Corría el año 1896 en la Ercina. Era un día frío y gris, a pesar de ser finales de junio.
Teresa salía del cementerio, acompañada por algunos de sus familiares, sus vecinos de La Ercina, algún compañero de trabajo de su fallecido marido y por su suegro y su hijo discapacitado agarrados uno de cada brazo.
Se habían formado varios corrillos de personas pero todos tenían el mismo tema de conversación:
-Pobres, qué van a hacer ahora.
-Que desgracia les ha caído, ahora solo dependen de la caridad.
Teresa no escuchaba, pero sabía lo que todos murmuraban.
Ella siempre quiso trabajar, pues su padre solía amenizar las cenas con sus anécdotas del día como pregonero. Cuando empezó a ser más mayor, dudaba si eran realidad o ficción pero sabía que fuera de casa el mundo era diferente. Tras casarse y tener a su retoño, se empeñó aún más en ello pues quería algún día poder pagar un sanatorio para su hijo donde pudiera estar bien cuidado.
No tuvo suerte ni antes ni después de las nupcias pues todo el mundo se empeñaba en recordarla que “la mujer siempre tiene que cuidar del hogar y que una buena esposa tiene que tener la casa en orden y la comida en el plato”.
Al día siguiente del funeral, a primera hora de la mañana, Teresa se acercó a hablar con el capataz de la compañía Caminos de Hierro del Norte. Sabía que en la mina siempre precisaban de personal. Ella no temía el trabajo en los túneles y así se lo demostró a Carlos, que impactado por su fuerza, la contrató para comenzar a trabajar en ese mismo momento, a pesar de tener dudas tras tomar la decisión por el qué dirán.
Hubo mucho revuelo en la mina, en el pueblo y en toda la comarca cuando se supo que había una mujer trabajando bajo tierra.
Se rumoreaba que había una ley que prohibía este y otros trabajos a mujeres y niños pero que no se controlaba.
Teresa se tenía que esforzar el doble que sus compañeros, no porque el trabajo fuera peor que el de ellos, sino para callar los comentarios ofensivos y machistas, que con el paso de los meses consiguió que fueran cada vez más escasos.
Tanto destacó, que dos años más tarde de entrar, consiguió un ascenso, siendo obrera de máquinas, aunque el ascenso solo fue a un puesto mejor y de mayor responsabilidad, pues el salario, a diferencia que el de sus compañeros, seguía siendo el mismo que anteriormente.
No eran fáciles sus días. Se levantaba mucho antes de ponerse el sol para poder dejar todo preparado para el día de su hijo y su suegro, el cual vivía con ellos desde que, cinco años atrás, falleciera su esposa y no quisiera trasladarse a vivir con su hija a Madrid.
Al alba, salía sola para llegar al trabajo, pues sus compañeros, aunque la aceptaban, no querían que los vieran con ella, como con uno más, para evitar rumores y críticas.
Tras la dura jornada, volvía a casa, preparaba la cena y terminaba las tareas hogareñas correspondientes. Acostaba a su hijo y caía derrotada en la cama, recuperándose con un sueño corto pero profundo para afrontar el día siguiente.
Teresa fue la primera minera en León, pero no la única en España.
A pesar de que tras su muerte en 1909, la ley de prohibición de niños y mujeres en la mina se empieza a cumplir, muchas mujeres comienzan a trabajan en los lavaderos de la mina, a cielo abierto, cuando por circunstancias de la vida, al igual que a Teresa en este caso, no les queda más remedio que acudir al lugar más cercano, para poder subsistir.
Teresa fue criticada toda su vida, primero por querer trabajar, después por desempeñar funciones solo para hombres. Seguro que nunca pensó que fuera una pionera, pero mujeres como ella consiguieron poner la primera piedra en la igualdad.
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