sábado, abril 4 2026

El abuelo y el ángel por Ricardo Mazzoccone

Los aromas a comida casera inundaban la casa. El calor en las habitaciones, regaban bienestar y armonía, invitando a todos a juntarse alrededor de juegos de mesas, entre risas y gritos.

Todo transcurría entre conversaciones profundas y banales, insustanciales. Solo el abuelo Mariano se quedó en su cuarto, cavilando entre sombras.

Fue Pilar la que entró a la pieza, encendió la luz, se sentó en la cama al lado de su padre y lo miró.

—Me quiero ir hija—Fue lo primero que dijo el hombre. El corazón de Pilar se aceleró.

—Ok, ok, ándate papá. Eso sí, decime a dónde te vas. La casa que teníamos se tuvo que vender para pagar las deudas que quedaron de la enfermedad de mamá. Dinero para un geriátrico no tengo ni creo que vos soportes quedarte en uno. Y de tu familia solo vos estás vivo. Tus hermanos murieron. No te queda otra que quedarte acá con Mauro, los chicos y yo—Dijo casi sin respirar.

—Entendé un poco por favor, hacemos todo lo posible para que estés bien, cómodo, que no te falte nada… ¡Qué insensible sos, carajo! ¡No vas a cambiar nunca! Soy una cuarentona que trabaja como una de veinte, Mauro cumplió cincuenta y vive trabajando. Los chicos te tratan bien. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance.

El anciano escuchaba y miraba por la ventana con los ojos llorosos. Luego habló.

—Pilar, hija mía. Es verdad todo lo que decís y estoy agradecido por todo lo que hacen.

Pero mi problema pasa por otro lado. Cuando decís que no me falta nada… Si me falta. Me falta tu madre, Angélica, la mujer que estuvo a mi lado cincuenta años. Me falta Rocco, el perro que nos acompañó casi quince. Siempre estaba a mi lado. Mi casa, esa que construí con mi padre, ladrillo a ladrillo. El viejo Ford falcón que me llevó a todas partes durante veinticinco años. Me faltan mis
padres, mis hermanos, los amigos del colegio. Se fue mi vida y la extraño, hija. Vos y los chicos son lo único que me queda. Y Mauro que no es mi sangre, pero me soporta.

Paso la mayor parte del tiempo en este cuarto, con soledad, mi dolorosa compañera. No me gusta la televisión, dejé de leer porque aún con lentes me cuesta enfocar las letras y la música me deprime porque me trae recuerdos. Soy un desastre, lo sé.

Ustedes están viviendo su vida y es lo que deben hacer. Yo ya lo hice y está bien que no tengan tiempo para mí. Siento que soy un lastre del cual los quiero liberar. Por eso me voy.

—Ay, basta, papá. No hables más. Vos no te vas a ir a ningún lado ¿Ok? —

Dijo algo ofuscada y cerró la puerta del cuarto con vehemencia. Al quedarse solo, caminó hasta el escritorio y escribió un mensaje de adiós.

Al terminar, sacó del placar su viejo bolso con el que se había marchado de la casa de sus padres a los quince años y revisó el contenido.

—Tengo todo lo necesario— Dijo en voz baja. Complacido se recostó en la cama, en la oscuridad para zambullirse desnudo en el océano de los recuerdos.

Esa noche no quiso comer. Ante el llamado de su nieto Axel, se hizo el dormido. Un rato después, Pilar le dejó un plato con empanadas por si tenía hambre al despertar.

Ese gesto emocionó a Mariano más no puso en duda su decisión. De hecho, la reforzó. Se quedó dormido. A las tres de la mañana se despertó, se levantó, miró con tristeza el cuarto por última vez, mientras lamentaba profundamente que las nostalgias no le permitieran disfrutar del amor de su hija y nietos.

Sigilosamente caminó por la casa, emocionado. Al salir cerró y tiró la llave hacia el balcón. Atravesó las sombras de la noche, fría y distante por la calle. El corazón le pesaba, como así también las piernas. La soledad se había vestido de gala para acompañarlo.

Cuando llegó a la terminal de ómnibus, compró un boleto de ida al norte del país. El viaje era de treinta horas. Siempre había soñado morir bajo un cielo estrellado, en la Quebrada. Se sentó en la banca a esperar la llegada del micro. Antes, compró un alfajor de chocolate y un paquete de cigarrillos. Hacía treinta años que había dejado de fumar.

Con la primera pitada que le dio, tosió. También con la segunda y con la tercera. No hubo cuarta. Cigarrillo y paquete volaron por los aires.

—Ya no estoy para esto— Dijo entre dientes. Y se comió el alfajor.

Se quedó quieto, tranquilo, pensando. Cerró sus ojos, abrazado a su reseco bolso de cuero.

Se durmió, pero despertó enseguida y se encontró con la mirada de un perro callejero. Le acarició la cabeza y esperó una reacción. El can lo miraba sin moverse. Fue de pronto que vio en sus ojos, fragmentos de su vida. Había recuerdos con sus padres, con sus amigos del barrio jugando a las
figuritas o a la pelota en la plaza. La laguna donde, con trece años, le dio el primer beso a su novia, Silvia.

Apareció Stella, la mujer de su vida. Tenía veinte años cuando la conoció. Recordó que apenas la vio supo que moriría en sus brazos. Nunca pensó que sería ella, la primera en partir. Sintió en su alma, el nacimiento de Pilar y Tomás, sus hijos, la infancia de ambos.

La vieja ferretería que heredó de Don Manuel, su padre. Su muerte y la muerte de tantos amigos y familiares.

—Ahora tengo la respuesta a la pregunta de quién quiere vivir para siempre: NADIE.

La vida es muy compleja como para vivirla eternamente — dijo en voz alta.

Y siguió mirando en aquellos ojos.

De pronto estaba Pilar, llorando por él, deseando que su padre regresara. Pidiendo perdón por no haberle dado el amor que necesitaba. Por no haberlo entendido. Su tristeza le partió el alma en mil pedazos.

Con ojos llorosos y manos temblorosas, acarició la cabeza de aquel perro. Este se apoyó en sus piernas y con su boca, tomó delicadamente la manga de su abrigo.

— Tenés razón, vamos — dijo un Mariano abrumado.

Se levantó con bríos y caminó con aquella mágica compañía.

—Te voy a llamar Ángel y te vas a quedar conmigo. Solo espero morir antes que vos.

El amanecer asomaba con sus delicadas luces y el cielo negro se transformaba en un telón celeste oscuro. La ciudad se despertaba lentamente.

Cuando llegó a la casa, se emocionó al escuchar los gritos de Pilar.

— ¡Te voy a matar papá! ¿Cómo haces una cosa así? ¿Estás loco? — le dijo sin dejar de abrazarlo y llorar de alegría.

—Te pido perdón, viejo ¡Te amo tanto! Sos lo único que me queda. Mamá ya se fue y solo quedás vos. ¡Te necesito, carajo! Detrás de esta máscara adulta, seria, ácida por momentos, sigue estando aquella chiquilla consentida por su padre.

Mariano estaba conmovido. Se quedaron abrazados un buen rato.

—Vamos, entremos por favor— dijo la mujer.

—Espera. Quiero presentarte a quien me trajo de vuelta. Me enseñó el camino. Gracias a él tengo muchas cosas que contarte. Fue entonces que se hizo a un lado para que Pilar lo viera. Pero no estaba. Mariano, extrañado, comenzó a buscarlo. Fue hasta la calle y gritó su nombre
varias veces. Pero no estaba, se había ido.

—No entiendo, estaba conmigo, a mi lado. Vos lo viste— dijo.

—No papá, llegaste solo. Estás confundido.

El anciano se quedó inmóvil, pensando. Hasta que entendió. Fue entonces que miró al cielo y dijo con voz apenas audible.

—Rocco…

@ Ricardo Mazzoccone.- Historias de 00Richard


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