Hace ya muchos años que las personas siempre buscaban en sus terrenos cosechas excelentes. Más para ello no recurrían solamente a lo que era la Tierra en sí, si no también lo que Madre Naturaleza enseñaba y gracias a estas cuestiones cada uno de los que hoy estamos presentes en este planeta podemos hablar en función de lo que apreciamos actualmente y de lo que nuestros ancestros antes nos generaban como inquietud para conocer el por qué de las labranzas, el maíz, los tubérculos o ciertas plantas que en función de trabajar los campos aportaban unas cosechas para poder comer y alimentarse.
Recuerdo por aquel entonces podría tener sobre 12 o 14 años y mi abuelo Aurelio (por parte materna) en época de vacaciones, ya que tenía más oportunidad de estar con él. Solía invitarme a ver como estaban todos los terrenos, respirar aire puro, las praderas con las vacas, los labradíos convertidos en huertas o cargados de árboles frutales. Hasta conocía como en función del estiércol y los excrementos de las vacas tenían exceso de CO2 para que luego se utilizasen como abono natural, lo cual me dejaba todavía más interesado.
Luego un día, de fin de semana me dijo:
– ¿Quieres coger la mochila y vamos a dar un paseo con tiempo?
– Sin pestañear, le dije: Me encantará abuelo ya sabes que me gusta charlar contigo.
– Pues, manos a la obra.
En fin nos arreglamos para dar el paseo, mi abuelo llevaba una ropa normal oscura y en mi caso; aunque iba más juvenil y con la mochila, allá nos fuimos los dos como si de una aventura se tratase.
Después de pasear un tiempo. Me llevó a ver un río y terrenos. No tenía ni idea de lo que me que quería enseñar. Como dije, nos acercamos al río y al lado que había un camino. Me dijo vamos a comenzar por aquí y así vamos viendo lo que quiero que veas. De acuerdo, abuelo.
Cuando empezamos el río era más ancho ya que íbamos dirección al curso del mismo y en función de ello, él con sus explicaciones y en mi caso muy atento le escuchaba anonadado. Pensaba para mí, ¿Qué querrá decirme hoy? Y luego nos encontramos con unos sauces a carón del río y me iba diciendo:
– Ves, estos sauces que están aquí más abajo. Al lado hay terrenos que están labrados y trabajados; de paso los cuidan, los esmeran con cariño, para que no caigan o les podan las ramas para que tengan mayor vigor.
– Si ya me fijo abuelo. ¡¡Y qué bien cuidados están!!
– Claro neno, es que de eso se trata. Conocer bien la Naturaleza y sobre todo los árboles y sus tierras es la esencia del planeta.
Nosotros seguíamos charlando como si mi abuelo fuera el mejor Maestro del mundo y yo como un pequeño saltamontes (por decir algo). Después de caminar como unos 5 Kilómetros. Llegamos a un lugar donde había ya un poco de monte, la hierba ya era más baja y cada vez el río era más estrecho. Y en ese momento me dice:
– Bueno Quino, vamos a parar aquí. Nos sentamos un poco. Merendamos y de paso como puedes apreciar aquí hay 3 sauces también y como puedes ver, los tenemos al lado y vamos a jugar con ellos.
-Estupendo, me parece muy bien. Pues ya creía que no íbamos a parar.
-Tranquilidad, nieto que las cosas no se saben en un día.
– Me imagino. Más solo era un comentario.
– Antes de merendar, vas a hacer una cosa. Intenta coger una rama de cualquiera de los 3 sauces que hay aquí y a ver si rompes una. Pues son unos árboles muy curiosos.
– La verdad, no sé a lo que te refieres. Pero bueno voy a ver qué puedo hacer. Cogí una rama y sin darme cuenta se me escapó sola. Mi abuelo se reía… Bueno vale a ver si a la tercera o la quinta vez soy capaz. Volvía a coger otra, la agarré, la apreté, traté de romperla. Pero se dobló y se volvió a escapar a su lugar de procedencia. Normal, era flexible y sin saberlo. Mi abuelo cada vez se reía más… A ver abuelo, lo estoy intentando. Vamos a ver si con un poco de maña puedo lograrlo. Me subí al sauce y como sus ramas son muy resbaladizas me caía a la hierba… Y ambos nos reímos ya que por mucho que intentara no lograba romper una rama de un sauce, ni de cachondeo. Al final ya me dice.
– Tranquilo. No te desgastes. Todo tiene un aprendizaje y lleva su tiempo.
– Ya y ¿si eso me lleva toda la vida?
– Para eso vinimos hoy aquí, nieto.
Me tranquilizó que dijera eso. Merendamos ya que ambos teníamos hambre y en un momento me dice:
– Es hora de irnos.
– Abuelo… ¿Y no quedaste en explicarme lo de las ramas?
– A ello vamos, mientras caminamos de vuelta.
Cuando más o menos llegamos a la misma entrada de donde habíamos dejado al principio de subir el río, me paró y me dijo:
– Ahora presta atención. Si viste antes de ida, los sauces estaban cuidados, arreglados porque las personas que trabajan los terrenos se ocupan al mismo tiempo de que los sauces no invadan sus terrenos como si estuvieran a monte. Pues esto tiene su moraleja.
– Cada vez entiendo menos abuelo. Me estás tomando el pelo.
– Algún día me lo agradecerás…
– A ver, suelta no me dejes en ascuas…
– Es normal, eres muy joven. Pero escucha bien lo que hoy te voy a decir. Todo lo que viste en este recorrido de arriba a bajo y de abajo arriba es en realidad la vida y me explico: Al principio pudiste apreciar que los sauces (a pesar de ser de los ríos) estaban muy bien cuidados y siguiendo un determinado camino también hasta que llegamos casi al curso del río y aquellos 3 que estaban sin cuidar, estaban a monte, unas ramas para un lado, otras para otro, creciendo de una manera desorbitada sin que nadie los frene.
Y eso es para que sepas que cuando un día te llegues a casar. Recuerda que tanto tu mujer como tú, si tenéis hijos; tendréis que cuidarlos y educarlos con mucho mimo a semejanza de los sauces de abajo y no los de arriba que cuando están a monte es imposible de reducirlos porque ya son mayores de edad y no se pueden modificar.
@Joaquín Lourido texto
Cee – A Coruña (España)
@imagen Rivera Maneida de Pinterest
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