Ser mujer y monstruo es lo peor. Y ya no es sólo porque las nuevas generaciones humanas nos hayan echado de la tierra, por lo visto no hay sitio para tantos malos. Es que una tiene que buscarse la vida con uñas y dientes hasta entre iguales. Como no estés en grupo, como las Furias, las Sirenas y las Gorgonas, no te toman en serio.
El Dr. Jekyl y Míster Hyde se han afincado en Tebe. Drácula en Ío. Frankenstein en Europa. El hombre lobo en Calisto y así se han ido repartiendo las lunas de Júpiter como las habitaciones del hotel de los apestados. Algunos han hecho trampas en la rifa, otros han amenazado incluso han llegado a morder a alguno de los demonios.
¿Metis está libre? Ni de coña está el hombre invisible, un pervertido asqueroso. En Adrastea el fantasma de la ópera no para de cantar su narcisismo. En Amaltea hay una colonia de zombies y almas en pena, y parecen llevarse bastante bien, es lo que tiene no enterarse mucho de la presencia de unos y otros. Tenía mis esperanzas con Ganímedes, pero la Cosa del Pantano y otros seres, con ventosas interdigitales, han formado su comunidad.
Al minotauro le ha tocado Temisto y a Asmodeo Leda.
«Pero no te preocupes preciosa Carmila si le pones ojitos al chupasangres seguro que te hace un hueco ¿O qué tal juntarte con las Erinias?»
¿Me han visto cara de desesperada?
Me reducen a ser la pequeña zorrita de un conde que ni siquiera sabe lo que es el ardor de la sangre. No soy tampoco una histérica para irme con el club de las gritonas y la compañía de los cuatro jinetes de apocalipsis tampoco me genera ninguna confianza. No entienden lo que significa una soledad elegida, ser libre de ir y venir a mi antojo, deslizando un mordisquito por aquí y robar un latido por allá.
Van listos si me ven como una pálida hija de la noche, de ojos tristes y estiletes, en vez de caninos. Fuera de la tierra, además, no tiene mucho sentido, aquí la oscuridad puede no llegar a las cinco horas así que tengo que cambiar mis ritmos circadianos para ponerme al día.
Aún quedan satélites disponibles y no tienen por qué tener un nombre poético.
¿Pedir permiso? Ante sus caras y máscaras sorprendidas les dedico mi baile más libidinoso. Meneo las caderas, las muñecas, hombros y tobillos y cojo una de las llaves de la mesa. No tienen garras, venenos ni maldiciones para asustarme, les falta gracia para seducirme u horrorizarme a partes iguales.
¿Júpiter XII? Suena bien, un número con carácter, además. El hielo, los cráteres y la llanura rojiza de mi nuevo hogar brillan cada doce horas. Amanece y atardece en un espectáculo de halo y polvo de meteorito.
Y cuando echo de menos la oscuridad bailo y aprovecho para pasear bajo las lunas o por los anillos de una gran masa de gas de sangre que algunos llaman Júpiter.
Anabel 19Jan24 13Mar24
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