miércoles, septiembre 2 2026

SEA MÁS COMO YO Y MENOS COMO USTED by Lucas Corso

Nueve de cada diez personas que usted admira son de derechas.

Sea de derechas, como Dios manda, y sea feliz.

Solos en la madrugada

En una entrevista reciente, Joaquín Sabina soltaba la bomba: “Ya no soy tan de izquierdas porque tengo ojos, oídos y cabeza para ver las cosas que están pasando”. Fin del mundo, señoras y señores. Más le hubiese valido haber dicho que comía niños cada martes y jueves para cenar, habría recibido la mitad de la mitad del odio que se ha acabado comiendo a pelo. Hoy, más que nunca, no ser de izquierdas no es que esté feo, es que es delito de odio. Luego están los que no nos decantamos ni para un lado ni para el otro, ni para el centro ni para adentro. Esos somos los peores, tengo entendido. Ya hablaremos de ello en otra ocasión, amigos.

Decía que no ser de izquierdas y decirlo pues como que no, pero haberlo sido y ya menos pues como que peor.

La izquierda actual es a lo que cualquier persona de bien debe aspirar, y por tanto no se entiende no abrazarla y amarla hasta los huesos. A Sabina, a quien antes se le llamaba rojo de salón, ahora se le ha dicho desde facha hasta viejo. Fíjense ustedes, facha por no ser tan de izquierdas. Y viejo además. Será que ser de izquierdas otorga la juventud eterna, y al no serlo la pierde uno de golpe. Juventud de espíritu, se entiende, porque circula cada uno que tela. La cosa es que hoy parece ser que no ser algo te convierte en lo contrario, tan ricamente.

Hoy nada admite debate ni crítica, es todo una hostia consagrada que hay que tragarse enterita, de lo contrario es usted un hereje. Es como cuando los comunistas soviéticos volvían victoriosos a su país después de ganar la Segunda Guerra Mundial, que a muchos los mandaban a Siberia a trabajar treinta años en la nieve porque a ver cómo ha sido usted capaz de volver vivo, ¿no será un espía? Pues lo mismo con esto, cualquier movimiento extraño que se salga de las directrices marcadas lo ponen a uno bajo el foco de la sospecha.

Dudo que haya algo o alguien en la vida que quede exento de crítica o comentario a pie de página. Los que asumen que están en posesión de la verdad o lo correcto suelen tener una idea bastante alejada, por no decir directamente equivocada, de lo que significan esas palabras. Pero la estupidez no tiene límites y siempre nos acaba sorprendiendo. Es como esos chistes malos que te pillan con la guardia baja y te arrancan una carcajada. Con la estupidez pasa igual, con la diferencia que lo que te arranca es una mueca de asco. A veces puede que hasta un pedazo de empatía hacia esa especie a la que pertenecemos y que cada vez parece más distante, como si los discursos nos fuesen separando poco a poco de la misma manera en que antes lo hicieron las ideas diferentes. Ahora ya no queda ni rastro de ellas, tan sólo es eso: discurso vacío pero tan alejado de la imparcialidad como lo estamos los unos de los otros. Porque usted no me está hablando, me está atacando. Usted no discrepa, usted odia. ¿Quién quiere tener algo que ver con alguien que ataca y odia? Nadie, evidentemente. Pero, ¿qué pasa cuando convertimos a todos los que se alejan de nuestra manera de pensar en atacantes y odiadores profesionales? ¿Qué pasa cuando convertimos nuestro pensamiento en una trinchera? ¿Y qué pasa cuando la trinchera es demasiado profunda como para asomarse al exterior? Lo mismo que sucedía en la otra gran guerra mundial, la primera, que la gente se moría de hambre o enfermedad. Hemos convertido el diálogo y el intercambio de pareceres en una guerra, una en la que somos nosotros los que creamos e inventamos a los enemigos, transformándolos de la nada sin avisarlos ni darles tiempo de respuesta. Una guerra de mierda en la que nos hemos metido solos por la sencilla razón de no admitir que quizá, y sólo quizá, no tengamos la razón siempre. Ni mucho menos la verdad.


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