Desde la sección: Con firma masculina/Invisibles en la Antigüedad
Los hombres cazaban y las mujeres recolectaban. Esta es la afirmación más popular sobre la prehistoria que ha tenido muchas implicaciones en nuestros días, entre otras, justificaba la vieja idea del “sexo débil” ¿Realmente las mujeres nunca cazaron durante el paleolítico?
Si alguien leyó mi anterior entrada en este blog dirá, “¡la has tomado con la prehistoria!”. Pues sí, y aún os queda mucho por aguantarme. Así que, allá voy.
El primer motivo es que la Prehistoria es el periodo más largo de nuestro pasado. En la Península Ibérica las primeras huellas de la presencia humana se remontan ya a casi 1,5 millones de años. Como afirma una buena amiga prehistoriadora, en comparación con los prehistoriadores, historiadores y arqueólogos lo que hacéis prácticamente es periodismo, incluidos los que estudiáis el periodo romano. Y no hay mucho más que replicar a una profesional que trabaja en yacimientos con decenas de miles de años de antigüedad.
Quienes me vengan siguiendo ya van pillando que muchas afirmaciones tradicionales de la Historia eran, en realidad, tópicos con poco fundamento y nuestra lista particular en la prehistoria es bastante larga. Me resulta un filón enorme de ideas preconcebidas que la Ciencia va liquidando una tras otra.
En mis clases suelo enumerar los muchos tópicos absurdos que pululan sobre la prehistoria. No suelo perder el tiempo en cuestiones como el creacionismo; prefiero cambiar la idea de que el hombre desciende del mono (simplemente somos parientes) o que en el paleolítico se luchaba contra los dinosaurios. Pienso que no tendré demasiado éxito en eliminar sandeces de la mente de mis alumnos: mi tarea con la prehistoria se limita a unas pocas semanas en toda su vida educativa, mientras que tienen por delante miles de horas de vídeos de tipos totalmente ignorantes.
El cine ha tenido un papel clave en la difusión de algunas creencias absurdas. Entre mis películas favoritas al respecto, está Hace un millón de años, cuyo cartel acompaña esta entrada. Raquel Welch y un grupo de chicas rubias, de primorosa peluquería y en sugerentes bikinis, eso sí de pieles, por aquello del realismo histórico, claro, jalean a sus machotes trogloditas mientras se pelean contra los dinosaurios que poblaban la Tierra. No sé si caben más disparates históricos (o prehistóricos) en 100 minutos. Como película era entretenida y, de hecho, en su día tuvo bastante éxito de taquilla.
EL REPARTO DE TAREAS
Una idea muy común es la división de trabajos por sexos: los hombres cazaban y las mujeres recolectaban frutos, se quedaban en casa –o en la cueva–, cuidaban de la prole y hacían las tareas de casa. Como es una situación muy familiar para nosotros, nos resulta creíble y pensar que siempre fue así, casi nos reconforta. La idea se ha repetido hasta la saciedad en los libros de Historia o el cine, como en la película de Raquel Welch, y hasta ha tenido un apoyo científico. Los motivos –de sobra conocidos–, se basan en que biológicamente el sexo masculino es más fuerte que el femenino y en el paleolítico éramos dependientes de la fuerza bruta para la caza.
He preguntado por esta cuestión a una veintena de muchachos y muchachas entre 11 y 13 años. Realmente no tenían ni idea del tema antes de comenzar las clases, así que su opinión me resultaba interesante porque no estaba contaminada por las ideas que yo les transmitiese.
La mayor parte del alumnado repetía el cliché clásico con los argumentos típicos, pero dos niñas afirmaron que, efectivamente, los más fuertes de la tribu irían a cazar, pero los más fuertes no eran “los hombres” o al menos “todos los hombres”, ni las más débiles eran “las mujeres” o “todas las mujeres”. Las niñas pensaban que la actividad de la caza no debería tener relación con el género sino con factores como la habilidad, la experiencia, el conocimiento y dejaron para el final la fuerza física. Así que las muchachas suponían que los integrantes con más fuerza serían los más jóvenes del grupo, con las mejores condiciones físicas, pero también de mayor agilidad, mientras que el resto del grupo, como los más ancianos, serían quienes cuidasen de la prole y tuviesen tareas en la cueva.
Reconozco que la respuesta me sorprendió, porque no era lo que yo esperaba. Sus argumentos me parecieron más que interesantes y, desde luego, varios niños y niñas se unieron a su posición, aunque hubo otros más reticentes a cambiar de opinión. Por otro lado, es posible que estas niñas estén reproduciendo los patrones familiares que viven. Padres y madres salen de casa a trabajar y muchos de ellos han sido criados por sus abuelos.
CONTRASTANDO INFORMACIÓN
Una opinión es bien poco para un arqueólogo. Alguna vez les he dicho que los arqueólogos somos bastante incrédulos y solo creemos en lo que vemos o podemos tocar. Las opiniones suelen importar poco. Me puse a investigar y encontré varios artículos científicos y uno de ellos, en particular, creo que es interesante para aclarar bastante la cuestión del papel de la caza en la distribución del trabajo por géneros. El estudio es muy reciente (junio 2023) y se ha puesto muy de moda por sus implicaciones.
(Dejo aquí el enlace para posibles interesados: El mito del hombre cazador: la contribución de las mujeres a la caza en contextos etnográficos)
Sus autores y autoras han recopilado centenares de estudios y descripciones de tribus que vivían de la caza y la recolección hasta hace poco, prescindiendo de la agricultura o la ganadería. Son grupos humanos escasos y su rareza los ha hecho objeto de estudio por cientos de antropólogos a lo largo de décadas e incluso algunos testimonios ya superan el siglo de antigüedad. Han sido una fuente de información preciosa sobre los modos de vida anteriores al neolítico, para conocer estrategias de supervivencia en un mundo que nos parece difícil, alejado de nuestra sociedad industrial. Han dado datos sobre su organización social, religión e incluso han ayudado a entender la utilidad de muchos objetos que se utilizaron en Europa hace decenas de miles de años.
En este estudio se alude a 60 grupos humanos diferentes de América del Norte, del Sur, África, Australia y las selvas de Oceanía con información sobre su actividad de caza. La sorpresa es que, en casi todos (50 grupos) se constataba que las mujeres participaban o salían a cazar. Desde luego, que su papel variaba mucho de unos lugares a otros, en función del tipo de ecosistema o de cuestiones culturales, pero en estas 50 sociedades las mujeres cazaban.
La novedad de este estudio es que revisa, con una mirada nueva, la información que ya existía, recopilada minuciosamente a lo largo de más de un siglo. Como vengo insistiendo, ahora toca hacer la ingente tarea de mirar con nuevos ojos casi todo lo escrito.

¿Caza? ¿Pero qué caza?
La verdad es que hay muchos tipos de caza, muchos ecosistemas y muchas presas diferentes. En cuanto se profundiza en todas las variables posibles resulta que la caza –en general– no precisa de tanta fuerza bruta y nuestras afirmaciones tradicionales se hunden en el cuñadismo más total y sonrojante. La primera afirmación, de que la fuerza bruta es necesaria para la caza, se desmorona.
En muchas de tribus es común ver a mujeres cazando pequeños animales (caza mejor), en otras eran animales medianos y en algunas (no todas) intervienen activamente en la caza mayor que requiere un trabajo en grupo.
Si nos atenemos al tipo de herramientas utilizadas en la caza, este estudio no observa grandes diferencias de género. Si acaso, en el tamaño de las armas, que podría tener relación con la estatura y envergadura. En el caso de uso de redes, por ejemplo, no se observa una predilección por género: hombres y mujeres cazan con redes ya que es una herramienta útil para pequeñas y medianas presas. De hecho, la caza de pájaros resulta ser una actividad bastante rentable si lo medimos en esfuerzo, en relación al número de presas que se pueden obtener. Aquí la fuerza bruta desaparece e impera la habilidad o experiencia ¿cualidades “de mujeres”? Por lo visto no, ya que hombres y mujeres las utilizan por igual.
Otra variable interesante era con quién se caza ¿necesitarían las débiles cazadoras ayuda varonil? Pues no, muchas mujeres cazaban en solitario, en parejas de mujeres o bien hombre-mujer y de forma indistinta ya que muchas presas no requieren demasiado trabajo en equipo y pueden cazarse en solitario por cualquier individuo. Incluso niños o niñas armados con un arco pueden abatir desde lejos una presa mediana del tamaño de un mono pequeño –y de hecho lo hacen– y sin demasiados riesgos, solo intervienen factores como cautela, experiencia…
Me llama la atención que en casi todas las sociedades estudiadas los esposos salen a cazar juntos. Parece lógico para garantizar un aporte de alimentación a la familia. Y que las mujeres cazaban ayudadas por perros, que siempre se han representado al lado de los hombres. El apoyo canino es indistinto para ambos géneros en este tipo de sociedades y, si acaso, existía cierta tendencia en las mujeres a apoyarse en los perros.

¿Los niños un obstáculo para las cazadoras?
Adelantaba en la anterior entrada que, en otras especies animales, las hembras tienen un papel protagonista en la caza, incluso durante la lactancia de sus crías. Los felinos, como las leonas, son un ejemplo de grandes expertas de la caza, pasando por diversas especies hasta nuestros pequeños gatos domésticos, cuyas madres dejan a sus pequeños durante horas para alimentarse.
¿Y en nuestra especie? Pues lo más curioso es que el estudio al que aludo, recoge que más de la mitad de las sociedades estudiadas las mujeres iban a la caza acompañadas por niños, además de otros acompañantes (perros, otros hombres u otras mujeres). A estas alturas, el lector está ya tan sumergido en el mundo de los cazadores, que no se extraña en absoluto que niños y niñas en torno a los 8-10 años, vayan a cazar con otros adultos para adquirir experiencia en una actividad tan importante y que al comienzo de esta lectura nos parecía una actividad de “fuerza bruta”.
Desde hace años se especula con el papel de las mujeres como transmisoras de conocimientos dentro de las sociedades prehistóricas, pero esto es un tema que me llevaría demasiado para desarrollar ahora.
En realidad, las madres cazadoras se llevaban a su prole de cualquier edad. El estudio recoge varios ejemplos en los que llevaban consigo a niños de 3 años e incluso a los bebés a las expediciones de caza. Sin duda, sus madres consideraban que los bebés estaban más seguros con ellas, en lugar de estacionados, que no suponían un obstáculo para su actividad y que era la forma correcta de hacerse.
COMO COLOFÓN
Desde nuestra opulenta y cómoda sociedad habíamos establecido las reglas y métodos de “cómo debería cazarse en la prehistoria”, sin haber movido el culo de los mullidos sillones de los despachos. Esto ha sido tan común en la arqueología, como pernicioso.
Multitud de ideas con escaso fundamento y poco o nada asentadas en la realidad. La primera, ya lo vimos, es que la caza es una actividad de fuerza bruta y que unas niñas de 12 años ya perciben como una afirmación bastante estúpida.
La siguiente conclusión que saco es que se ha tratado de mantener nuestra división de tareas por sexos y además justificarla desde lo más remoto de nuestra historia como especie. Ni los hombres exclusivamente cazaban, ni las mujeres se limitaban a recolectar y probablemente ambos se dedicaron por igual. En sociedades dependientes de los ritmos de la naturaleza, parece que lo más óptimo es que todo el grupo –niños y adultos– participen por igual en las tareas que permiten la supervivencia colectiva.
Este “descubrimiento” va a suponer la eliminación de muchas ideas de los libros de ciencia, en forma de argumentos que justifican el carácter de ambos géneros, diferencias, etc.
Y mi última conclusión, es que me parece que los repartos de tareas, según sexos, es otra idea preconcebida más de nuestra época histórica. No sé cuándo comenzaría la idea de repartir tareas por sexos, pero es evidente que fue muy posterior al paleolítico. Trataré de rastrearlos. Las tareas en sociedades cazadoras – recolectoras se deberían repartir, en todo caso, según las capacidades reales de cada individuo, que no tienen nada que ver con su sexo, tal y como mis alumnas opinaban.
Emilio Campomanes Alvarado
Licenciado en Historia Antigua y en Arqueología. Arqueólogo profesional durante 25 años, ha trabajado en la provincia de León y limítrofes, sobre todo en yacimientos de época romana, así como en la ciudad de León donde participó en el descubrimiento de su anfiteatro, el acueducto romano, la Puerta Obispo o el asentamiento romano de ad Legiomen (Puente Castro). También ha trabajado en lugares medievales como la iglesia mozárabe de San Miguel de Escalada o la paleocristiana de Marialba de la Ribera.
Aunque la mayoría de sus excavaciones han sido de época romana, siempre ha mirado hacia los periodos difíciles, como la transición entre la Antigüedad y el Medievo.
Afirma haber muerto y haber regresado y desde entonces le “jubilaron” y él prefirió jubilarse también. Aunque ser arqueólogo se lleva dentro y difícilmente dejará de sentirse tal. En este momento es de las pocas veces que deja de hablar interminablemente.
Tipo excéntrico –por si el lector aún no se había dado cuenta–, afirma que le gusta la enseñanza, para horror del cuerpo de docentes de verdad. Y contra todo pronóstico, ellos le han admitido en su colectivo. Él llega a decir ¿te lo puedes creer? Son algo insensatos. Aún así, no se considera del todo un profesor. Comenzó con clases en la Universidad, cursos, talleres en el medio rural y afirma que le divierten mucho. Y ahora añade adolescentes.
Ha publicado numerosos artículos de investigación en revistas científicas y en congresos. Si a alguien le interesa aburrirse leyendo alguno, puede descargarlos aquí (https://independent.academia.edu/EmilioCampomanes). Pero desde hace unos años se ha pasado a la divulgación, que espera hacer con rigor, aunque su mayor interés es no aburrir al público lector, ni desde luego aburrirse a uno mismo. Fruto de su interés por la divulgación son dos libros Guía del León Romano y El Legado de Roma en León, ambos en la editorial Lobo Sapiens. Y un libro sobre Crisis militares romanas para la editorial Nowtilus. Ha estado inmerso en un proyecto llamado Hispanas, recopilando noticias de la actividad de las mujeres en la Hispania romana.
En la actualidad se encuentra inmerso en varios proyectos. En realidad, siempre tiene algún proyecto entre manos, de los que se niega a dar información: si cuentas tus proyectos se gafan, afirma con voz seria.
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