lunes, agosto 31 2026

¿Y si lo hacemos por última vez? by Marcos B. Tanis

Si nos remontáramos a unos años atrás, hasta podríamos jurar que lo nuestro iba a ser eterno, sin embargo, el divorcio era inminente ahora y era mejor para nosotros que lo hiciéramos antes de que nos hundamos en la desgracia del esquivo.

Los dos sabíamos que, tras veinte años de matrimonio, nada era más difícil que vernos partir por caminos diferentes, pero era más difícil engañarnos a nosotros mismos que alguna vez volveremos a ser felices juntos.

—Lo sé, solo quiero que no haya rencores entre nosotros —ella lo miró como si era obvio que, aunque lo pidiera, los habrá de todos modos—, y aunque me mires así, debemos poder perdonarnos.

—Es más fácil cuando el culpable se disculpa —hubo un silencio quedo por unos segundos, luego continuó—, pero te prometo que lo intentaré.

Quise besarla, no sé, tal vez me nació desde el fondo del corazón y ella se alejó, como si yo fuera un verdadero monstruo. La herida de su rechazo me dolió más que el olvido que se avecinaba y no me quedó más remedio que recoger la cicatriz de mis besos no dados.

Los niños ya sabían de la decisión y estaban tristes porque ya no nos verían juntos, Angie era las más reacia en aceptar de que todo se había roto y se encerraba en su habitación cada vez que quería verla. Sé que no he sido un buen esposo, pero he intentado ser el mejor padre para ambas, Raquel también estaba triste, pero ya sabía el motivo de nuestra separación. No me honra que lo supiera y aunque está molesta, sé que aún me quiere.

Me iré lejos, pero dejé mi dirección para que puedan visitarme.

Faltaban solo dos días para que ambos firmemos el documento y nuestra despedida y antes que suceda; se me ocurrió pedirle a Linda que lo hiciéramos por última vez. Tal vez no quiera aceptarlo, pero valdrá el esfuerzo si al menos lo intento una vez más.

—Linda, parecerá egoísta de mi parte, pero me gustaría proponerte algo por si te interesa —de nuevo allí estaba, esa mirada desganada, inconforme—, por favor, solo te pediré algo y será la última vez que lo haga.

—A ver de qué se trata ahora, Israel.

—Me gustaría una última cita contigo, algo íntimo y te juro que no te molestaré nunca más.

Linda no podía creer lo que Israel estaba pidiéndole y hasta pensó que solo estaba jugando con su incipiente exesposa.

—¿¡Estás hablando en serio!? —ella parecía asombrada antes que molesta.

—Sí, para recordar que hicimos algo bueno en el último momento.

Hasta parecía un orador pentecostés que convencía muy fácil a todos sus oyentes y Linda aceptó a continuación.

Aún vivían en la misma casa, aunque dormían en habitaciones diferentes por razones obvias. Pero algo ocurrió esa noche y hasta a sus dos hijas les pareció que habría reconciliación de por medio.

Israel se duchó en el baño del dormitorio principal y una vez hubo salido, ahora le tocó el turno a Linda. Vio su silueta entre humedades y aún se podía ver con claridad las curvas de su anhelada piel. Era extraño lo inalcanzable que se volvió para él algo que ya tuvo entre sus dedos, cuando tamborileaba deseos y arañaba gemidos y lo más extraño fue que salió desnuda como si no hubiera perdido el miedo y él era consciente que lo hizo a propósito porque era parte del contrato.

El sostén de encaje blanco hizo juego con el bikini que se colocó con parsimonia, encima se puso un vestido que le quedó como un guante. Estaba perfecta.

—¿Te ayudo? —se aproximó y me acomodó el nudo de la corbata, sonreí. Estaba siendo la mejor actriz de esta película del divorcio.

Solo me quedé observándola desde cerca, contemplaba su figura, ¿cómo pude ser tan tonto y perderme en el desliz de la mala suerte?, era demasiado tarde y no iba permitirme estropear este momento.

Las chicas sonreían como dos cómplices al vernos salir tan guapos y perfumados. Lo que no sospechaban era que también nosotros lo éramos, por última vez.

—Hijas, saldremos un rato —dijo Linda, no parecía contenta, sin embargo, en sus ojos se podía percibir ese brillo que decía lo contrario.

—Cuídense —sostuvo Raquel como si hablara por las dos.

Elegimos el restorán del centro de Asunción, el que está cerca del Cabildo. Ella quiso una selfi conmigo y me mostró cómo quedó. No me dijo si subiría a sus estados ni nada por el estilo.

Acto seguido, nos trajeron el menú y el vino que pedimos. Mientras cenábamos no tocamos en ningún momento nada que afectara nuestra salida, platicamos de nuestras niñas, de los paseos bonitos y de aquella vez que casi atropellamos a alguien. Nunca nos olvidaremos porque el tipo aprovechó y para no denunciarnos, nos estafó.

Después recorrimos de la mano por la costanera de Asunción, nos subimos en la rueda de la fortuna, incluso en un paseo en lancha sobre el río Paraguay. Fue un momento hermoso y luego vendría lo inolvidable, cuando nos fuimos en un cuarto de un motel.

Actuamos como dos tontos que tendrán sexo por primera vez. Linda se sentó al borde de la cama y con la cabeza gacha, sonreía. No parecía borracha, más bien parecía de verdad avergonzada. Me acerqué a ella y levanté su rostro, sus ojos color perlas siempre me fascinaron y me miró como si me estudiara a profundidad. La levanté de la cama y le tendí mi brazo, ella me miró con los ceños fruncidos, pues sabía que odiaba bailar y hoy me he decidido a hacerlo. Justo en ese momento sonaba una música romántica y la melodía de nuestros recuerdos quedaron impregnados esa noche.

La danza continuó mientras nos desvestíamos con esa salvaje despedida, nos besamos con pasión y rabia e hicimos el amor como dos amantes furtivos bajo una plúmbea luna otoñal. Nos contemplamos en silencio, nuestras miradas sabían lo que querían decir y debíamos esconder para no provocarnos más daño. Ella se posó en mi pecho y yo empecé a acariciar sus cabellos con suavidad. Sentí la distancia próxima, olfateé el perfume de su miedo y lloré en silencio.

La quietud de la noche fue el interludio de lo que dejaríamos como herencia. El olvido.

Fue la última vez que compartimos algo tan hermoso y sé que por más que intenté resarcir lo bello de nuestro último encuentro, para mí fue mágico y prefiero recordar que al menos lo intenté.

Hasta que firmamos el documento y una semana después partí a otra ciudad, olvidando quién fui contigo y recordando lo que alguna vez fuimos.

©2025 Marcos B. Tanis.


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