Álex y Álvaro les despertaron en la terraza por la mañana, ellos les contaron emocionados la aventura que habían vivido. Hablaban los dos a la vez, emocionados. No parecieron creérselo y se limitaron a sonreírles, darles un beso y mandarles a la cocina a desayunar. A ellos no les importó. A partir de ese día, cuando miran las estrellas por la noche y una brilla poco, saben que su amiga Asteria irá pronto a limpiarla y a dar el polvo de estrellas a las hadas para que hagan su magia.

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