Las Fiestas de Navidad y su rocambolesca evolución by Avelino Muleiro

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Estamos disfrutando de los días más importantes y significativos de las fiestas navideñas. Bien es cierto que el ambiente y los mensajes navideños nos vienen acompañando desde hace semanas, incluso meses, como un impulsivo intento de camuflar los problemas cotidianos y de desactivar las actuales tensiones políticas y desencuentros sociales. Y todo eso para sustituirlo por unos insistentes y fingidos deseos de paz y felicidad. Los festejos navideños vienen cargados de simbolismo religioso y de connotaciones fundamentalmente cristianas, aunque la evolución de esa festividad transitó por múltiples y abruptas fases en el largo itinerario de la historia.

Los primeros datos de la Navidad apuntan al siglo III, cuando los primitivos cristianos celebraban en las catacumbas la Natividad de Jesús. Con Constantino, el primer emperador romano que legalizó el cristianismo mediante el edicto de Milán en el año 313, las celebraciones navideñas salieron al exterior de las catacumbas, logrando difundirse por el Imperio romano. En la actualidad suele utilizarse para esta celebración el nombre de pascua, palabra que proviene de los judíos. Estos celebran la pascua (Pesaj), que significa “pasar”, como la fecha de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, según relata el libro del Éxodo. Esa pascua hebrea coincide siempre en el mes de abril del calendario gregoriano. La expresión “felices pascuas” se utiliza para desear alegría y felicidad durante todo ese período festivo que va desde la Navidad hasta la pascua de resurrección.

El cristianismo celebra cuatro pascuas, o grandes festividades religiosas: la de Navidad, la de la epifanía (6 de enero) o día de los Reyes, la de Resurrección y la de Pentecostés. Los primeros cristianos celebraban el nacimiento de Jesús el día 6 o 7 de enero. A partir del siglo IV, la Iglesia traslada la data del 6 de enero al 25 de diciembre, que era la fecha en la que el Imperio romano celebraba las saturnales (fiesta rural que duraba siete días) para así eliminar esa fiesta pagana. Además, coincidiendo con el solsticio del invierno, Roma celebraba la fiesta del Sol invicto, cuando los días empezaban a crecer gracias a la presencia del sol.

Sin embargo, no todos los cristianos celebran la Navidad en diciembre como se suele hacer, pues los ortodoxos, a diferencia de los occidentales, lo hacen más tarde. Los cristianos ortodoxos celebran la Nochebuena el 6 de enero, mientras que para ellos es el 7 de enero su fiesta navideña. Y celebran el Año nuevo el 14 de enero.  Como se ve, sus celebraciones tienen lugar dos semanas después de que lo habían celebrado los cristianos occidentales. Y ¿cuál es el motivo de esta diferencia? Principalmente, un desacuerdo con el calendario entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa. La Iglesia católica toma como referencia el calendario gregoriano, introducido en 1582 por el papa Gregorio XIII, calendario que se corresponde con el año solar. Ese es el calendario más utilizado del mundo. La Iglesia ortodoxa toma como referencia el calendario juliano, introducido por Julio César en el año 45 a. C., y que también es un calendario solar, pero ligeramente desfasado con respeto al año solar con el que presenta una diferencia de 23 días que el calendario gregoriano corrigió.

Pero, ¿en qué fecha nació Jesús?

Solamente dos evangelistas -Lucas y Mateo- hacen referencia al nacimiento de Jesús. Ni Marcos ni Juan aluden a ese dato. Sí hay alusión a este asunto en los evangelios apócrifos, en especial el Protoevangelio de Santiago y el Evangelio del Pseudo Mateo, donde se cita a san José como carpintero, al buey y al burro como animales que le dieron calor al niño en Belén, a la llegada tardía de los Reyes Magos a la cueva -no citan al pesebre- donde estaba el niño Jesús… Hasta el siglo XVI, el calendario vigente era el calendario juliano, implantado por el emperador Julio César en el año 45 a. C. Hasta aquella época, los años se regían por la fundación de Roma (ab urbe condita, de Tito Livio). El monje medieval del siglo V, Dionisio el “exiguo”, quiso cambiar el calendario Diocleciano, correspondiente a la etapa de los mártires, por un calendario cristiano que comenzaba la cuenta con el nacimiento de Cristo. Y tomó como referencia la Pascua de resurrección como había propuesto el concilio de Nicea en el 325. A partir de aquí quiso reemplazar los años dioclecianos que se usaban en las tablas de Pascua por otras que confeccionó él mismo. Pero se equivocó en la fecha del nacimiento de Cristo, porque al datar la muerte de Herodes I, que persiguió a los niños menores de dos años, la coloca cuatro años antes de nacer Jesús. Dionisio sitúa el nacimiento de Jesús en el año 753 desde la Fundación de Roma –ab urbe condita (AUC), que equivale al año 1 después de Cristo, cuando debería situarlo en el 748. El historiador judío Flavio Josefo sitúa también la muerte de Herodes I en el año 754 AUC, cuatro años antes de nacer Cristo. Por lo tanto, está casi admitido por todos los estudiosos de este tema que Cristo había nacido el año 4 antes de Cristo.

Pero hay otro problema más: el mes del nacimiento. Ateniéndose a los evangelios, según Lucas, el arcángel san Gabriel le comunica a Zacarías que su mujer, Elisabeth, va a quedar embarazada. Seis meses después, el arcángel visita a María y le dice que va a concebir un hijo que se llamará Jesús. Pues bien, echando cuentas entre el nacimiento de Juan Bautista, hijo de Zacarías y de Elisabeth, que tendría lugar 280 días de la aparición de Gabriel a Zacarías en el templo (teniendo en cuenta que era agosto el mes que le tocaba a Zacarías cuidar del templo), sería entre el 19 y 20 de abril, Jesús nacería seis meses después, es decir, entre septiembre y octubre. Esta tesis la avalan varias circunstancias: 1.- Lo que dice el evangelio de Lucas sobre los pastores, “que tenían los rebaños a la intemperie”, y por lo tanto no podía ser invierno. 2.- César Augusto obliga a censarse, en consecuencia, no podía ser invierno cuando la gente se tenía que desplazar.

Los calendarios juliano y gregoriano

En el año 1582 aparece el calendario gregoriano, impulsado por el papa Gregorio XIII, que sustituye al calendario juliano, cumpliendo la propuesta del concilio de Trento (1545-1565). En el concilio de Nicea (325) se decidió que la Pascua se tenía que celebrar el domingo siguiente al plenilunio del equinoccio de primavera en el hemisferio norte, y en el de otoño en el hemisferio sur. Pero con el paso de los años, el desfase entre el cálculo del año trópico en el sistema juliano (365 días y 6 horas), que incluía un año bisiesto cada cuatro, originó un desfase de algo más de 11 minutos (ya que el año tiene 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos). De ese modo, entre el concilio de Nicea, 325, y la implantación del calendario gregoriano, 1582, había más de 10 días de error.

Pues bien, el calendario gregoriano modificó la regla de los años bisiestos estableciendo una excepción: que los años que sean divisibles por 100 no sean bisiestos, con excepción de los divisibles por 400 que sí lo serán.

La iconografía navideña y su significado

Las luces. Actualmente, la iconografía navideña es prolífica y polícroma en sus recursos decorativos. Empezando por las luces, que representan las velas que se utilizaban en los primeros tiempos del cristianismo, simbolizando a Cristo como luz del mundo. Hay quien las interpreta como símbolo del Sol Invicto de los romanos. En los últimos años, el desafío de las luces en algunas ciudades forma parte de ciertos retos políticos, consolidándose una obsesiva competencia en las grandes metrópolis por superar en número de bombillas al resto del país.

Los belenes de Navidad, conocidos como nacimientos o pesebres, son representaciones del nacimiento de Jesús y tienen un profundo simbolismo en la tradición cristiana. Introducidos por san Francisco de Asís en 1223 -a España parece que llegaron en el siglo XV de la mano de la orden franciscana-, simbolizan la humildad y la simplicidad del nacimiento de Jesús en un pesebre.

Las figuras principales de los belenes incluyen al Niño Jesús, a la Virgen María y a san José, representando el amor, la fidelidad y la obediencia, respectivamente. Pero también suelen estar en el pesebre la mula y el buey, animales representativos de la cabaña de aquella zona. Delante del pesebre aparecen los pastores, que expresan una alusión a las personas a las que se les apareció el ángel para notificarles el nacimiento del Mesías. Fuera del pesebre cabalgan Melchor, Gaspar y Baltasar, los tres Reyes Magos, que representan la universalidad del mensaje, orientados por una estrella que simboliza la fe y la guía espiritual. Y colgado sobre la puerta del pesebre aparece el ángel anunciante del evento. En los belenes actuales se multiplican las figuras de personajes populares, de políticos, de monumentos, de símbolos, de catástrofes recientes, de profesiones…

Árboles de Navidad. Proceden del norte de Europa, aunque también se supone que proceden de Alemania, cuna del protestantismo, que es una religión iconoclasta. Después fue exportado a América. El árbol se considera un símbolo de la vida de Jesús.

Villancicos. Son canciones populares (de la villa), de carácter profano, aparecidas en España y Portugal, y que con el tiempo se asociaron a las fiestas navideñas.

Papá Noel (papá de Nadal), Santa Claus o San Nicolás son nombres diferentes para nombrar a San Nicolás, identificado como Nicolás de Bari, un obispo del siglo III-IV nacido en Licia, en la actual Turquía, del que se cuenta mucha generosidad y milagros. Al parecer, resucitó a niños que habían sido asesinados, repartía oro a las personas necesitadas… De esa manera nació el mito de relacionarlo con los regalos, recobrando la antigua relación con las saturnales donde se hacían regalos.

El nombre de San Nicolás se fue traduciendo a las distintas lenguas y siempre en relación con las fiestas del Sol Invicto. En España tomó el nombre de Papá Noel, derivado de Francia del “Père Noël”. En el siglo XVII los holandeses al fundar Nueva Amsterdam (después Nueva Iork) llevaron allí sus costumbres, entre ellas la de Sinterklaast, patrón de Holanda, que más tarde se deformó en la pronunciación de Santa Claus. Escritores del siglo XIX y XX acabaron de popularizarlo.

A mediados del siglo XIX, de América pasó a Inglaterra y de Inglaterra a Francia, de donde copió España. En la actualidad se coloca en el Polo norte viviendo entre duendes y arrastrado por un trineo y un saco lleno de regalos.

La evolución de las fiestas navideñas

Pienso que para muchas personas la Navidad perdió su significado religioso original. En una inmensa mayoría, las celebraciones se centran especialmente en aspectos seculares más que en las tradiciones religiosas. El protagonismo del Jesús nacido en el pesebre de Belén le fue arrebatado por Santa Claus, Papá Noel y por los mismos Reyes Magos. Frente a la sobriedad y humildad del niño Jesús del pesebre, estos personajes importados de otros países aparecen contorneados de un aura de generoso y despilfarrador dispendio.

Las reuniones en las fechas previas a la Navidad se multiplican y son algo ya habitual en la sociedad, no solo con la familia, sino y sobre todo con los amigos, con la empresa, con los compañeros del gimnasio, con los grupos del WhatsApp… aunque frecuentemente pueden percibirse como un deber más que como una celebración genuina. La presión para asistir a múltiples eventos puede generar estrés y hacer que las personas se sientan agotadas, restando así valor a las interacciones significativas e importantes.

La Navidad también abastece a la política con mensajes directos y con símbolos fácilmente descifrables por la ciudadanía. Claro ejemplo de estos últimos es el Nacimiento de este año colocado en el Vaticano, en el que la cuna del Niño Jesús está decorada con una ‘kufiya’, el tradicional pañuelo o bufanda palestina, un símbolo de los más reconocibles mundialmente de la lucha de ese pueblo.

¿Cómo entender esa deriva de la original Navidad del siglo III hasta esta Navidad mercantilista y consumista? Si acudimos a la hermenéutica de Hans-Georg Gadamer, los horizontes representan las perspectivas desde las que comprendemos el mundo. La «fusión de horizontes» es un proceso clave que describe como se logra la comprensión al integrar el horizonte del pasado con el del presente. Este concepto implica un diálogo crítico entre diferentes perspectivas, permitiendo una nueva comprensión. Aplicando esa teoría a la evolución de estas fiestas podemos comprender un poco más el sentido de esa profunda transformación.

La cuna de estas celebraciones, ubicado en el siglo III, estaba tejido con los mimbres vigorosos de un nuevo cristianismo desafiante y pertinaz. Sin complejos y con fervor entusiasta, aquellos primeros cristianos conmemoraban el nacimiento del niño Jesús intentando imitar y reproducir los mensajes que relucían en la figura del fundador de su religión. Y así reproducían y exaltaban la sencillez, la humildad y la estrechez económica de los padres del recién nacido, que había provocado en los vecinos y conocidos del entorno una enorme empatía y admiración. E imaginaban que aquellos vecinos irían acercándose al pesebre de Belén, en el que circunstancialmente se había instalado aquella familia judía para ofrecerle ayuda y colaboración. Yo imagino que debajo del dosel de esos valores, tejidos con cierto encanto imaginativo, nació la primera Navidad.

La Navidad de la Edad Media era una festividad de 12 días que combinaba tradiciones cristianas y paganas. Durante esos días se celebraban misas especiales, banquetes, bailes, cantos y juegos. Las casas se decoraban con ramas de acebo y hiedra, y se quemaba el tronco de Navidad como símbolo de buena suerte. También se intercambiaban regalos y se organizaban desfiles, pantomimas y torneos.

Durante la Edad Moderna, la Navidad en España era una celebración profundamente religiosa con tradiciones heredadas de la Edad Media. En el siglo XVI, se popularizaron los belenes y villancicos, y la Misa del gallo era un evento central. Las cenas de Nochebuena se hicieron más opulentas y además la tradición de los belenes se extendió por todo el país.

Pasados tantos siglos desde los inicios de esta festividad, aquel espíritu entusiástico originario se fue menguando hasta el punto de que actualmente quedó intencionadamente debilitado por el espectro incisivo y corrosivo de un insaciable consumo. La Navidad se convirtió en un oxímoron ontológico donde la austeridad y la humildad que marcan el mensaje fundacional se transformaron en boato, ostentación, fasto y dispendio. El consumismo, en un laberinto de delirio, alcanza en estas fiestas su máximo exponencial, porque el gasto desenfrenado, impulsado por la presión social y la publicidad, aumenta significativamente en los hogares contribuyendo a reforzar las desigualdades sociales y afectando negativamente a las finanzas personales.

Sería necesario conciliar la tradición con la modernidad, recobrando la sensatez en las celebraciones, alejándose de la publicidad exaltada con motivaciones siempre ocultas, apostatando de las emociones bulímicas, evitando las compras compulsivas e innecesarias, programando presupuestos para regalos, priorizando las reuniones familiares, rechazando ofertas y presiones externas… Todo eso implicaría celebrar las fiestas con una mínima dosis de racionalidad y así poder salir indemnes de esa batalla consumista que tiene a punto todo su arsenal publicitario para atacarnos de cerca.

 


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