Archipielago

Difusa —03: Escribir un poema by Paula Castillo                                                                

Sentada en el salón de actos, abrumada por la espera, me mantenía quieta en la silla sin hablar con nadie. A las demás niñas que reían y chillaban a mi alrededor en aquel salón lúgubre de baldosas oscuras y un escenario con el telón siempre echado, les daba igual cómo me sentía.  Solo querían, en medio de su alboroto, que terminase la entrega de premios y comenzara el musical. Pero a mí no. A mí no me daba igual porque estaban a punto de entregarme un diploma con el primer premio del concurso de poesía Primavera, o por lo menos, eso creía yo.

Cuando por fin las cortinas de terciopelo marrón se descorrieron y apareció bajo la luz indiscreta del escenario, la mesa del jurado con los diplomas, el pánico escénico se disipó, y yo me quebré por dentro. No sé por qué presentí que no me darían el premio. Me sucedió sin más, pasé de la certeza a la duda. Y sentí la necesidad de quitarme las gafas y restregarme los ojos con los puños hasta que me dolieran, y deseé que se me secaran para dejar de soñar. Lo vi en sus caras, sobre todo en la de madre Yolanda, que me miraba fija con la sonrisa detrás de los labios. Me quedé quieta en la silla, apretaba mis manos entrelazadas para no morderme las uñas. Comprendí loo que significaba la palabra desasosiego. Pensaba en mi madre, ¿Qué le diría ahora? El día que leyeron las finalistas, y mi nombre estaba entre ellas, volví a casa con la tranquilidad y la emoción de saberme ganadora del premio. Yo había leído los otros poemas, es más, ayudé a Mamen y a Chus cuando se atascaron con las palabras y no sabían cómo continuar. En ningún momento dudé que yo sería la ganadora. «Mamá, he ganado el concurso de poesía Primavera». Así le dije.

            Pero, en aquel momento, mi rumor interno me decía que no. Cuando miré al jurado y ví sus sonrisas, y cómo la madre de Chus, que era la profesora de literatura, miraba a su hija sentada junto a Mamen en la primera fila, sin moverse, peinadas de peluquería y cogidas de la mano, supe que no me lo iban a dar.

Estiro el cuello, pero no veo a mi madre. Me levanto con tiento de la silla, pero sigo sin verla. No ha llegado aún.  Ahora no quiero que llegue. Ella también habrá ido a la peluquería, para estar guapa como Mamen y Chus, y la madre de Chus. Yo no estoy guapa. Llevo dos trenzas y gafas de cristales gruesos que me hacen ojos de susto. Rezo para que no llegue.

Cuando estaban a punto de leer el nombre de la ganadora, apagaron las luces y comenzó a sonar una música clásica como las que escuchaba mi padre en casa. El salón de actos enmudeció. Era mi murmullo interno el único sonido presente.

            —Procedemos a la lectura de la poesía ganadora de este año —anunció madre Yolanda mientras sujetaba demasiado fuerte el micrófono—. Este año hemos tenido la dificultad de un empate —recalcó con cara de intriga.

Un empate, pienso. Y todavía siento que puedo ser yo la ganadora, aunque tenga que compartir el premio. Y una explosión me invade por dentro.

—Sin embargo, y gracias a nuestra queridísima profesora de literatura, el empate se ha deshecho —continuó hablando. La ganadora por unanimidad del jurado ha sido Mamen Gayá.

            Y un aplauso me engulló entera. Y aplaudo yo también, y me sonrío.

            —El otro poema ganador ha sido rechazado por que claramente no estaba escrito por la persona que dice ser su autora —explicó. Se trata sin duda de una copia. Ese poema no lo puede escribir una niña de ocho años.

Y movía la cabeza de un lado a otro mientras hablaba. Dijo mi nombre, y leyó el poema, y se rio con la boca abierta enseñando los dientes que le subían por encima de las encías. Su boca escupiendo falsedades. Mis ojos sobre ella reteniendo la imagen.

Dejé de oír hasta que me agarraron del brazo y me sacaron a tirones de la fila. Era mi madre. Estaba allí. «¡Mamá!», supliqué. Pero sus inescrutables ojos verdes me persiguieron hasta salir del colegio al que nunca más volví.

            Comencé a escribir a escondidas y no me presenté a más concursos mientras duraron los años escolares. Intenté pasar desapercibida para no necesitar la intervención de mi madre.  Agazapada en un hueco de escalera aprendí a mirar el mundo.

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