ESCENA VII
(La madre sale de la cocina con el plumero en mano).
-La mujer: (A los obreros) ¡Alto ahí, no deis un paso más! Arriba los brazos y piernas separadas.
(Los obreros se miran entre sí, el más veterano sabe de qué va el asunto, el otro que es nuevo está confundido. La mujer utiliza el plumero como si fuera un detector de metales de los que lleva la
policía. Les quita el polvo).
-La mujer: Muy bien, ya podéis pasar. Sentaros donde queráis, mi hija os toma nota. (Se vuelve a la cocina)
(El obrero novato y la hija se miran con enorme interés. La hija le coloca la silla y quita un polvo inexistente antes de que él se siente. Les pasa la carta del menú. Se retira a la barra)
-Obrero 2: Esto es siempre así.
-Obrero 1: ¿El qué?, ¿lo del plumero? Sí, que yo recuerde. Esta mujer es muy escrupulosa con la limpieza y como has podido ver no se corta ni un pelo. Contigo de todas formas, ha sido más
comedida y eso es porque aún no te conoce y no tiene confianza, pero déjala un par de semanas y ya verás cómo te mete bien el plumero por detrás de las orejas, los sobacos y la entrepierna.
-Obrero 2: ¿Y no te has quejado nunca?
-Obrero 1: ¿Por qué iba a hacerlo? No me molesta. Al contrario, es un punto a su favor. La limpieza siempre se agradece y más en un lugar donde vienes a comer todos los días. Lo del plumero es
un mero formalismo que no hace mal a nadie, si acaso te provoca algunas risas, que en los tiempos que corren, se agradecen doblemente.
-Obrero 2: A mí la camarera sí me parece un punto muy a favor, para seguir viniendo a este local. Está, como te diría, para mojar pan y no cansarse.
-Obrero 1: No está mal, pero para mi gusto es poco salerosa y a veces, con ese look que se estila, da un puntito de miedo. No me gustaría encontrarla en un callejón oscuro sin salida.
-Obrero 2: No creo que te fuera a hacer nada malo.
-Obrero 1: Pues por eso precisamente te lo digo. A un callejón oscuro y sin salida con una mujer, se va a lo que se va, pero con esta… falta claridad y sal. Bueno, ¿has visto el menú? ¿Qué vas a
comer?
-Obrero 2: Déjame que mire. Me apetece el cocido. ¿Qué tal lo hacen aquí?
-Obrero 1: Muy bueno. Es otro de los puntos a favor de este sitio, la comida por lo general está bien cocinada y los productos que emplean son de calidad. Yo tomaré… la ensalada de ventresca
con pimientos y la tortilla. Los huevos se los trae un cliente de una granja que tiene en el pueblo y a las gallinas, he visto fotos, se las ve la mar de contentas correteando por el prado junto a caballos y vacas. (Llama a la camarera) ¿Nos puedes tomar nota?
-Hija: Ya han decidido los señores.
-Obrero 2: Llámanos de tú, tampoco somos tan mayores.
-Hija: (Algo nerviosa) Ah, perdón, no sabía, ¿Qué van, vais a tomar?
-Obrero 2: Mucho mejor así. Mi compañero la ensalada y la tortilla con mucho huevo y yo, el cocido completo.
-Hija: ¿De beber, que os pongo?
-Obrero 1: Para mí agua, que tengo que conducir.
-Obrero 2: A mí me traes una cervecita. (La camarera se va, no sin antes exhibir una amplia sonrisa en exclusiva para el obrero)
-Obrero 1: Yo creo que… Hay muchas posibilidades.
-Obrero 2: ¿Tú crees?
-Obrero 1: No lo dudes. Esa sonrisa, no se la había visto nunca y mira que he venido veces por aquí. Es, claramente provocativa, un desnudo en toda regla, un francés en ciernes.
-Obrero 2: Exageras. Mi imaginación no llega a tanto. Me conformo con una charla amistosa y un par de copas en un local inculto.
-Obrero 1: De culto habrás querido decir. –
Obrero 2: Déjate de cultura. Si quisiera cultura la llevaría a un museo.
-Obrero 1: Yo, en cuanto termine de comer te dejo el campo libre. Tengo que recoger al peque a la salida de taekwondo. Las extraescolares van a acabar conmigo. Para tenerles el menor tiempo posible a las tres fieras en casa, mi mujer les ha apuntado a un sin fin de actividades y ¿a quién crees que le toca la mayoría de las veces hacer de taxista?
-Obrero 2: A ti, supongo.
-Obrero 1: Correcto. Sueño con ellas. Taekwondo, guitarra, baloncesto, inglés, refuerzo de mates, hip-hop, teatro…. En este orden u en otro, asistiendo a un mismo tiempo a todas ellas, entremezcladas, confundiendo las horas y los días, recriminándome el que no llegue a tiempo, el olvido, la perdida. Es angustioso. ¡Ay, bendito trabajo! No hay nada más relajante para mí, que levantar una pared de ladrillo mientras el ruido de la cementadora se escucha de fondo.
-Obrero 2: Sí, muy relajante. ¿Me tomas el pelo?… No, supongo que en tu caso, las vacaciones no existen.
-Obrero 1: Suerte la tuya que vives sólo.
-Obrero 2: Te equivocas, vivo con mi primo Andrés, a veces demasiado ruidoso y casi siempre demasiado sucio.
-Obrero 1: Ya no quedan islas desiertas para gentes como nosotros… (La camarera les trae la comida, le sirve primero al obrero 2, al terminar de hacerlo introduce en el bolsillo de su abrigo un papel, luego sirve al obrero 1, se marcha sonriendo un tanto azorada).
-Obrero 1: (Que ha visto como la camarera metía el papel) Te ha metido una nota en el abrigo, yo que tú la leería con mucho disimulo, sin que te vea la dueña que es su madre, probablemente ella no sepa nada y tal vez no le haga mucha gracia que su hija se líe con un obrero polvoriento.
-Obrero 2: (Mete la mano en el bolsillo equivocado y saca un ticket del supermercado) La lista de la compra, es esto lo que quiere que le haga.
-Obrero 1: Me parece que te has equivocado de bolsillo.
-Obrero 2: (Mete la mano en el otro y saca, un ticket de la tintorería, un parquímetro, un prospecto de una caja de analgésicos, un manual de instrucciones del Ikea, un recibo de la luz, una carta de agradecimiento de una ONG, un cupón de la ONCE sin premiar, un preservativo, un botón etc.… Todo lo va colocando sobre la mesa) Creo que no es nada de esto.
-Obrero 1: Tendré que ir yo y meter la mano en tu bolsillo. No, mejor no, la dueña está mirando, guarda todo eso.
-Obrero 2: (Vuelve a meter la mano) Espera, aquí está.
Obrero 1: Escóndelo, no lo leas ahora.
-Obrero 2: Tengo que hacerlo. Se me ocurre una idea. (El obrero tira la servilleta al suelo y se agacha a recogerla, intenta leer la nota debajo de la mesa). No veo lo que pone, está demasiado
oscuro.
-Obrero 1: Te lo dije, a esta chica le falta claridad. (Coge el móvil, enciende la linterna y se sumerge debajo del mantel) Ahora verás mejor. ¿Qué pone?
-Obrero 2: Ni con luz lo entiendo.
-Obrero 1: ¿Mala letra? ¿Pésima redacción? ¿Oscurantismo en las ideas?
-Obrero 2: Faltas de ortografía, eso sí, con mucho encanto. Creo que quiere quedar conmigo en un pub, no lejos de aquí, cuando salga del trabajo a eso… de las siete. El nombre del garito resulta
incomprensible, algo de cu… y luego co…
-Obrero 1: Si es un cuco desconfía, se aprovechan siempre del más débil.
-Obrero 2: No, hay más letras entre medias, pero…No logro adivinarlas.
-Obrero 1: Déjame ver a mí. Por suerte te ha puesto también el teléfono.
(La dueña, que ha estado todo el rato observando el extraño comportamiento de los obreros, se acerca a ver)
-La mujer: ¿Pasa algo por aquí?
(Los obreros sorprendidos in fraganti se golpean la cabeza contra la mesa)
-Obrero 1: No…, bueno sí, a mi compañero se le ha caído una lentilla y le estaba ayudando a buscarla.
-La mujer: Les ayudo. No quiero que un cliente en su primer día se vaya tuerto de mi bar.
-Obrero 2: No se moleste.
-La mujer: No es ninguna molestia.
-Obrero 2: No vivo lejos de aquí. En el caso de que no la encontrara siempre podría volver a casa guiñando el ojo.
-La mujer: Algunas mujeres al verle podrían creer que estaba intentando ligar con ellas.
-Obrero 2: (Azorado) ¡Uy no! Para ligar uso el otro, el derecho, el izquierdo es sumamente inocente, infantil yo diría, al menos eso dice la gente nada más verlo.
-La mujer: Aquí la tiene.
-Los dos obreros: (A la vez, sorprendidos): ¡Queee!
(La mujer le pasa la nota)
-La mujer: No me sorprende que no entienda la letra de mi hija con o sin lentillas, de bien poco le han servido los años que ha pasado en un colegio de pago. La culebra coja es el nombre del
garito por si le interesa saberlo, pero no se fíe, usted es el cuarto ligue que ha tenido mi hija en este último mes. Ahora si me disculpan vuelvo a la cocina. ¿Desean que mi hija les sirva una copita de licor cuando terminen? Corre a cuenta de la casa.
-Los dos obreros: Pues muchas gracias.
-Obrero 1: En otra ocasión.
-Obrero 2: Estaría encantado.
-La mujer: Por supuesto… ¡Ah! Otra cosa, mañana quiero un informe completo de lo que suceda esta noche. Y no se olvide de recoger el preservativo que se ha dejado encima de la mesa.
(La mujer sale de debajo de la mesa y de vuelta a la cocina se cruza con la hija)
-La mujer: Llévales la cuenta y al más joven le sirves una copita de orujo, regalo de la casa.
-Hija: ¿Cuánto les cobro?
-La mujer: 12 euros a cada uno. No protestarán por la subida.
-Hija: Está bien.
(Beso de la mujer a la foto de Richard Gere antes de entrar en la cocina)
(Los dos obreros vuelven a sentarse en sus sillas. El obrero 2 recoge de la mesa todo lo que antes se había sacado del bolsillo y lo vuelve a meter en él).
-Hija: ¿os cobro?
-Obrero 2: Sí, por supuesto.
-Hija: Son 24 euros.
-Obrero 1: Pero…
-Obrero 2: No, no, está bien, está bien.
-Obrero 1: Te invito.
-Obrero 2: Otro día.
-Hija: Mi madre me ha dicho que te ponga una copita de licor, ¿te la traigo aquí o te la dejo en la barra?
-Obrero 2: No te molestes, en la barra está bien.
-Obrero 1: Yo os dejo. Me esperan las fieras y el taekwondo.
¿Mañana te paso a buscar a las siete?
-Obrero 2: ¿Si te cae bien?
-Obrero 1: Me viene de paso.
-Obrero 2: Entonces sí. Hasta mañana.
-Obrero 1: Ya me cuentas. Me pasas una copia del informe, con pelos y señales, eh. (Saca el dinero de su parte). Aquí van mis euros. Hasta mañana.
-Obrero 2: Y aquí van los míos. (Se los pone en la mano a la chica, hay algo más que un casual contacto, se miran y sonríen). Voy al baño.
-Hija: Yo voy recogiendo la mesa y ahora te sirvo la copa en la barra.
-Obrero: Entonces, ahora nos vemos. No vayas a perderte. (Va hacia el baño, se da cuenta de la tontería que acaba de decir y se golpea la frente con la mano. La chica le sigue con la mirada)
ESCENA VIII
(Entra el escritor, lleva gabardina, sombrero y una carpeta bajo el brazo. Se quita el abrigo y el sombrero, debajo lleva la vestimenta de un jugador de baloncesto. Se sienta en una mesa,
abre la carpeta y saca un montón de folios en blanco que coloca apilados en un lado, varios bolígrafos que dispone alineados sobre los folios y un peine con el que se peina y deja también en la mesa. Se pone unas gafas).
-Hija: Madre, ha llegado el escritor.
(La mujer saca una papelera que sitúa en el suelo a poco más de 3 metros de la mesa. El obrero salé del baño y contempla todo el montaje extrañado, va hacía la barra. El escritor comienza a escribir con auténtico frenesí. Cuando termina una página la lee por encima, hace una bola con ella y la
lanza a la papelera, así infinidad de veces sin descanso).
-Hija: (En la barra preparando un café. Se acerca al escritor) Aquí tiene su café sólo muy cargado y sin azúcar.
-Escritor: Gracias.
-Hija: ¿Desea algo más?
-Escritor: No.
-Hija: Si cambia de opinión no tiene más que decirlo.
-Escritor: Ya.
-Hija: No le molesto más. Estoy en la barra.
-Escritor: Bien.
(La chica se vuelve a la barra donde le espera el obrero con su copita de orujo en los labios)
-Obrero 2: ¿Es siempre tan expresivo?
-Hija: ¡Uy no! Hoy está especialmente comunicativo.
-Obrero 2: ¿Y qué se supone que está haciendo?
-Hija: Escribir su autobiografía. Fue un jugador de baloncesto muy conocido a principios de siglo. Oscar Torpe Azaña, más conocido por el sobrenombre de Torpedo Azaña. ¿Quizás te suene de algo?
-Obrero 2: No sigo mucho el baloncesto, pero, su apellido me resulta familiar.
-Hija: Su bisabuelo fue presidente de la república.
-Obrero 2: ¡Ah!, pues será por eso. ¿Y qué le sucedió?
-Hija: Un accidente de tráfico vino a truncar su carrera cuando estaba en lo más alto. En el coche viajaban su novia y él, ella murió en el acto, él tuvo más suerte o no, según se mire. De cintura para arriba ni un solo rasguño, pero sus piernas quedaron seriamente dañadas, pasó por infinidad de operaciones que le mejoraron mucho, pero a pesar de eso no volvió a jugar, tal vez fuera más el daño psicológico que el físico el que le impidió hacerlo. Siempre se sintió responsable de la muerte de ella, pero él no tuvo la culpa, un conductor kamikaze se estrelló contra ellos, nada se pudo hacer para evitarlo y sin embargo él…
-Obrero 2: Piensa que quizás pudo haber hecho algo más de lo que hizo y así haberla salvado.
-Hija: Apenas unos segundos y la vida… deja de serlo.
-Obrero 2: Apenas unas décimas de segundo y todo se borra. Parece fácil.
-Hija: Demasiado fácil… Por eso ahora escribe, para no olvidar, para que nadie olvide. Casi nada le satisface, una tras otra va arrojando, como si fueran balones, las páginas que no le convencen y va llenando papeleras, con millones de palabras muertas. Y así, día tras día.
-Obrero 2: Alguna vez escribirá algo que sí le satisfaga.
-Hija: Sí, y cuando lo logra, sonríe ligeramente, deja de escribir, ha ganado el partido. Recoge entonces sus cosas, se marcha casi contento, sin prisas, hasta el día siguiente.
-Obrero 2: ¿Y el día que no lo logra?
-Hija: Se puede tirar toda la tarde hasta el cierre, parece como si nadie le esperara en ningún sitio, como si no existiera para nadie. Se va, sí, que remedio y mi padre que lo ve me cuenta, que en su
mirada hay un poso de infinita amargura, un dolor que no acaba y lo arrastra. Es un día baldío para él, es como echarle más tierra al recuerdo de su novia. (Los dos le miran con respeto y entrañable tristeza, luego el obrero le pasa la copa ya vacía, se rozan los dedos).
(El escritor sigue escribiendo víctima de una extremada urgencia, cada vez más furioso de sí mismo, llenando papeleras sin descanso que la dueña cada poco tiempo, vacía. De repente, cuando parece que ya va a arrojar un nuevo papel a la basura, se detiene, alisa la hoja, relee minuciosamente lo escrito, guiña los ojos, primero uno y luego el otro, se estremece, añade o quita algo, sonríe. Con delicadeza dobla el papel y se lo guarda en el bolsillo de la camisa al arrullo del corazón. Mete los folios que no ha utilizado en la carpeta, recoge los bolígrafos, se quita las gafas, se pone la gabardina y coge el sombrero. Al levantarse de la silla apenas mueve el aire. Un silencio casi sagrado envuelve
sus movimientos. Se acerca a la barra, paga el café, da las gracias, sale, con la ligereza que lleva el que sabe que ha hecho algo bien y ha cumplido).
-Hija: Hoy ha habido suerte. Hoy sus sueños serán, un poco menos amargos.
-Obrero 2: Nunca sabes que te puede deparar el futuro. Hoy estas arriba y todo te sonríe y mañana…Pero bueno (mirando el reloj) tengo que irme, he de hacer unas compras y pasarme luego por casa, para estar presentable en nuestra cita a las 7.
-Hija: En la culebra coja recuerda. Te estaré esperando.
-Obrero 2: Siempre soy puntual. Allí nos vemos. (Se dan dos besos en la mejilla, aunque la intención en un principio era otra).
ESCENA IX
(18:02, El dueño entra ligeramente sofocado y sin hacer apenas ruido se quita el abrigo y se sitúa detrás de la barra dando un beso a la hija. La hija coge la cajita donde están guardadas sus
alhajas y se marcha con ella y el bolso, al baño).
-La mujer: Vaya, ya estás aquí, ¿qué te ha pasado?
-Dueño: ¿Cómo qué?, ¿qué me ha pasado?
-La mujer: Sí, dijiste que ibas a venir a las 18 horas y son las 18:02 y 33 segundos, 34, 35…
-Dueño: 36, 37,38…. Y así podríamos seguir eternamente. Tú obsesión con el tiempo es alarmante, deberías consultar a un psicólogo.
-La mujer: Déjate de comecocos saca cuartos, no estamos para malgastar el dinero.
-Dueño: Pero no me negaras que unas vacaciones relajantes no nos vendrían nada mal, sobre todo a ti, ¡estás tan necesitada de ellas! ¿Cuántos años hace que no nos vamos a ningún sitio?, lo menos 4 o 5.
-La mujer: O quizás más. Sí, no estaría nada mal, echaré cuentas a ver si es posible. Pero… pero, pero no eludas la pregunta, siempre te sales por la tangente con comentarios que no vienen a cuento y no contestas a lo que te pregunto, aunque ya sé de antemano, que careces de una respuesta convincente.
-Dueño: Entonces, si tan bien me conoces, para que me formulas las preguntas.
-La mujer: Para ver si por un casual, tu imaginación se despierta.
-Dueño: Uy, la imaginación, que lejos queda eso. ¿Quieres saber de verdad por qué he llegado 2 minutos y 33 segundos tarde? (Lo dice con retintín)
-La mujer: Sí. Y mira bien lo que vas a decir no te vaya a estallar la cabeza.
-Dueño: Descuida. (Todo este discurso lo dice a la carrera). Pues bien, he corrido detrás de un perro que se le había escapado a una ancianita a la que luego he ayudado a cruzar la calle para que no la atropellaran los coches que pasaban a gran velocidad.
-La mujer: Ya. Era mejor la excusa de ayer. Da igual, no me hagas perder más el tiempo con elucubraciones tuyas. Deja que yo te cuente las últimas novedades, tu hija tiene nuevo ligue, creo que
deberías hablar muy seriamente con ella y hacerle ver que no puede seguir llevando esa vida licenciosa que lleva. (La hija va a salir del baño, pero al ver que sus padres hablan de ella, se
esconde detrás de la máquina tragaperras para escuchar lo que dicen sin ser vista).
-Dueño: Me parece que ella es ya, lo suficientemente mayorcita, como para gestionar su vida como mejor le plazca.
-La mujer: No. Mientras siga viviendo con nosotros. Resulta de todas, todas…
-Dueño: ¿Escandaloso?, ¿bochornoso?, ¿escabroso?, ¿poco honroso?, ¿oneroso? Todo cuanto se me ocurre termina en oso, no será por casualidad muy velludo el nuevo ligue de nuestra queridísima hija.
-La mujer: Es… obrero de la construcción.
-Dueño: Acabáramos. Un especialista en polvos.
-La mujer: No te hagas el gracioso. Es verdad que venían él y su compañero muy polvorientos, pero, a mí no hay polvo que se me resista, no, no es eso lo que me trae de cabeza.
-Dueño: ¿Entonces?, ¿qué?
-La mujer: Que no sepa gestionar correctamente… sus ovarios.
-Dueño: ¿Cómo?
-La mujer: Sí, veras, como muestra de rebeldía y rechazo a las normas que tan juiciosamente le impongo, ella, en un arrebato de locura puede: perder los papeles, dejarse llevar por el frenesí
y la lujuria, no tomar medidas y que se yo cuantas cosas más.
-Dueño: Tú has visto demasiados culebrones. Además, si hasta ahora la chica ha sido juiciosa y nunca se ha metido en problemas, por qué esta vez iba ser diferente.
-La mujer: La suerte puede que no esté siempre de nuestro lado y es mejor no tentarla.
-Dueño: Y qué… Tú siempre has deseado ser abuela. Ya cuando nos conocimos soñabas con ser abuela antes que con ser madre.
-La mujer: Yo veneraba a mi abuela. En el colegio cuando el maestro nos preguntaba lo que queríamos ser de mayor, le respondía: yo quiero ser como mi abuela… Pero todo a su debido
tiempo y… con la persona adecuada.
-Dueño: Para ti el tiempo sólo es el ahora y la persona adecuada no existe.
-La mujer: ¿Hablarás con ella?
-Dueño: Hablare con ella. Lo que no sé, es como se lo tomara.
-La mujer: Eso importa poco mientras cumpla.
-Dueño: Ella nunca será como tú quieres que sea.
(La hija sale de su escondrijo y hace como si saliera del baño, va hacia sus padres)
-Hija: Me voy, se me hace tarde. (Se dirige a su madre) No me esperes para cenar.
-La mujer: A ver lo que vas a hacer. Mañana lo sabré todo. No bebas mucho y… Bueno, tú ya sabes. No vuelvas tarde.
-Hija: Soy mayor de edad. No tengo por qué cumplir horarios, ni darte explicaciones.
-La mujer: Quizás si te dejara una noche en la calle cambiaras de opinión.
-Hija: Tengo amigos, ellos estarían encantados de alojarme.
-La mujer: Me alegro. Siempre se agradece tener a alguien que te acoja cuando te echan de casa.
-Hija: No me amenaces. No te conviene.
-Dueño: (Queriendo quitar leña al fuego). Anda vete ya, llegaras tarde. Pásatelo bien.
-Hija: Gracias. (Le da dos besos a su padre, se pone el abrigo y coge el bolso. Se va a marchar)
-La mujer: ¿Y a mí no me das dos besos?
-Hija: Tengo prisa. (Sale)
-Dueño: No podrás domarla. Déjala.
-La mujer: Me duele como malgasta el tiempo. Temo por ella, sabes. Si sigue así, tarde o temprano se acabará arrepintiendo.
-Dueño: Es su vida.
-La mujer: Nosotros estamos también en ella y no tiene derecho, no tiene derecho…
-Dueño: … ¿Más novedades?
-La mujer: (Tras un silencio que parece interminable). El escritor ha permanecido en el local, una hora y 32 minutos.
-Dueño: Todo un récord para él. Me alegraré enormemente si algún día termina ese libro.
-La mujer: Todos nos alegraremos… Hora de irme. Te dejo la cocina recogida y limpia, procura no ensuciarla demasiado. En la nevera tienes varias raciones preparadas por si a la clientela le apetece picar algo. ¡Ah!, y procura no regalar sin ton ni son más posavasos y calendarios, sé el número exacto de los que quedan.
-Dueño: Lo sé. Lo sabes todo, tú control es… casi absoluto, difícil es que se te pase algo por alto, pero precisamente por eso, por la enorme presión que ejerces sobre todo y a la que te ves sometida, llegará un día tal vez no muy lejano, que todo se derrumbe a tú alrededor como un castillo de naipes. Pero esto, escucha lo que te digo, aunque pudiese parecer un final amargo no será más que un prometedor principio.
-La mujer: Ya habló el gran sabio Lao Tse que se enreda en las cuentas más sencillas y se pierde en su propia casa cuando está sólo.
-Dueño: Búrlate si quieres, pero hazme caso, no quieras controlarlo todo… Nos vemos en casa, como todos los días, a las 0:30. (Se dan un beso de despedida)
-La mujer: Cuida bien del cuartel. Buena guardia.
-Dueño: Descansa.
-La mujer: Procuraré hacerlo. (La mujer coge sus cosas y se marcha).
-Dueño: (Da la vuelta a la foto y besa a Audrey Hepburn).
Al menos tú si me entiendes. (Se va a la cocina). (En la calle ha empezado a llover y el viento hace vibrar los cristales. Entran dos mujeres rallando los setenta, en una mano un paraguas en la
otra un móvil del que no despegan la vista, se enreda una con la otra, tiran al suelo el perchero, se tropiezan con las sillas).
Continuara…
@José María Ysmer texto obra de teatro
@Jim Lilley imagen
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