jueves, septiembre 3 2026

ELENA PERALTA Y LA VENTANA MARAVILLOSA. Por Vera Moreno.

Entornar la mirada hasta ver lo impensable es crear

Diego Jesús Jiménez (pintor)

Hoy es siete de diciembre, Madrid ha amanecido con un día desapacible, gris,  húmedo, parece que va a llover en cualquier momento,  corre un viento más  que fresco, el atasco ha huido de la ciudad por el puente, y aún así no te dan ganas de salir de casa. Afortunadamente, he superado a la pereza porque hoy me espera Elena Peralta, vamos a terminar la primera entrevista de  Ahora, ¿cómo me levanto?, una iniciativa bimensual que arranca poco antes de la navidad de 2023.

Mi idea inicial consiste en entrevistar a diez mujeres artistas, activistas, tal vez deportistas que tengan algún tipo de limitación sobrevenida para que nos cuenten sus cotidianos, sus logros, sus tropezones y cómo la sociedad, es decir, el afuera del domicilio, tratamos a estas personas que pese a sus limitaciones evidentes o no, son reales y, como decía,  pese a sus limitaciones tienen una vida rica en experiencias y es interesante conocerlas para que podamos convivir y comprender mejor a quienes viven tan cerca de nosotros, y que sin embargo, muchas veces no los vemos.

Cuando nos falla algún sentido perceptivo, o tenemos problemas locomotores, la ciudad es una colección de barreras arquitectónicas a superar y además, aparecen obstáculos ciudadanos. Sí, has leído bien,  porque aunque sorprenda, a veces, hay personas que nos dificultan el estar en la calle, en el autobús, en el metro, en el supermercado, en la piscina… Visibilizar y dar a conocer la realidad de estas personas con limitaciones, y de mí misma, es uno de los objetivos de estas entrevistas.

Visibilizar y dar a conocer la realidad de estas personas con limitaciones, y de mí misma, es uno de los objetivos de estas entrevistas.

Hoy Elena Peralta nos acoge en su casita para conocerla como autora, también hablaremos sobre cómo la poesía saltó al rescate cuando comenzó con sus graves y progresivas  dificultades de visión, cómo la ONCE le ayudó a conectarse de nuevo al mundo, y nos contará algunas batallas callejeras que solo te pasan si estás ciega.

Elena Peralta rodeada de sus libros.

Al llegar a su salón Elena había preparado la mesa con gran variedad de libros individuales suyos, antologías en las que había participado, libros que ha editado y compilado para su alumnado, traducciones del castellano al catalán, y al contrario; poemarios que se han transformado en «cantatas», gracias a colaboradores músicos; poemarios premiados, colección de relatos, y como no, su novela Siempre lloré dormida, premio especial  Tiflos de novela 2020, basada en la historia de una de sus alumnas en uno de sus talleres de escritura en la prisión.

Esta mujer es pura actividad, siempre anda traduciendo, escribiendo novelas, participando en radio teatro y mil actividades más, aún así no pierde el norte, los pies los tiene bien plantados en la tierra, tal y como vais a leer a continuación.

VERA pregunta: Cuéntanos cómo surge en ti la necesidad de escribir, y en qué momento.

ELENA responde: Mi mamá, de pequeños, siempre nos contaba muchos cuentos, muchos de ellos los improvisaba sobre la marcha; nosotros tres la observábamos alrededor de la estufa, mientras ella bordaba a mano,  y ahí la fantasía se despierta. Más mayor comencé a escribir mis propios cuentos, y en el cole era la campeona en redacción. En mi época cuando tenías 12-14 años las chicas escribíamos poesía porque todas nos enamorábamos de cualquier cosa: de un amiguito, del paisaje, de Santa Teresa…, porque afloraban los sentimientos y comenzabas a escribir. Con el paso de la vida, el trabajo, que te casas, dejas la escritura abandonada por completo, y paradójicamente cuando empecé a tener problemas de visión volví a escribir.

VERA: ¿Y cuál fue el género que vino al rescate, pudo ser la poesía?

ELENA: Pues sí, vino la poesía a rescatarme. Una compañera de trabajo me invitó al Café Gijón para escuchar una tertulia literaria «Versos pintados». Fuimos, y allí conocí a gente maravillosa cuya amistad todavía mantengo; estoy hablando del 2003, 2004, entre ellas a Ángeles Fernangómez, colaboradora de vuestro proyecto, al poeta pijo, y muchos otros. Escuché a grandes rapsodas que recitaban genial, como Eloy, y escuché a Evaristo Cadenas, que escribió un poema que se titulaba «Ven»; mientras él lo leía yo pensaba esto lo leería así, aquí entonaría así, asá. Al terminar el recital le pedí el poema y sin pensárselo me lo dio. En la siguiente sesión, yo que hasta entonces no había dicho ni pío, había estado dos meses como  espectadora, me levanté y recité: Ven, ven a la casa de la colina donde vivo, tengo vino de Rioja, Ribeiro, y sangre de toro… Cuando terminé de recitar Evaristo se levantó y dijo: se parece a un poema que he escrito yo, y le contesté no, no se parece, es tu poema, y él se quedó maravillado.

VERA: realmente ya se empieza a entrever que eres una autora de 365 grados, tienes una memoria prodigiosa, sabes recitar, pasas de un género a otro, del cuento a la poesía, a la novela. Utilizas el lenguaje poético en recitales al uso pero también te desplazas a distintas prisiones de la geografía española para impartir talleres de creación con personas reclusas e iluminar sus luces interiores; y, por sí todo esto fuera poco, también te gusta el teatro. Cuéntanos…

ELENA: en el año 2006 mis ojitos estaban muy mal, tanto que tuvieron que jubilarme, y entonces te viene el bajón, te quedas en el sofá tirada, y el cuerpo no te lleva a ninguna parte; lo pasas fatal, como si la vida se hubiera terminado. Me preguntaba: ¿qué hago yo en este mundo si a mi alrededor solo está la oscuridad, nada más? ¿Qué hago ahora? Alguien me recomendó ir a la ONCE, allí me enseñaron a re-vivir. Me enseñaron que se había apagado una luz, pero había una ventana con una luz inmensa, otro tipo de luz. Aprendí a caminar, a leer Braille, aprendí a moverme en el espacio, a comunicarme…

Elena Peralta en una escena de teatro.

Entonces yo ya tenía el gusto por la poesía,  y me dije «quiero aprender a ser rapsoda, leer ya no puedo, pero con otras armas, quiero ser rapsoda». Desde la ONCE me ofrecieron un taller para proyectar la voz, y allí el director de teatro de La Luciérnaga me ofreció entrar en el grupo de teatro. Dije que sí a esa puerta abierta, porque era un motivo más para desconectarme de aquel maldito sofá que me tenía atrapada. Y así, a finales de 2006, recomencé a vivir, y formé parte del grupo de teatro de La luciérnaga hasta 2017, que me fui a vivir a Barcelona. Fue una experiencia inmensa con muchos éxitos, actuamos en El Calderón, por muchos sitios. Allá donde íbamos era un éxito.

Me enseñaron que se había apagado una luz, pero había una ventana con una luz inmensa, otro tipo de luz. Aprendí a caminar, a leer Braille, aprendí a moverme en el espacio, a comunicarme…

VERA: Hacer teatro con todos los actores que no ven, en un espacio tan pequeño, hay que tener mucha pericia, ¿cómo hacíais?

ELENA: Víctor Duplá, que era nuestro director, además de ser actor de cine, teatro y televisión, nos enseñó a movernos por el espacio. Él siempre decía que trabajaba con material muy delicado, el material éramos nosotros, claro. En el suelo nos ponía marcas, en el centro del escenario nos ponía una cuerda sujeta con una cinta de embalar para dejarla fija y así sabíamos si estábamos a la izquierda o a la derecha. Para saber donde estaba el proscenio nos ponía lo que llamábamos una corbata, y que era una franja de linóleo con círculos, como las del metro; en cuanto pisábamos sabíamos que de allí no podíamos avanzar. Siempre utilizábamos un calzado que nos permitía sentir las rugosidades y marcas del suelo. El nos lo hacía muy fácil; además, entre nosotros nos ayudábamos mucho, tanto para entrar o salir desde bambalinas hacíamos pitos, chasquidos para orientar a quien tenía que salir del escenario.

VERA: De alguna manera todas estas habilidades os hacen mejorar vuestra capacidad auditiva, aunque se percibe que tú ya tenías talento auditivo.

ELENA: Sí, mi facilidad estaba ahí, pero mi formación en la proyección de voz y el trabajo con Víctor Duplá me ayudaron mucho.  Después conseguí ganar concursos como rapsoda, y los gané recitando en catalán.

Mi primer premio literario fue con un poemario en catalán; aunque sea de Aragón y viva en Madrid tengo una preciosa relación con las letras catalanas. Ahora acabo de cerrar, que saldrá el año que viene, la publicación de 30 poemas de un amigo poeta con mis traducciones al  catalán. He observado que existen palabras en catalán que no tienen traducción al castellano, ni en ningún otro idioma, y que fuera del catalán ya no tienen sentido. Eso me emociona y me anima a continuar.

VERA:: Ya vamos conociendo cómo eres, y hemos descubierto muchas de  tus luces interiores. Es muy inspirador escuchar a personas como tú, que han tenido un cambio drástico en su vida, y que de repente conseguís renacer. Ahora vamos a centrarnos más en el cotidiano de una persona que tiene dificultades para ver, para estar en el afuera de casa, ¿cómo has aprendido a manejarte en el exterior? ¿Cómo te ha tratado esta sociedad?

ELENA: Primero he tenido que aprender a sosegarme, a ser más tranquila, y evitar las prisas, porque en mi caso me generan muchos errores. En una ocasión me dijo el oftalmólogo que el cerebro guarda imágenes, y que a veces crees ver cosas, pero no, es la memoria de tu cerebro que te está engañando. Cuando todavía tenía un poco de visión en un ojo, una vez esperando al autobús, te juro que vi el 53, y convencida me subí, y al cabo de un rato me daba cuenta de que no reconocía el camino, y pregunté al conductor que me confirmó que me había subido en otro autobús distinto al 53. Yo me decía ¡pero si yo he visto el  53 perfectamente!, y qué iba a ver yo, era mi cerebro quien me dibujaba el número que yo quería ver.

VERA: Siempre hay ángeles en la calle que te ayudan, pero también hay situaciones más complicadas, verdad?

ELENA: Hay muchísimos ángeles en la calle que me identifican porque llevo el bastón y son maravillosos, pero también existen los demonios, existen esas personas que te empujan, que te dicen:  es que usted no ha visto que yo soy muy mayor, y yo me levanto para que ella se siente y el autobús entero se ha comido a esa persona, y le increpan: ¡pero señora no ve que va con bastón! Y la señora en su asiento tan a gusto porque era mayor; y puede que tuviera siete, ocho años más que yo, tampoco es que fuera una anciana.

Yo como ciega no necesito sentarme por estar sentada, sino por el hecho de ganar en seguridad, evitar empujones, frenazos, imprevistos, de no ir bamboleándome. Ese es el miedo de un invidente, no tenemos la necesidad de sentarnos, no. Nuestro miedo es que no vean el bastón, que una persona por detrás al bajarse nos empuje, que el autobús frene, no encuentres donde agarrarte, y vayas al suelo.

También me ha ocurrido de ir por las escaleras mecánicas  del metro, de venir corriendo dos o tres adolescentes, arrancarme el bastón de las manos y salir corriendo.

Yo como ciega no necesito sentarme por estar sentada, sino por el hecho de ganar en seguridad, evitar empujones, frenazos, imprevistos, de no ir bamboleándome. Ese es el miedo de un invidente, no tenemos la necesidad de sentarnos, no. Nuestro miedo es que no vean el bastón, que una persona por detrás al bajarse nos empuje, que el autobús frene, no encuentres donde agarrarte, y vayas al suelo.

VERA:: Esa situación me encoge el corazón, ¿cómo conseguiste salir del metro sin bastón?

ELENA: Tuve la gran suerte de que había personas que entendieron mi situación y estaban por delante y por detrás de mí en las escaleras mecánicas. Me ayudaron a bajar de las escaleras y llamaron por teléfono desde allí mismo a una persona del metro, quien me acompañó hasta la ONCE para que pudiese comprar otro bastón. Finalmente, me sentí protegida tras un incidente tan agresivo, la gamberrada de tres chavales que me arrancaron el bastón de las manos en un espacio tan desorientador como es el metro. Ángeles y demonios existen.

VERA: ¿Cómo crees que podríamos ganar en empatía?

ELENA: Es muy difícil empatizar todo el mundo con todo el mundo, porque la base está muy mal fundamentada. Desde pequeños no nos han enseñado a entender que todos somos iguales. Desde pequeños nos han enseñado, se enseña y se seguirá enseñando que el vecino es mejor que tú porque tiene un coche más nuevo, el otro va caminando, pobrecito. Vamos diferenciando a las personas y emitimos un juicio. Sin entrar en sí tenemos o no problemas físicos. Y ahora van poniendo nombres que si la diversidad, la deficiencia visual…

VERA: Este es un punto muy controvertido, ¿cómo nombrar sin que nosotros nos sintamos mal y que el otro entienda que, para ser iguales y hacer las mismas cosas, necesitamos un trato diferente?

ELENA: pues mira a aquella le falta un brazo, pues sí, le falta un brazo y…? Se nombra, se le da un espacio, y seguimos. Hay muchas personas a quienes les falta empatía, saber estar, lo mío se ve y lo tuyo no, eso solo se nota cuando abres la boca, (risas).

VERA: A veces nos faltan herramientas para saber cómo acompañar, porque hay personas que son sobreprotectoras, otras veces aparecen tiranos que demandan un derecho porque dicen quiero disfrutar de tus ventajas igual que tú. Si tú tienes acceso preferente en la cola del supermercado, yo también lo quiero porque tengo prisa y tú no. El tema de ser iguales es capcioso, porque depende mucho desde dónde se enfoque. Tal vez deberíamos acostumbrarnos a hablar más de equidad, término que pone en evidencia la distancia de acceso entre las personas para conseguir lo mismo.

ELENA: Por eso yo hablo de que nos falta la base desde pequeños. Si tu amigo ha nacido con una pierna menos, no pasa nada, cuando llegue el momento le pondrán una prótesis. No hay que estigmatizar, ni victimizar. El cuidado entre iguales debe ser cuidado, tenga el otro una pierna o dos.

VERA: Escuchándote, me recuerdas el hecho de que una ciudad sin barreras no es que sea para las personas que tengan movilidad reducida, problemas de visión o un carrito de bebés, sino que es para el bien común, porque en cualquier momento podemos tropezar, nos hemos hecho un esguince, tenemos gemelos y el carrito es doble,  y a ver quién los sube por aquella rampa «accesible», o por aquellas escaleras …

ELENA: Ahí está, si todos fuésemos conscientes desde pequeños -yo insisto en que esto debe empezar desde la infancia-, si todos aprendemos que debemos ser amables y correctos con los demás, sean como sean estos, ganaríamos en empatía y bajaríamos en competitividad, Hay que ser educados con todos, ¿por qué nos tenemos que aprovechar o hacer la gracia con la desventaja del otro?

VERA: Desde mi experiencia creo que la falta de sensibilidad está con el entorno al completo, porque hay quien no trata bien a personas que no entran en la categoría de lo normal, y además, ese maltrato, esa falta de empatía se extiende con los animales, con las plantas, con el bosque, las aceras, el portal de casa, que si no lo limpian está super sucio, ¿cómo es posible? Por impensable que nos parezca en abstracto, nos falta en la práctica, en el día a día, ponernos en el lugar del otro ya sea animal, objeto, planta o persona. Elena estamos terminando la entrevista, me gustaría preguntarte por el momento de «impasse», o simplemente por algún momento del día en que te ocurre algo y te preguntas, ¡a ver cómo salgo de aquí! Ahora, ¿cómo me levanto?

ELENA: Es una pregunta muy dura, puede ser ese momento en el que estás a punto de tirar la toalla, porque dices y ¿ahora qué? ¿Qué hago? ¿Hacia dónde voy? Lo que tengo delante de mí al levantarme y poner los pies en el suelo, lo que tengo es el vacío, el vacío con muchísimos obstáculos, fíjate qué contradicción, porque es la nada, la oscuridad y en cuanto te muevas te vas a dar un hostión con la pared, con la puerta, con la cama, con la ventana, con todo. Al final, llega un momento en el que, después de que te has caído al abismo del todo y has tocado fondo, empiezas a resurgir. Te dices: se aprende a base de golpes, porque si no, no te vas a levantar de la cama. Y lo que no quieres es ser un vegetal en ella. Porque ni siquiera puedes suicidarte, ¿cómo puedes suicidarte? ¿Cómo encuentras la ventana para tirarte por la ventana? Es todo muy difícil (risas)

VERA: Sin duda, es el sentido del humor quien nos recata de situaciones tan límitesSi pensamos en las instituciones vosotros tenéis la ONCE que os cubren muchas necesidades, pero no todas las «discapacidades» están tan bien cubiertas, y su institución protectora no es tan visible y conocida, ¿qué cosas echas de menos o crees que se podrían mejorar?

ELENA: Por mi parte,  yo gracias a la ONCE no me siento sola y tengo dos familias, la mía y la que he creado a partir de las personas que he conocido allí. En cuanto al trato recibido por otras instituciones públicas cuando he necesitado algo sí me han ayudado.

VERA: Me alegra de que en España haya cobertura y sensibilidad hacia las necesidades de las personas que ya no pueden disfrutar de la luz, y que os descubran otras formas de mirar. Muchas gracias Elena por compartir tu historia y tus experiencias.


APRENDIZAJES PERSONALES

Estas son mis reflexiones y aprendizajes a partir de la conversación con Elena Peralta, os invito a escribir y reflexionar del mismo modo. Quien quiera puede compartir sus aprendizajes en comentarios.

Por mi parte, entiendo que, cuando la sociedad tiene tipificado, y reconoce a través del bastón, de los perros guías, a una persona ciega, en general, se nos activa un mecanismo de atención para ver de qué manera se puede ayudar a esta persona en caso de que lo necesite; otra cosa es cuando la enfermedad está en proceso y la visión se mantiene en una niebla sin llegar al oscuro casi negro.

Distintivo donostiarra para personas con baja visión.

En Donostia han creado un distintivo para las personas con visión deficiente: tengo baja visión además están haciendo campañas de comunicación para que se reconozcan, y favorecer una mayor empatía con las personas que portan este distintivo.

Paralelamente, comprendo que si yo fuera en silla de ruedas me tratarían de otra forma, pero -aunque pueda caminar poco- yo quiero seguir intentándolo mientras pueda, y ahí es cuando no saben interpretar que a veces necesito adelantarme en una cola, que me ayuden con las bolsas, que me cedan un asiento, que me dejen caminar despacio.  Tal vez, la creación de un distintivo de tengo movilidad reducida me ayudaría. Algunas amistades piensan que se podrían generar situaciones rocambolescas, donde todo el mundo portaría sus pegatinas reclamando preferencias; pudiera ser, pero a mí me ayudaría a no tener que dar explicaciones de por qué no camino normal.

En mi caso, no quiero llevar muletas porque me lesionan el hombro, he pasado de ir con un carrito para perros al andador, porque se necesita tiempo para adaptar al cerebro y al alma para un cambio tan radical, de poder caminar con naturalidad a dejar de hacerlo. Mi yo anterior se resiste y huye de la silla de ruedas. De igual modo, quien me ve por la calle no entiende por qué camino con un andador, porque me ven bien, joven y guapa -algunos me dicen-, ¡como si hubiera que ser feo para caminar mal! Me pondré en el andador el símbolo de la silla de ruedas para probar.

El símbolo universal para personas con discapacidad en una silla de ruedas puede llevar a pensar que la movilidad reducida es lo mismo que personas en silla de ruedas. Puede ser debido a que es el tipo de discapacidad más visible, invisibilizando el resto.

Podemos consensuar que nuestra mente proyecta imágenes que queremos ver, como el autobús 53 de Elena; hay personas que no quieren verme andar mal pero, por mucho que me digan que voy fenomenal, sigo caminando como una iguana. Tengo movilidad reducida, y no soy tonta, caminar no camino bien. Mis amistades también necesitan tiempo para asimilar mi nueva situación, y si no conviven conmigo un par de días no lo comprenderán del todo. El positivismo tóxico no ayuda.

En general, insisto todos los días en caminar -mi neurólogo dice que lucho por mantener la bipedestación, qué palabro-. Si un día no peleo es porque ese día no puedo y sería contraproducente.  Muchas veces me olvido, y hago gestos normales y rápidos, que me ponen en riesgo porque la mente todavía proyecta a la mujer que fui.

Tengo que reconciliar el ser con el estar, soy muchas más cosas que mi condición física; si potencio lo que soy, la movilidad reducida seguirá conmigo pero no será el eje que articule mi día a día.  Todavía me enfada demasiado que me traten mal por caminar raro y lento. Un amigo me dice que si vas en silla de ruedas, te pelotean, jaja. Es decir que socialmente hay unos códigos para reconocerte digno de empatía; si vas con bastón o con silla de ruedas la sociedad te suele tratar mejor, aunque a cambio te miran con pena.

Cuando estamos en estadios intermedios la cosa es un poco diferente porque asumen que puedes hacer de todo, y te exigen ciertas cosas que pueden ser como subir el Everest por la cara norte. Habrá que crear puentes de comunicación y nuevos códigos para que personas desconocidas entiendan que para mí hacer una cola en el supermercado supone encararme con una situación de riesgo, y me juego  poder caminar al día siguiente; hace unos meses me llevaba una silla para hacer cola, y todos en paz.

Son procesos de adaptación, todavía no conozco la asociación equivalente a la ONCE para la movilidad reducida, creo que hay una confederación.  Tendré que sacar tiempo y contactarla porque las rampas para mí no son accesibles y me insisten en que suba por ellas. Tener una discapacidad sobrevenida genera muchísimas tareas burocráticas, médicas, y todo a un ritmo personal lento, y con parones, porque la pierna manda, y hay días, que como la cucaracha, ya  no puede caminar.

Me gustará comprobar con otras personas entrevistadas cómo resuelven sus dificultades al salir de casa, y compartirlo por aquí, porque los aprendizajes son más ricos si se comparten, y si se hacen colectivos.

Hemos aprendido mucho al conocer hoy a Elena Peralta, y descubrir sus facetas como autora, actriz, amante de la lengua catalana. También hemos aprendido a ponernos en sus zapatos cuando un día se le apagó la luz, y tuvo que continuar camino a partir de otras rutas. Ha sido un placer compartir esta mañana fría de invierno con ella.

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Vera Moreno (entrevistadora) junto a Elena Peralta (entrevistada).

Esta entrevista ha sido realizada por Vera Moreno a Elena Peralta; ambas son poetas, apasionadas por el teatro y la vida cultural en comunidad.

Adicionalmente, diremos que sus cotidianos cambiaron de forma irreversible: la discapacidad visual  y la movilidad reducida entraron en sus vidas para quedarse. Con todo siguen siendo dos mujeres positivas y alegres, que les ha tocado este regalito, y se manejan lo mejor que pueden. Son conscientes de sus limitaciones, confían en seguir chapoteando mientras quede agua en el vaso,  y seguirán siendo tan creativas como de costumbre, desde otros lugares, porque la creatividad es una gran aliada.

Un abrazo enorme. Nos leemos, nos escuchamos dentro de dos meses. Feliz 2024.


ENLACES DE INTERÉS (haz click sobre la palabra para llegar a la página)

TERMINOLOGÍA

Equidad

El positivismo tóxico no ayuda.

Tengo baja visión

Persona de movilidad reducida (PMR)

Barrera arquitectónica

Para saber más de ELENA PERALTA:

Instagram @elenaperaltavalero

FB Elena Peralta

Para saber más de VERA MORENO

Re-Presentación de como la nieve, el fuego en Ámbito Cultural Corte Inglés Callao

Poesía y jazz del bueno en el Bogui Cristina Mora, Ander García y Vera Moreno



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