Ha conseguido despistar a los enfurecidos y sus antorchas, jadeante va caminando por un sendero que arriba a un claro. Y allí está la carroza. Sube en el delgado estribo de atrás, que casi no soporta su peso. Calla. El ventanuco deja ver todo el asiento posterior, y su tapicería escarlata. Sube el cochero al pescante, con tos almendrosa y un capote que asusta. Él también tiene miedo, como los otros. Lo siente. Por eso sus manos quieren despegarse de ese miedo. Agarrarse a algo firme. Abrazarse a ello. Apretarlo. Estrujarlo.
Ella entra sin ceremonia alguna en el interior. Lleva un echarpe y un hatajo con libros y papeles, que desata sobre el asiento nada más entrar. Allí está escrito su nombre. Bueno, el de su creador. Él solo es el monstruo de aquella idea. El coche echa a andar.
Pasan por el lago donde la niña duerme, ahogada. Ella, tras el cristal empañado, lee con voz tres veces más grande que su cuerpo. Dice el nombre de su creador. Dice monstruo. Dice criatura. Ríe. Llora. Saca la cabeza por una ventanilla lateral y se acerca cuanto puede a la oreja del cochero, le grita algo que no se adivina porque lo tapa el viento golpeando las hojas de la galería de álamos.
Él ve, sin cristal alguno que lo vele, sus cabellos. Bucles y cintas, de un lado para otro, hebras despeinadas. Los caballos se detienen. Se oye ahora solo el murmullo de los árboles y de la hierba alta. A lo lejos, ella busca el tronco más grueso y apartado y se acuclilla. Permanece un buen rato en esa posición.
Él aprovecha que el cochero fuma, tras los caballos, y abre –rompiéndola sin querer– la portezuela. Con mucha dificultad se acomoda en el asiento, rasgando la tapicería. La cabeza se aprieta contra el techo, que está a punto de ceder. Con el cuello doblado sigue mirándola, en su lejanía del árbol y su agachamiento. Luego ve cómo se levanta, esbelta, y ensaya unos gestos bajo su espalda. Se endereza y empieza a caminar hacia la carroza, primero con pasos muy lentos, moviendo de un lado a otro su vestido violáceo, como si fuera una espiga más del brezo. Después, acelera.
Él la espera en la contemplación, dentro de la cabina a punto de quebrarse. Con todo el miedo del mundo acurrucado en su corazón.

Mary W. Shelley (1797-1851) es la filósofa hija de la filósofa feminista del mismo nombre. También la hija del político anarquista Godwin. O la mujer del poeta romántico Percy B. Shelley. O mejor: es todas esas cosas a la vez y además la inventora de un género: la novela gótica, con monstruo. Aunque Frankenstein (o la criatura del doctor) más que un monstruo es el trasunto del héroe romántico, que Mary vio suficientemente acribillado en las figuras de su marido, el impertinente Byron o la aleteante e infortunada sombra de John Keats (que también será troquelado en esta serie).
Aunque la aquí indiscretamente troquelada autora se ganó su fama literaria con su novela sobre este moderno y troceado Prometeo, también es una madrina del género postapocalíptico –un débil pastiche de nuestro terrorífico siglo XXI– con El último hombre, novela menos conocida, y cuya acción se desarrolla entre 2073 y 2100 (lo de 1984 se le quedaba muy cercano). También fue biógrafa de Cervantes y Lope de Vega y editora de las obras de su marido.
De Frankenstein, o el moderno Prometeo (1818), Mary Shelley

[…] Eran alrededor de las siete de la mañana, y yo deseaba obtener alimento y refugio; finalmente, vi una pequeña choza, en terreno elevado, que sin duda había sido levantada para conveniencia de algún pastor. El espectáculo era nuevo para mí y examiné la estructura con viva curiosidad. Como hallé la puerta abierta, entré en el refugio. Un hombre estaba sentado cerca del fuego, y preparaba su desayuno. Se volvió al oír un ruido; y al verme, lanzó un sonoro aullido, y abandonando la choza atravesó a la carrera los campos, con una velocidad de la cual jamás se le habría creído capaz en vista de su cuerpo debilitado. Su apariencia, distinta de todo lo que yo había visto antes, y su fuga, me sorprendieron un tanto. Pero me agradó la apariencia de la choza: aquí no podían penetrar la nieve y la lluvia; el terreno estaba seco; y me parecía un retiro tan exquisito y divino como habrá sido Pandemonio para los diablos del infierno después de los padecimientos que sufrieron en el lago de fuego. Devoré codicioso los restos del desayuno del pastor, formado de pan, queso, leche y vino; pero no me agradó este último. Luego, abrumado por la fatiga me eché sobre un montón de paja, y caí dormido. […]
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