martes, septiembre 1 2026

Vírgenes vestales de Scarlet G. Cabrera

Neblina en la boca
grutas rotas en la garganta.
Nada que entregar o recibir.
Levitas sobre un caballo que no quiere correr
pero insistes en llevarlo a la luna.
Imaginas que allí desaparecerán tus horrores
—pero intuyes— el jamás será.
 Exceso de penumbras te etiquetan.
Porcelana de nieve y belleza

Tus dedos son nevadas vírgenes vestales, girasoles púrpura goteando silencios. Encerrada, vuelas en un bombillo apagado, helado y silente como un ataúd. Sin tiempo que medir —aturdida— veloz deslizas tu cuerpo sobre la bandeja del cantinero ¡Eres tan guapa! Piel de seda pidiendo clemencia. Volteas y no encuentras la razón. Nadie te explica. No comprendes porqué ríen mientras corres tras tu sombra —justo cuando el sol del que huyes— te ha sorprendido saliendo del bar. Te arreglas la falda, te pasas las manos por el cabello. Intentas lucir como cuando llegaste pero ahora, tienes el maquillaje corrido, óxido arruinando tu osadía de corcho. Bajas la mirada. Te salva el semáforo, despojo errante de la madrugada. Confundida, empujas en verde al fantasmal reflejo que te marchita. Mausoleo de horas sin fe. Espanto.

Enigma febril cansado e inquieto
mujer de escafandra que tiembla y se esconde.
El día muy largo cuando no se sabe nada y la noche,
no alcanza para olvidarlo todo.
Disfrutas acariciar los segundos con las uñas.
De nuevo te comprimes y cierras las cortinas
¡Ojalá siempre fuera así!
Nadie ni nada, solo la niebla.

La tarde se aleja con la lentitud de un lagarto. Saltas de la cama. Te maquillas mecánicamente. Pules con azúcar los inmensos sueños raídos. Ciñéndote la ropa, salpicas la miel de tus pestañas con rímel e impaciencia —¿No recuerdas qué las instintivas abejas te acosarán otra vez?— no van por tu alma ¿Sabes? A nadie le importa si clandestinamente, deseas una estrella que brille para ti.

Antes de huir, miras al cielo ¡Que triste! Ese lucero ya está muerto. Su resplandor salió del centro universo hace mil años luz —cuando únicamente, el vacío— habitaba el planeta de los desencantos —¿Se fue el vacío, alguna vez?— lo siento. Ni estrellas ni luna. Solo la servil soledad que sabe espejismo.

Una pluma de nube huye de tus ojos. Vuela entre brisa y cae. Te aterra ver la brutal gota de fango que la chorrea debajo del puente ¡Hay tanto qué no ver! Demasiado.

Cada veinticuatro hora estás de salida. Tu reloj no para.

…por cierto ¿Alguien sabe tu nombre?

¡Oh! El dolor.
Las escarchas del abismo
el trauma de la inocencia
la raída bifurcación del vacío.
Poros abiertos/tapiados
abren sus esporas al sufrimiento.
El sistema/el mundo/la agonía.
Seres apretados lloran callados, solitarios.
Sobre sus hombros, estalla el miedo enfermo.
Crece en sus párpados como un sacrificio
mutilación de la esperanza.
Manos castradas tiemblan.
No hay fe en el asfalto.
La nada y su sed de cataclismo.
El silencio del adentro.
Gritos.

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