Una piña confitada para Severo Sarduy. Entrevista a Oneyda González y Gustavo Pérez Fernández

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by EDINSON ALADINO  (Publicado en Rialta.Org)

Los realizadores cubanos conversan en detalle sobre la génesis y filmación del documental ‘Severo secreto’.

El exilio es también eso: borrar la marca del origen.
Severo Sarduy

La vida de Severo Sarduy es un tapiz sinuoso, complejo. De ahí que el documental Severo secreto, de los directores Oneyda González y Gustavo Pérez Fernández, circunde de manera ingente y notable los hilos de la biografía del escritor cubano. Oneyda y Gustavo son camagüeyanos, como Sarduy. Gustavo Pérez Fernández nació en Camagüey en 1962 y actualmente reside en Miami. Poeta, fotógrafo y cineasta. Aunar lo imprevisible es una antología de su obra poética, que fue publicada por Ediciones Unión, La Habana (2010). Fotos suyas se han expuesto en Cuba, Italia, Bélgica, Portugal y Estados Unidos. Entre sus documentales destacan Todas iban a ser reinas, Transitando, Ave María y Severo secreto, su más reciente incursión en el audiovisual. Oneyda González nació en Camagüey en 1961. Su proyecto Severo secreto obtuvo el premio Cinergia y participó en el Taller de Guion del Talent Campus, Guadalajara (2012). Obtuvo la Beca de Investigación Amigos de la Biblioteca de Princeton (2015) y el Fondo Noruego para el Cine Cubano (2016). Recientemente ha publicado el libro Severo secreto. Una biografía coral sobre Severo Sarduy, Rialta Ediciones (2022) y El lazo infinito (2023), Premio Octavio Paz de poesía, Akashic Books, Brooklyn, 2023. Queremos expresar aquí nuestro profundo agradecimiento a Oneyda y a Gustavo por haber aceptado esta invitación y por la generosidad que tuvieron al compartir la permanencia de sus palabras.

Nos situamos en el contexto de la biografía del escritor, en el trayecto de una carrera literaria y la posible recuperación de su sentido. Vemos así que el documental Severo secreto inicia con una cita de Sarduy: “La vida de un hombre, evidentemente, comienza mucho antes de su nacimiento y quizás continúa después de su muerte”. Teniendo esto en cuenta, mi primera pregunta tiene que ver con la cercanía de Sarduy y el camino que él mismo les fue zanjando, vía el proyecto del documental. ¿Hasta qué punto la presencia del escritor los acompañó? Pues como dice una de las entrevistadas, Gladys del Pilar Castellanos: “Severo está aquí con nosotros”.

G/O. Creo que Sarduy estaba en nuestro camino, que lo echábamos de menos y lo buscábamos ya antes de conocerlo. Así pues, al dar con él, no nos fue extraño, sino que sabíamos que el hallazgo era radicalmente importante y pronto su figura llegó a ser muy cercana para nosotros: por un lado, la resolución que tomamos, por el otro, la necesidad, el deseo que también Sarduy tenía de la isla y que no ha menguado, más bien pensamos que se halla en expansión: estábamos necesitados de un referente como ese. Y, creemos también, que de algún modo él se mantuvo “atento” al trayecto que escogimos, porque hubiera sido muy difícil hacer algo tan demandante sin su colaboración, sin preguntarnos cómo lo vería él antes de darnos la venia. Eso desde lo que nos toca, pero no faltaron lectores sabios, amigos y cualquier tipo de admiradores que estuvieran muy atentos a nuestros pasos con “su” Severo.

El caso es que Sarduy debía acompañarnos, ya fuera a través de los seres y los objetos que nos hablaban de su vida o de su creación literaria como también plástica. Así es que su nombre abrió puertas para comenzar y más tarde para sostener el ritmo durante el proceso de investigación. Conviene decir que al principio fue bastante complejo, porque, de alguna manera, había que vencer ciertos “exámenes” para ser confiables como investigadores de esa especie de mito que ya era Severo Sarduy.

Así es que todo fue evolucionando y alcanzando mayor consistencia cuando finalmente tuvimos sus Obras completas y fue posible leerlo como un sistema, porque en principio, apenas conocíamos algunos textos suyos; una vez realizada esa primera lectura pudimos poner pie en tierra respecto a la dimensión de su trabajo. Por otra parte, si bien no íbamos a hacer un estudio únicamente estético, tampoco iba a ser de un exclusivo interés biográfico: desde el comienzo deseábamos acercarnos al ser humano cuyo carácter nos había conquistado por su familiaridad, su simpatía insólita y, especialmente, por ser el productor de una obra admirable.

En definitiva, queríamos que se sintiera en Cuba su presencia: quién era Severo Sarduy en otras muchas dimensiones. Teníamos el compromiso de continuar, como fue dicho de varias formas por algunos de los entrevistados e incluso antes, cuando su nombre captó nuestra atención y la primera pregunta que nos hicimos fue: ¿por qué un escritor cubano (camagüeyano, para más coincidencia) con una obra y una personalidad de interés universal nos resultaba “desconocido”?

¡Para mí era muy extraño también, que graduada de una carrera literaria y trabajando en el ámbito de la cultura, en la misma ciudad pequeña donde él había nacido pocos lustros atrás! Sentí que algo nos escamoteaban, pero más que saber por qué había ocurrido (y era ya bastante obvio), teníamos un propósito superior: transformar esa realidad siguiendo las huellas que comenzaban a hacerse visibles. Pronto aparecieron aliados: personas que lo conocieron y querían hablar sobre Sarduy. Y fue muy curioso, porque aquello era más bien un secreto a voces, de esa forma, comprobamos que no era tan desconocido como creímos al principio.

Mucha gente de su generación lo recordaba del bachillerato, por ejemplo. Algunos deseaban compartir vivencias y, al mencionarlo, hacían descripciones exhaustivas, daban detalles sobre su modo de ser, sobre su apariencia o su carácter; a veces sin que nos dieran tiempo a preguntarles. Otros se detenían para sustentar que ese mismo Sarduy era muy generoso, que era muy elegante y pulcro. Que era muy serio y comprometido con los estudios, con la familia y con los amigos. Iba saliendo todo a la vez, así que decidimos registrar cuanto interesara. Estaba claro que sus conocidos estaban dispuestos a colaborar y confirmamos que Sarduy era un ser de un brillo y de una simpatía inusual.

Así es que la solidez de su carácter y la sensación de cercanía que sobre él nos iban dejando, logró cautivarnos y fue clave para que creciera nuestra confianza y decidiéramos hacer algo por superar el injusto silencio. Parecía cierto que “estaba allí con nosotros” y que él mismo consentía en narrarse, en volver a ser visible en su ciudad y en su país (a través de estas personas que guardaban ese fulgor), esa manera encantadora de ser que tenía y valía la pena compartir. Una curiosidad en medio de todo era esa capacidad suya de jugar con seriedad o de trabajar con la mayor diversión. Finalmente, no creía en conceptos rígidos, ya fueran acerca de las cosas o de las personas.

Hay algo que me llamó la atención y es la yuxtaposición de elementos disímiles al inicio del documental, los cuales tienen que ver con el archivo de Severo Sarduy que está en Princeton. Estos objetos representan la estética sarduyana y definen la tonalidad narrativa del documental. “La biografía de un hombre es un corte bastante arbitrario”, se oye decir a Sarduy al inicio mientras la curadora acomoda los objetos del archivo en una especie de retablo. Así pues, toda biografía o narración no puede eludir el trazo del corte; pero lo magistral del documental es que el corte es lo más admirable porque la historia inicia en Europa, en París, y desemboca en Cuba, en Camagüey. ¿Cómo llegaron a determinar el hilo narrativo para seguir las huellas de Sarduy?

G/O. Tus palabras tienen la capacidad de distinguir la simbología de los objetos que pertenecieron a Severo Sarduy y que fueron útiles para dar un sentido a la narración de su vida, aunque los presentemos en el principio envueltos en un halo de misterio. Era clave desde ese momento exponer la dimensión de su trabajo y de su carácter para que la gente se planteara preguntas que ya nosotros nos habíamos hecho. Y porque en ese principio el personaje debía conquistar al espectador, dejarlo convencido del gusto que les daría, conocerlo mejor. Y que, a partir de allí, nosotros pudiéramos contarle de dónde había surgido esa voluntad, esa simpatía. Descubrirles cómo decidió, por sí mismo, partir tras sus sueños, en busca de un espacio más libre y abierto. Esto nos permitió darle una estructura a la historia un tanto sarduyana. ¡Teníamos que traerlo de regreso! Y digo esto un poco en broma (porque es una frase que se repite a menudo), pero también en serio, porque al conocer la dimensión de su legado se siente un atractivo en contraste con el “olvido” que persistía dentro de la isla todavía entonces.

Están allí solo para lograr ese atractivo desde el comienzo y para distinguir dentro del todo el enigma de este ser, que, pareciendo un mago, fue, sin dudarlo, también un trabajador: un obrero. Y que, con esa exposición a modo de prólogo, apareciera, poco a poco, el “yo” del personaje. Debió ser así desde el origen, porque de otra forma probablemente hubiéramos desechado las canicas, por ejemplo, después de considerarlas graciosas (un simple objeto de la infancia y ya); decidimos, pues, aprovechar el valor significativo que tendrían formando parte de la construcción del personaje por la simbología que hay detrás de ellas: la expresión de ese “niño eterno” que sus familiares, amigos y conocidos veían en Severo Sarduy.

Con ello celebrábamos también el quehacer archivístico, porque nos sorprendió verlas allí formando parte de sus objetos personales: lo que es una valoración en el contexto de su imagen como escritor. ¿Sarduy jugaba (todavía) a las canicas, o solo quería recordarnos que venía de un ambiente lúdico? ¿O las guardó al ver que su madre las conservaba? ¿O era de esos seres cuyos objetos de la infancia son una especie de amuleto? ¿Una protección? ¿¡Quién lo sabe!?

(Continuar leyendo en Rialta.org)

 


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