Todo fueron halagos y mimos en el salón de Monti, desde la suave crema alrededor de la cara, tibia y húmeda, para evitar las manchas del tinte, hasta el pincelito desechable con el que Xiao, una joven de voz melosa y acento asiático, me aplicó un ungüento sobre las cejas para cubrir las canas.
—Las teñimos negras, ¿verdad?
La música Chill mientras me anudaban la capa de plástico al cuello. Sus dedos me rozaban la nuca al retirarme el pelo.
—No está muy tirante, ¿verdad? —me dijo otra de las chicas vestidas de negro.
—Ni mucho menos —le dije. Aunque no me hubiera importado que me ahogara.
Con el cuerpo más sensible de la cuenta, me llevaron en vilo hasta la estancia destinada a lavar cabezas. Me sentaron en un sillón convertido de pronto en una cama que masajeaba desde la nuca hasta el coxis. Mientras las manos de una de las chicas me frotaban la cabeza hasta descontrolar la glándula pineal, mi cuerpo sucumbió al éxtasis.
—Le apetece un masaje, ¿verdad? —me dijo de pronto una enana asomándose por el reposabrazos.
No me dio tiempo a responder. Antes de lo previsto, sorprendido ante la excitación descontrolada de mi entrepierna y con sus manitas apretándome el cuello, me corrí.
Enviaseló a tus amigos:
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Mastodon (Se abre en una ventana nueva) Mastodon
- Compartir en Bluesky (Se abre en una ventana nueva) Bluesky
- Más
- Compartir en LinkedIn (Se abre en una ventana nueva) LinkedIn
- Compartir en X (Se abre en una ventana nueva) X
- Haz clic en Pinterest (Se abre en una ventana nueva) Pinterest
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp
- Comparte en Facebook (Se abre en una ventana nueva) Facebook
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.