by Anna Calpe // Entrevista publicada en La Vanguardia
González-Corró explica, a partir de su libro ‘Un hígado feliz’ por qué el hígado graso se ha convertido en la afección hepática más común y qué factores están detrás de su crecimiento, también entre personas cada vez más jóvenes
Muchas enfermedades hepáticas avanzan en silencio y pueden pasar años sin dar señales claras. “Pese a desempeñar un papel esencial en funciones tan importantes como el metabolismo, la digestión o la eliminación de sustancias de desecho, el hígado sigue siendo uno de los órganos más olvidados”, señala la doctora Marta González-Corró, licenciada en Medicina y Cirugía, a La Vanguardia.
Autora de Un hígado feliz (Alienta), la especialista subraya que muchas de las patologías hepáticas más frecuentes ya no están relacionadas solo con el alcohol o las infecciones, sino también con los hábitos de vida actuales. En conversación con La Vanguardia, González-Corró explica por qué el hígado graso —hoy denominado enfermedad esteatósica hepática metabólica— se ha convertido en la afección hepática más común y qué factores están detrás de su crecimiento, también entre personas cada vez más jóvenes.
Describe al hígado como un órgano silente. ¿Qué síntomas pueden indicar que existe algún problema hepático?
El problema con este órgano es que no suele dar señales muy claras al principio. Los síntomas, cuando aparecen, son inespecíficos: cansancio persistente, niebla mental, dificultad para concentrarse, digestiones pesadas, alternancia entre estreñimiento y heces más sueltas, migrañas, congestión nasal o incluso ciertas reacciones como ponerse rojo con facilidad. Pero ninguno de estos síntomas apunta de forma directa al hígado. Por eso muchas veces la primera sospecha aparece a partir de una analítica rutinaria.
¿Qué valores indican que existe alguna alteración?
Si las transaminasas están ligeramente elevadas, aunque no sea una hepatitis, puede indicar que el hígado está algo sobrecargado. También una ferritina un poco alta puede orientarnos. Otra herramienta habitual es la ecografía abdominal. Muchas veces ahí se detecta grasa en el hígado y se le resta importancia porque es poca. Pero precisamente cuando es poca es cuando más margen tenemos para revertirla con cambios en el estilo de vida. En estadios iniciales, con una buena alimentación, actividad física y, en algunos casos, apoyo suplementario indicado por un profesional, puede mejorar mucho.

La enfermedad hepática más prevalente es el hígado graso. ¿En qué consiste exactamente y por qué preocupa cada vez más a los especialistas?
Es el depósito excesivo de triglicéridos en el hígado asociado a una disfunción metabólica. Se trata de una enfermedad estrechamente relacionada con el estilo de vida y que, en sus formas más avanzadas, cuando progresa hacia fibrosis o cirrosis, puede llegar a convertirse en una causa importante de trasplante hepático.
¿Por qué afecta cada vez a gente más joven?
Durante mucho tiempo se pensaba que el hígado graso era una enfermedad de personas mayores, igual que antes se hablaba de la diabetes tipo 2 como “la diabetes del abuelo”. Sin embargo, hoy vemos diabetes tipo 2 en adolescentes y también encontramos hígado graso en personas cada vez más jóvenes, incluso de 30 o 40 años. Esto ocurre porque el estilo de vida ha cambiado mucho.
No sirve de nada hacer unos días de detox si después mantenemos hábitos poco saludables
¿Qué hábitos del estilo de vida actual pueden resultar perjudiciales y favorecer la aparición del hígado graso?
La dieta occidental, rica en ultraprocesados, harinas refinadas, bollería, grasas de mala calidad y exceso de proteína animal, altera la salud digestiva y la microbiota. Cuando esa microbiota se desequilibra aparece lo que llamamos disbiosis: las bacterias beneficiosas se debilitan y otras potencialmente patógenas proliferan. Ese desequilibrio puede favorecer la inflamación, alterar la barrera intestinal y hacer que el hígado reciba una carga excesiva de sustancias que debe procesar.
Además de la alimentación, ¿qué otros factores contribuyen al desarrollo del hígado graso?
El estrés crónico también tiene un impacto enorme. El ser humano está preparado para un estrés agudo, para reaccionar ante una amenaza concreta y después volver a la calma. Pero hoy vivimos rodeados de “leones”: hipotecas, trabajo, tráfico, problemas familiares, pantallas, móvil, exigencias constantes. Ese estrés mantenido altera el cortisol y puede afectar tanto a la digestión como contribuir a la acumulación de grasa en el hígado.
El estrés mantenido altera el cortisol y puede afectar tanto a la digestión como contribuir a la acumulación de grasa en el hígado
¿Qué papel tiene el descanso en la salud del hígado?
Uno importantísimo. La falta de sueño y la alteración de los ritmos circadianos también pueden derivar en hígado graso. Nuestros órganos tienen horarios. Por la mañana, con la luz, estamos preparados para activarnos; por la noche deberíamos recogernos, descansar y dejar que el cuerpo repare. Pero muchas personas cenan tarde, siguen conectadas a pantallas y hacen la digestión de madrugada. La digestión consume mucha energía y por la noche el organismo debería estar dedicado a reparar, drenar, limpiar y regular procesos inmunológicos. Si dormimos mal o cenamos demasiado tarde, todo eso se altera.
¿Y el deporte?
También es fundamental. El ser humano tiene un sistema osteomuscular diseñado para moverse, pero nos hemos vuelto sedentarios. El ejercicio mejora el metabolismo, reduce la inflamación y ayuda a disminuir la grasa hepática. En hígado graso, por ejemplo, se ha visto que la actividad cardiovascular varias veces por semana puede mejorar el perfil metabólico y la cantidad de grasa en el hígado. No hace falta empezar con entrenamientos extremos. Algo tan asumible como caminar rápido, nadar, ir en bicicleta o hacer ejercicio cardiovascular unos 45 minutos tres veces por semana ya puede marcar una diferencia. Por supuesto, debe ir acompañado de una dieta adecuada, buen descanso y reducción del estrés. Pero el movimiento es una de las herramientas más potentes y accesibles que tenemos.

El consumo de alcohol sigue estando muy normalizado en nuestra cultura. ¿Cómo afecta realmente a la salud del hígado?
El alcohol genera una reacción inflamatoria en el hígado. Esa inflamación afecta a los hepatocitos y al sistema inmunológico hepático, y puede favorecer la acumulación de grasa. Por eso hablamos de enfermedad esteatósica hepática asociada al alcohol o no asociada al alcohol, dependiendo del origen. Además, si el consumo se mantiene durante años, ese proceso puede avanzar hacia fibrosis, que es la acumulación de tejido fibroso, y posteriormente hacia cirrosis. No es algo que ocurra de un día para otro, sino como consecuencia de una exposición mantenida en el tiempo.
¿Dónde está el límite entre un consumo ocasional y uno perjudicial?
No hay una dosis segura de alcohol. Esto es importante decirlo. Durante mucho tiempo se ha hablado del vino tinto por sus polifenoles, pero esos polifenoles también están en la uva. Entiendo que somos una cultura que ha normalizado el consumo de alcohol, pero eso no significa que sea inocuo. Evidentemente, por tomar una copa de vino un día o una cerveza puntual no va a pasar nada. El problema es la repetición: la cerveza al salir del trabajo, la copa de vino al mediodía, otra por la noche, el chupito del fin de semana… Todo eso suma y tiene un impacto en el hígado. Además, no todas las personas metabolizan el alcohol igual. Existen diferencias genéticas y también entre hombres y mujeres: en general, el metabolismo femenino suele ser menos eficaz, por lo que conviene ser más prudentes con las cantidades.
Tomar una copa de vino un día no es el problema; lo que preocupa es la cerveza al salir del trabajo, la copa al mediodía y otra por la noche
Muchas personas recurren a zumos detox, ayunos o suplementos para “limpiar” el hígado. ¿Realmente funcionan?
Lo primero que hay que entender es que el hígado detoxifica de forma continua, no solo cuando hacemos una cura detox. Más que “limpiarlo” unos días, deberíamos evitar sobrecargarlo: cuidar la alimentación, reducir ultraprocesados y alcohol, dormir bien, controlar el estrés y limitar la exposición a tóxicos, incluidos algunos productos que usamos sobre la piel. En algunos casos puede tener sentido apoyar la salud hepática con estrategias pautadas por un profesional, pero no sirve hacer unos días de detox si después mantenemos hábitos poco saludables.
En ese sentido, ¿cómo podemos reducir la exposición cotidiana a sustancias que pueden sobrecargar el organismo?
Podemos empezar por cosas sencillas. Todo lo que tiene olores muy intensos suele contener compuestos que conviene evitar o reducir. Perfumes muy persistentes, ambientadores, productos de limpieza muy agresivos o cosméticos con fragancias fuertes pueden aumentar esa carga química diaria. También deberíamos revisar el uso de plásticos, especialmente cuando están en contacto con alimentos o bebidas calientes. No es buena idea calentar comida en recipientes de plástico ni dejar botellas de plástico al sol. Lo mismo ocurre con algunos antiadherentes deteriorados o envases que liberan sustancias con el calor. No se trata de vivir con miedo ni de obsesionarse, sino de reducir la exposición donde sea fácil hacerlo: usar vidrio o acero inoxidable, ventilar bien, elegir productos de limpieza más sencillos y cosmética con formulaciones menos cargadas. Pequeños cambios mantenidos en el tiempo pueden aliviar la carga de trabajo del hígado.
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