Meursault, en un receso
Entre el rumor de los ventiladores
se ha quedado traspuesto,
en la sala de su juicio argelino,
regado por sudores y suspiros,
Meursault, el extranjero de sí mismo,
el taciturno oficinista,
hijo de Sartre y de Franz Kafka.
Todavía le huele el lino de su camisa
a los cabellos de sal de María Cardona,
y en esa nueva reverberación del sol
en su cabeza de francés existencial
revive un momento Rimbaud
y su caravana de esclavos,
su pierna carcomida
y algún revolver que también
disparó cinco veces sobre un nativo.
Luego, el ajetreo de la sentencia
lo despierta. Tiene la misma sangre
azul que un guillotinado del siglo
dieciocho. La indolencia, sin que
sepa por qué, lo ennoblece.
Si vive aún es por ese silencio,
grabado a su destino
como la tinta de un tatuaje,
que va a arrojarlo a la muerte
y a la letra pequeña de un periódico
africano.
Levanta la cabeza, hacia el cielo mugriento
de la sala,
y piensa que las aspas cenicientas
son los brazos
de su gigante madre.
@Felix Molina, La prosa en verso, 2023

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