sábado, agosto 29 2026

Políticamente NO correcta: SERES SINTIENTES by Úna Fingal

Cae la noche y da inicio la sinfonía de aullidos, es tan bella como melancólica y sus decibelios son capaces de rodear las montañas y pasar al otro lado de los valles, y con cada uno se enciende una estrella en el cielo más hermoso. Los lobos se aseguran así que los de su linaje están bien. Se preocupan unos por otros, aunque vivan separados a muchos quilómetros de distancia. Sienten y quieren sentir cómo están los demás. También sienten el frío de la tierra helada, siempre llevan sus pieles encima, algo que la naturaleza les dio para protegerse del frío extremo de sus territorios. Las madres paren con dolor, amantan a sus crías, las protegen con el calor de su cuerpo, y dan la vida por ellos. Sus estructuras de convivencia son clanes jerárquicos donde todos los individuos siguen y respetan al líder, el macho alfa. Ese macho alfa es de hecho, un rey que gobierna con mano de hierro apoyado por su núcleo duro de confianza. De ello depende la supervivencia del grupo. El rey no puede ser débil, si da muestras de la más mínima flaqueza será depuesto con la muerte.

Los lobos lloran, está probado, sienten tristeza, angustia, y también felicidad, la celebran. Son seres sintientes, por tanto.

Pueden llegar a establecer vínculos de cariño, respeto y lealtad con los humanos, si estos los cuidan, nunca los verán como una amenaza porque confiarán en ellos sin reservas. Naturalmente los lobos también sienten hambre como los humanos. Para solucionar su nutrición cazan y comparten el botín con la manada, el derecho sobre él también es jerárquico. Son una sociedad como se ve, colaborativa, unos dependen de otros y ese es el equilibrio que garantiza su supervivencia.

Se cobijan en madrigueras excavadas por ellos mismos, pero también pueden utilizar cuevas y cavernas como guarida, sólo les faltaría encender un buen fuego en torno al cual contar historias…

No necesitan invadir ni robarles a otras especies su territorio para subsistir. Están unidos a su hábitat, comprenden que forman parte de él como un elemento más y así se comportan en equilibrio y armonía, sin dañarlo y procreándolo por toda la eternidad. Porque la Tierra misma es un organismo cuyas unidades operan para su generación continua. Sólo los componentes defectuosos dejan de ser útiles y pueden llegar a suponer un problema como un cáncer al devorar el organismo que lo hospeda. Hoy en día vemos con angustia como ese componente defectuoso terráqueo es la especie humana.

La especie humana coloniza el hábitat de los animales desencadenando la tragedia de su extinción, cambia vida por hormigón, desaparecen árboles, arroyos y praderas para convertir el terreno en urbanizable porque la especie humana se ha rendido al ídolo de barro de las billeteras rebosantes. Vidas vacuas, al fin y al cabo, pero de potencial exterminador, con un final escrito, el de la propia destrucción.

Y no, no escuchan. NI a mí ni a nadie que piense y sienta como yo. Y mucho menos a la naturaleza y a sus pobladores. Los lobos, por seguir con el símbolo de este artículo, entienden a los humanos, pero los humanos a ellos no, ¿por qué? Porque no hablan su idioma, dicen. Nada más lejos de la verdad, ellos se comunican, te lo cuentan todo con sus vocablos aullados o ladrados, con sus volteretas, con sus gruñidos, con el zarandeo de sus colas, con sus carreras locas, con sus hocicos arrugados, con su enseñar colmillos, y sobre todo con su mirada, esa mirada dentro de la tuya es como el libro abierto de sus almas.

Ahora imaginen personas en un bar, quiten el sonido, y observen sus gesticulaciones y su expresión corporal. ¿Es lo mismo o no es lo mismo? ¿Son seres sintientes esas personas?

La respuesta queda en el aire, ¿verdad? La oigo, la oigo.

He hablado de los lobos como símbolo de todas las especies pobladoras de este planeta porque los amo profundamente. Deberíamos sentir como ellos sienten, debemos sentir su sentir, unir el latido de nuestros corazones a los suyos por siempre. Se lo debemos.

 


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