Hubo un verano en el que estaba apalancado en la terraza de un bar, engrosando a base de birra el billetaje de la caja registradora. Tras mis lupas de sol, desnudaba a toda mujer que pasaba por allí, sin discriminación de edad o estampa, mientras mi imaginación se entregaba a unas indecencias carnales que harían palidecer al mismísimo marqués de Sade.
Un tipo grande y descamisado salió del bar y se montó, de espaldas a mí, en una de esas motos con las que puedes devorar kilómetros interminables de alquitrán mientras te recreas en el paisaje, como si estuvieras asomado a un balcón. Echó mano de los bolsillos y sacó todo lo necesario para liarse un porro. Fue entonces cuando pude fijarme en los dos tatuajes que llevaba en la espalda.
En el omóplato izquierdo lucía, con rigurosa profusión de coloridos detalles, la anatomía de una cerda vietnamita. Debido a las detonaciones de bombas atómicas que, como muestras de poder, se realizaron en secreto durante toda la mitad del siglo pasado, aquellas formas habían transmutado hasta convertirse en delicadas orquídeas. Algunos oligofrénicos las disecan y las colocan en cualquier rincón de sus casas a modo de adorno; otros las exhiben con orgullo y autocomplacencia en la solapa, como un broche de distinción.
El caso es que aquella muestra de arte epidérmico poseía un no sé qué adictivo.
En el omóplato derecho, por el contrario, llevaba tatuada una imagen transgresora de un santo Cristo en postura irreverente. Un Cristo que, en lugar de estar frente a los ignorantes feligreses, estaba de cara a la cruz y de espaldas a ella. Tenía la cabeza girada y miraba con un brillo de malévola lascivia, mientras alzaba el antebrazo para mostrar el dedo medio. En lugar de una corona de espinas, portaba un casco idéntico a los que lucían las tropas de las SS.
Al contrario que el otro tatuaje, este presentaba diversas irregularidades e imprecisiones. Según contó el dueño del bar mientras la tarde languidecía, el dibujo se lo había tatuado el furriel de la Quinta de Artillería de los Regulares de Zaragoza, también llamada La Impertérrita o La Impávida. Esto ocurrió durante un rito de sodomización de novatos y, como es lógico, el tatuaje salió algo movido.
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