Dos jóvenes que no alcanzan la veintena, pasean por la terraza almenada del castillo de Fuensaldaña. La espectacular torre del Homenaje es testigo silencioso de sus furtivas miradas.
Él es el príncipe Fernando de Aragón, ella, la princesa Isabel de Castilla. Se han desposado sin pompa, ni esplendor en el Palacio que los Vivero. El novio acudió disfrazado de mozo de mula de unos mercaderes para mantener el secreto de su persona. Isabel tuvo que huir de Ocaña para llegar a la boda.
El Papa les negó la dispensa para casarse por compartir bisabuelos y esa negativa les aboco a enlazarse sobre la falsedad de la bula de un Papa muerto. Ahora, entre los muros del castillo se diluyen los enredos.
Con la llegada del ocaso dará comienzo su luna de miel. Consumaran el matrimonio sin discreción, ni intimidad, pues su noche de bodas será una ceremonia pública donde jueces y caballeros serán testigos. Una sábana con la sangre de la novia será la prueba. Ajenos a la historia ignoran que su unión será la primera piedra de la futura nación española. Ellos no imaginan que las hazañas de sus nobles darán paso a un Imperio dónde nunca se pondrá el sol.
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