Mi amor platónico fue y sigue siendo Paul Newman. Y no, que esté muerto no es un problema. Si lo miramos bien, ahora no tiene excusas para rechazarme.
Desde niña, cuando volvía del colegio con el uniforme hecho un desastre, me imaginaba que el hombre que veía a lo lejos —ese que aún no podía distinguir— era él. Siempre era él. Antes de que la realidad tuviera tiempo de interrumpir mi película mental, yo ya había despegado.
Ahí estaba yo, convencida de que el dios de los ojos azules venía a rescatarme del tedio infantil. Pero, claro, cuando la distancia se acortaba y distinguía al vecino con la boina ladeada, la fantasía se desplomaba como un bizcocho mal horneado. Aun así, durante esos pocos metros, yo había sido la protagonista de su película.
Con los años, mi devoción por Paul Newman dejó de ser un simple enamoramiento para convertirse en un culto personal. He visto todas sus películas una y otra vez, me sé diálogos de memoria y hasta he soportado documentales de tres horas que repiten 181 veces que tenía ojos azules. Y, aunque a algunos les suene a herejía, prefiero esos ojos al mismísimo cielo.
Pero lo que realmente me hace suspirar no es solo su talento ni su innegable atractivo (que podría derretir un iceberg). Es su lado humano. Paul no era solo una estrella de Hollywood; era un tipo que cedía su sueldo a causas sociales, que fundó Newman’s Own y destinó cada céntimo de las ganancias a caridad.
Sí, amigos, mientras otros actores coleccionaban Ferraris, él coleccionaba donaciones. Más de 570 millones de dólares han ido a parar a buenas causas gracias a su salsa para ensaladas. ¿Qué clase de hombre convierte una vinagreta en esperanza para el mundo?
Y aquí viene una de mis historias favoritas: durante el rodaje de Al caer el sol (1998), Paul decidió donar parte de su caché a Susan Sarandon porque le parecía intolerable que ella cobrara muchísimo menos que él. En un mundo donde los egos pesan más que las convicciones, él hizo lo correcto, sin alardes ni discursos grandilocuentes.
Paul también fue un activista apasionado, apoyando causas como el matrimonio igualitario y el desarme global. Y, como si ser guapo, talentoso y ético no fuera suficiente, ¿sabías que fue un piloto de carreras exitoso? Ganó competiciones importantes y compitió incluso a los 70 años, demostrando que no había reto que se le resistiera.
En resumen, Paul Newman no es solo mi amor platónico; es mi estándar inalcanzable. Para mí, siempre será el hombre que veía a lo lejos, acercándose con su sonrisa perfecta y esos ojos de piscina infinita. Un amor eterno que, aunque nunca me conoció, me ha enseñado que los dioses de Hollywood también pueden ser humanos.
@Emecé Condado
Paul Newman (26/01/1925 – 26/09/2008).
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