Ya llevo 10 relatos en Masticadores. Éste va a hacer el número 11, un cuento que acabo de escribir pensando en animales míticos y mitológicos que, probablemente, aún están entre nosotros.
Diplodocus
Cuando despertó, el diplodocus ya no estaba allí. Tal vez nunca hubiera estado. Lo más probable es que lo hubiera soñado. La oscuridad era total y creyó que aún era de noche. A medida que sus ojos se acostumbraron a la penumbra pudo distinguir algunas formas. Se encontraba dentro de una cueva. A gatas y palpando el entorno encontró la salida. El cielo era azul y la brisa fresca traía un olor a fuego, a ceniza y a destrucción.
Realmente nunca había visto un diplodocus. O un dragón, como lo llamaban todos. Pero había oído historias de esos monstruos. Historias terribles de destrucción y muerte. Algunos de los ancianos hablaban de ello. De lo que les habían contando sus abuelos. Y a éstos, los abuelos de sus abuelos. Historias de monstruos gigantescos que vomitaban fuego y aplastaban a todo el que se les enfrentaba.
Caminó despacio, recordando lo ocurrido. Sueño o realidad sus recuerdos eran vívidos y escalofriantes. Y la visión del poblado en ruinas le corroboró sus peores presagios.
El aliento fétido del dragón quemaba como el fuego. Su saliva roja y negra convertía en piedra todo lo que tocaba. Y en su furia, lanzaba rocas y lluvia de piedras y ceniza. Sus rugidos se oían en toda la extensión de la tierra. Recordó lo que su madre le decía a menudo: “Si despierta el dragón enfurecido; si destruye, como antaño, todo a su paso… procura huir de este valle maldito y buscar una nueva vida lejos de la maldición de este dragón”.
Y eso es lo que había hecho el diplodocus. Ese monstruo que una vez pobló la tierra y del que sólo quedan unos pocos ejemplares. Esa bestia que duerme debajo de la montaña, que de vez en cuando se revuelve en sus pesadillas y hace temblar a la tierra. Y que cuando despierta, furioso destroza todo lo que han construido los habitantes; y se come a gran parte de ellos antes de volver a su guarida a hacer la digestión de sus fechorías. Los pocos que quedan vivos son testigos de su poder, su furia y su castigo, para trasmitirlo a sus descendientes. Y así nace una nueva vida de las cenizas de la anterior.
El diplodocus ya no estaba allí. Se había ido dejando un recuerdo de muerte y destrucción. Una sola persona había sobrevivido a la debacle. Pero con tan poco capital humano no se puede construir un poblado, sacar a delante una familia, hacer que florezca una cultura.
Recogió sus cosas. Los pocos restos de lo que había sido un próspero asentamiento. Los pequeños objetos, recuerdos que le darían ánimos para seguir adelante. Y tomó el camino del sur. El camino que mucho antes habían tomado sus antepasados familiares. En busca de nuevos valles, una nueva familia y un futuro mejor: sin diplodocus.
Cuando despierte el diplodocus… ella ya no estará allí.
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